miércoles, 6 de febrero de 2013

El maestro nacional

Las lágrimas habían arqueado sus ojos, otrora agudos y perspicaces. Su espíritu se instaló definitivamente en una permanente melancolía, y su forma de vivir se construyó con los recuerdos luminosos del pasado..., unas voces alegres, niños que extendían sus manos hacia el trozo de pan blanco tan escaso en aquellos años, la luz cegadora del páramo en los campos agostados de la meseta.
La niñez truncada por el sonido lejano de unos sordos y secos disparos tras la vereda del cementerio.
Fue la última vez que vi a mi padre.
De él guardo su reloj de bolsillo, una pequeña enciclopedia -El tesoro de las escuelas-, las lentes, una foto de juventud con su sonrisa prometedora y puesta en el futuro, y, sobre todo, la honestidad que le acompañó hasta el final sin que nadie se la arrebatase.
Una vida arrancada. Su voz silenciada para siempre.
Tan solo, como único testigo, un hermoso espino blanco que florece en primavera, renovando el ciclo de la vida.

lunes, 21 de enero de 2013

Si todos son iguales, ¿para qué hacer nada?
(Frases)

Hay quien baja los brazos, derrotado, porque el desánimo se adueña de su corazón. La contundente vastedad de las dificultades actúa de freno tanto externo como interno. Es decir, no solo las condiciones ambientales nos pueden constreñir, es que, además, las acabamos por asumir como si fueran condiciones esenciales a nosotros y, por tanto, ineluctablemente irreductibles. Sentencias como: todos los políticos son iguales, por lo que es perder el tiempo luchar contra ello. O esta otra: forma parte de la debilidad humana el robar, son las que nos esclavizan.
Por ello, en estos momentos de escándalo público, de despertarse cada día con una nueva fechoría de los gestores de la cosa pública, me gustaría traer unas frases de la obra Vida de don Quijote y Sancho, de Unamuno, que, me parece, vienen al pelo.

"La más miserable de todas las miserias, la más repugnante y apestosa argucia de la cobardía es esa de decir que nada se adelante con denunciar a un ladrón porque otros seguirán robando, que nada se logra con llamarle en su cara majadero al majadero, porque no por eso la majadería disminuirá en el mundo.
Sí, hay que repetirlo una y mil veces : con que una vez, una sola vez, acabases del todo y para siempre con un solo embustero, abríase acabado el embuste de una vez para siempre."
Nuestras cadenas, efectivamente, pueden ser reales, externas a nosotros. Pero las peores cadenas son las que nos atan por dentro a una mansa aceptación de lo inaceptable. Desenmascarar a un solo ladrón es recompensa suficiente, por más que no lo parezca. Con ello se le aparta, lo que no es baladí y, además, se renueva en la denuncia el compromiso de toda la sociedad a favor de ella misma.

martes, 15 de enero de 2013

Palabras


Entre idas y venidas de gente armada, durante la tormentosa Alta Edad Media peninsular, nadie era capaz de garantizar nada. Ni siquiera una sede episcopal. Y no achaquemos exclusivamente tal inseguridad a la reñida pugna entre los núcleos cristianos y el Emirato, después Califato, cordobés. Ya que también influyó la competencia que los propios monarcas del norte se hicieron entre sí.

La diócesis de Oca tuvo una difícil andadura desde el siglo VIII. Primero, desplazada al norte por la invasión musulmana, luego, nuevamente en el camino de la restauración; más tarde, pasado ya el ecuador del siglo VIII y merced a una traumática nueva coyuntura política que le pudo costar la vida a un rey, otra vez recluida en el norte. A finales del siglo IX o principios del X, fue por fin restaurada, pero de aquella manera, en el lugar llamado Valpuesta. Lejos, por tanto, de su localización original. Luego, las vicisitudes políticas produjeron la división y, finalmente, extinción de la diócesis a finales del siglo XI, absorbida por la cátedra de Burgos.

Naturalmente, la constitución de una sede episcopal requiere un complejo entramado institucional y, sobre todo, un extenso patrimonio. Constancia de esto último son, para el Obispado de Valpuesta, sus becerros; libros en donde los copistas fueron reuniendo con paciencia y, a veces, no poco descaro -por las falsificaciones-, las escrituras de propiedad pertenecientes a la institución valpostana. En sus páginas, de vez en cuando, nos sorprende la aparición de algún término o construcción que ya no es latín, sino un incipiente romance.
 
Aquí se puede leer (pertenece al folio 110v. del Becerro gótico de Valpuesta) un fragmento de un documento fechado en el inquietante verano de 939. Dice: potro castanio et pielle (un potro castaño y una piel, que constituyen el precio en especie por la venta de una viña al obispo y socios). Emiliana Ramos Remedios comenta que, en esta última palabra -pielle, algo confusa por la marca de agua del sistema Pares-, se ha producido la diptongación del término de origen, pelle, para reformularse en el de pielle, que ya no es latín sino romance.
 
Es posible que la anotación de hoy en esta bitácora no tenga más pretensiones que la de un hueco ejercicio de búsqueda. Lo que pasa es que contiene algunos elementos que me llaman la atención. Por una parte, cómo lo removemos todo; lo dinámica que es la acción humana. Nos apropiamos de las lenguas, aprendemos a pensar con ellas y, cuando menos lo esperamos, las cambiamos y dejan de ser lo que fueron para convertirse en otra nueva. No hay piedad, ni concesiones. Parece que todo pasa, todo es una solución de compromiso; incluso el propio idioma, que podría ser idiosincrasia de un pueblo, se deja atrás en busca de otro que lo sustituya. Lo vamos torciendo, enderezando, lo desviamos, congelamos, segamos de su tronco ramas que olvidamos, nada nos frena porque sus hablantes nos volvemos más sabios o menos, más esclavos o libres, más personas... Estas palabras que se bambolean entre el latín y el romance reflejan una imagen congelada en el tiempo, puede que muerta ya, pero, al mismo tiempo, no dejan de ser un fotograma más de la evolución: el río del lenguaje que va buscando su senda entre los meandros del pergamino.
 
Por otra parte, he de confesar que me resulta emocionante pasar la vista sobre esos leves trazos, legados por alguien que los redactó en la segunda mitad del siglo X. Alguien que no es una leyenda, ni una crónica, sino una persona tan real como yo. Un nexo directo con un punto de nuestro mapa del tiempo, carente de intermediarios. Nadie me ha presentado al obispo Diego y C.ía, ni a Gontroda -el que le vendió la viña-, pero esta ventanita al pasado, que es este documento, se me abre justo en el momento, tan anecdótico, del negocio, lo que dota a su lectura de una especie de intimidad con ellos.
El término latino era fraxinum
Si bien la fábrica actual de la iglesia es gótica pudo haber un templo previo, románico. De hecho consta en el propio Becerro un documento de 1092 para encargar las obras al maestro Arnaldo -ya sin categoría catedralícia, por cierto, pues la había perdido unos años antes-, pero casi nada queda de él.
 
 
Los fragmentos de texto, en letra visigótica, del cartulario proceden del impagable recurso Pares.
La foto del capitel románico: Valpuesta (Vallis Pósita)

martes, 8 de enero de 2013

Letras

En aquel pueblo, lejos del frente, se vive con miedo. El vecindario soporta, aterrorizado, la acción de unos facciosos que eligen, según criterios propios, quién va a ser el siguiente represaliado. Allí el tiempo es una sucesión de horas de angustia enlazadas en días sin futuro. Nadie está a salvo de que, ya en los olivares o volviendo de la faena con el estómago vacío y el sol poniéndose, ya perezoseando en un poyo a salvo del feroz calor, en cualquier momento los facciosos le echen mano. En ese instante, al incauto se le habrá acabado la suerte.

Pero lo peor viene cuando se cierne la noche. Los abuelos, sus hijos y nietos se reúnen, en silencio, tras haber sorteado, una jornada más, a la caprichosa fatalidad. Nadie se atreve a decirlo, nadie quiere alterar a nadie -sobre todo el sueño de los más pequeños-, pero todos saben que la orda depredadora no descansa. Los facciosos esperan a que sus presas estén arrinconadas en el hogar para actuar. Será tanto más fácil, sobre todo si la víctima tiene progenie. Se rendirá para no poner en riesgo, en el forcejeo, a la familia.

Cierto día, llega un tipo despilfarrado, un gañán con maneras de hambre, silencioso e infeliz. De abarcas para no muchos trotes, y pantalones remendados no más que como el resto de su persona; quién le hubiera prestado atención. Ocupa la vieja posada, en cuya puerta el desconocido cuelga un cartel sucio y gastado por la intemperie; apenas se lee. Pero el forastero se pone manos a la obra para que nadie tenga ni un segundo de duda sobre lo que ahí dice. Letras que entran, vaya si entran. Las inciales de la organización más letal del país, ahora en pleno centro del pueblo.

Los facciosos también han visto al forastero. Va con un martillo y clavos enderezando las sillas que le han prestado y la mesa que todavía aguanta en pie, secuaz del antiguo posadero. Observan su trajín por la vieja posada con la misma atención que una manada de corzos dedicaría a vigilar a un lobo merodeador. Él, en cambio, concentrado en su trabajo de acondicionamiento, no presta atención a sus atentos espectadores. Ellos han leído el cartel y conocen la organización que designa; significa peligro. Poco a poco, se van dispersando ante aquellas letras como las brumas nocturnas al despuntar el día.

La voz corre y la gente se va pasando por la posada reconvertida en local de la federación a la que representa el forastero. Todos le piden un carné. A medida que más y más vecinos del pueblo se afilian, las violencias de los facciosos menguan, los golpes, las detenciones, los "paseos" nocturnos van cesando. Los días recuperan su rutina y las noches el descanso.

A veces el forastero se da una vuelta por las calles. No va con nadie. Camina sin acudir a ningún destino en concreto. Todos lo ven pasar, y casi nadie le dice nada. Quizá por respeto, o acaso miedo. Detrás de él una algarabía de niños lo sigue de cerca, aunque no tanto. Espían sus movimientos; los aprenden como si fueran datos importantes para sus vidas. Los padres no les han dicho nada sobre el hombre. Pero a ellos no les hacen falta explicaciones. Saben que ahora pueden dormir sin inquietud pues el misterioso desconocido ha llegado de lejos para proteger sus sueños. No saben si, antes de que llegara al pueblo, su héroe pudo haber traído, al contrario que a ellos, el desvelo a otros niños lejos de allí.

martes, 27 de noviembre de 2012

Primera víctima: la verdad

Corrían ya los fusiles y cañones por España en aquel octubre de 1936. Se peleaba con denuedo por cada palmo de terreno, hipotecando con sangre y rencor nuestro futuro. Pero la lucha encarnizada no se reducía al frente de batalla. Había más "teatros de operaciones". El de la información, cómo no, también fue devorado en la vorágine de la guerra. Cada periódico, cada gaceta, entintaba, negro sobre blanco, su verdad de los acontecimientos de la jornada.

El 14 de octubre de 1936, el ABC, en su edición sevillana (sí, la Sevilla tomada por Queipo de Llano), presentaba el reporte titulado La fiesta de la raza en Salamanca. Brillante discurso del señor Pemán, en donde el redactor refiere un acto que tuvo lugar en el Paraninfo de la Universidad de dicha ciudad con motivo de la festividad del 12 de octubre. Salamanca entonces, como Sevilla, formaba parte de la zona en poder de los sublevados. Presentes, aparte del propio poeta, estaban Unamuno, rector del centro, la mujer de Franco y el general Millán Astray entre otros. Según el rotativo hispalense hubo varias intervenciones de gran brillantez, sobre todo la de Pemán, quien "compuso un discurso bellísimo de erudición y citas históricas". Luego parece que habló, tan solo unas "breves palabras", Unamuno. Y a continuación, Millán Astray, pidió autorización para intervenir, que lo hizo, simplemente para dejar en el auditorio "unas palabras de exaltado patriotismo". Eso fue todo. No sucedió nada más especialmente reseñable.

Otra perspectiva de los hechos, esta vez la del otro lado del frente. Para explicarla, antes hay que aclarar algo. En el bando republicano se le tenía a Unamuno por traidor desde que, al inicio del conflicto, no dudó en apoyar a los golpistas. Por eso su nombre suscitaba pocas simpatías. Escojemos, para el relato del suceso, un artículo bajo la cabecera La Libertad, publicado el 4 de noviembre de 1936, de título: ¡Está muy bien! Según este diario todo el episodio se debió a la vanidad del pensador bilbaíno quien, al no ser invitado a unos actos de homenaje, se sintió ofendido con los dirigentes sublevados. Así, a la primera oportunidad que se le presentó, don Miguel lanzó un discurso muy airado y realmente mordaz contra Franco y sus "métodos de espuela" y "negación de espiritualidad". El asunto se zanjó con la detención en su casa del eminente catedrático, lo que celebra el periodista autor del reportaje con un "¡Final triste, pero merecido final!".

Pero hay más. Poco a poco se iban conociendo más detalles, en la zona republicana, de lo acaecido en Salamanca. A 27 de enero de 1937 (ya fallecido el autor de En torno al casticismo), el ABC, en su edición madrileña (sí, la ciudad no había sido aún tomada por Franco), publicaba su particular crónica: Si quieres aprender, no vayas a Salamanca : ¡muera la inteligencia! El noticiero se guiaba de una información, impresa por el semanario francés Vendredi (4 de enero de 1937), sobre la apertura de curso académico el uno de octubre anterior. Aquí, al contrario que en la versión del ABC sevillano, apenas es mencionado Pemán. Todo el protagonismo se lo lleva Unamuno, quien, en un improvisado discurso, pues no tenía pensado intervenir, arremetió contra los oradores que le precedieron pues ellos no dudaron en hacerlo contra el pueblo vasco, añadiendo de su propia cosecha alguna pulla más (particular turbación causó su comparación entre las mujeres de ambos bandos: "en este lado -Unamuno estaba en la Salamanca en poder de Franco-, las mujeres no toman noblemente parte en la lucha; pero, llevando medallas e insignias, asisten a los fusilamientos y a las ejecuciones"). Para lo que sucedió después tengamos en cuenta que el auditorio era completamente partidario del Alzamiento militar, y por tanto, don Miguel estaba dirigiéndose, en su soledad, a personas bastante radicales. Las palabras del rector causaron un "escándalo indescriptible" en la audiencia. Tanto es así, que Millán Astray se levantó y fustigó al eminente filósofo con un "¡muera la inteligencia!". El cariz de los acontecimientos empezaba a desbordarse. Hubo un gran disgusto entre los profesores, y Carmen Polo se desmayó. El resultado de este choque entre un septuagenario Unamuno y la masa de participantes fue la destitución del primero como rector, "y añade el periodista tal vez la muerte del famoso polígrafo".
En la entrevista que el reportero logra hacer después del altercado, un defenestrado pero granítico Unamuno, lúcido y consciente, ya tenía claro que la represión franquista no consistía en una serie de "actos individuales o indisciplinados, sino de órdenes colectivas dadas por el Estado Mayor". Me imagino que no era ningún ingenuo y que ya sabía que, en esas órdenes, había entrado él.


Un hispanista holandés, Brouwer, un tanto perplejo por la identificación de Unamuno con el Alzamiento, le hizo una entrevista días después de haber sido destituido de su cargo de rector. El resultado fue publicado en varios diarios. Recogemos un resumen que hizo el ABC (Madrid), el 5 de enero de 1937, Cómo se peleó Unamuno con Millán Astray (la interviú completa en La Voz, 7 de enero). Ya vemos que aquí van apareciendo nuevos testimonios de aquella aciaga jornada, como el famoso "vosotros podréis vencer, pero no convencer" del Rector; o también -contestando a unas palabras de Millán Astray "en las que decía que la cultura únicamente procedía de Castilla"- la expeditiva y afilada rectificación del vizcaíno: si eso fuera verdad, "España sería como usted, le faltaría un brazo, un pie y un ojo. Sería un cuerpo horriblemente mutilado". Millán Astray comprendería en ese momento que hay palabras que son bombas.

Recriminó el docente bilbaíno, años antes, por cobardía a su más ilustre predecesor en la cátedra salmantina, "el Maestro León" (esa sería otra historia). ¿Quién le hubiera dicho entonces a don Miguel que, con la muerte robándole ya las fuerzas, tendría que acreditar autoridad para hacerlo?

Esta entrada se me ocurrió gracias al post que dedicó Pedro Ojeda, en su La acequia, al ensayo unamuniano En torno al casticismo, en donde se toca un tema muy querido para nuestro profesor de Salamanca: la espiritualidad.

Fuentes: archivo del ABC; Hemeroteca digitalUnamuno a la salida del Paraninfo (imagen)

sábado, 6 de octubre de 2012

Un viaje en el tiempo

Nadie lo creería.
Ahora, con la claridad del alba, todo parecía tranquilo. Las sombras habían dejado de bailar a las luces del alumbrado, oscilantes y macabras. La estabilidad volvía a reinar sobre las calles cada vez más pobladas de viandantes de paso firme, quienes en nada se asemejaban a las siniestras figuras de la noche. Las fuerzas del día estaban venciendo, una vez más, como en un ciclo infinito, al poder proscrito de la luna. El sol y sus rutinas no admitía acuerdos: la luz de la razón volvía a enseñorearse de la realidad.
El hombre había despertado en un banco de El Retiro. Se frotaba los ojos, incrédulo aún de volver al mundo tal como lo conocía; pues aquel viejo, "seguramente un brujo", se lo había arrebatado durante unas horas esa noche. Se topó con él, "¿casualmente?", mientras paseaba aprovechando el frescor tras la puesta del astro rey. El misterioso anciano supo crear el señuelo: la curiosidad por el futuro. El indolente paseante vino a convertirse en cliente del pitoniso.
La cosa empezó bien, haciendo pronósticos personales alrededor de una mesa camilla y unos naipes. Luego todo se torció, es decir, la realidad se deformó y empezaron las visiones, cada vez más nítidas hasta el punto de resultar de mayor cosistencia que la propia realidad. Fue como si el brujo hubiese convocado un poder demoníaco que abriera una brecha en el tiempo. A través de esa herida, atravesaron, el viejo y su inadvertido acompañante, como si fuera un portal, el presente, y salieron, del otro lado, a una fecha indefinida de mediados de los años treinta del siglo veinte.
No se trató de un truco. De eso el hombre, todavía mareado en su banco de El Retiro, estaba seguro. Todo fue tan vívido, se parecía tanto a la realidad que no lo creía un sueño. En ese futuro al que saltaron, fueron testigos mudos de los hechos y decisiones que abocaban al fatal desenlace de una guerra civil, seguida de otra mundial: el deterioro y ruptura de las relaciones, la coligación de lo variado en unidades cada vez más simples hasta convertirse en solo dos bandos rabiosamente enfrentados, finalmente el éxtasis bélico. Vieron con asombro a las fuerzas vivas de la nación volverse contra ella misma para despedazarla. Los dueños de la fuerza contra los ciudadanos; los políticos, ineficaces; los sectores más conservadores —defensores del statu quo— y los más progresistas saltando el uno sobre el otro; y la libertad cayendo sojuzgada.
Después, conforme llegaba el final de la noche, la magia fue disipándose. El extraordinario anciano, pletórico de poder a la plateada luz de las estrellas, fue disolviéndose en el aire matutino hasta que de su presencia solo quedó el recuerdo.
—El brujo desapareció sin dejar huella —recordó el final de su aventura nocturna el hombre, aún incapaz para levantarse del banco—. Estaba exaltado, y me pidió, o mejor, me exigió que alertara a todo el país sobre lo que podía pasar en el futuro, que hiciera algo por poner ante un espejo a la sociedad. Solo si esta, insistió el viejo, se contemplaba, el curso de los acontecimientos, acaso, cambiase a mejor.
Rápidamente el individuo se puso en pie. Casi corriendo de impaciencia enfiló sus pasos fuera de El Retiro, hacia su casa. Mientras caminaba caviló:
—Nadie me creerá si me empeño en contar este viaje en el tiempo tal como sucedió, en cambio sí podría ganarme el interés del público, y su complicidad, camuflando los hechos tras una versión: redactar, no tanto la increíble experiencia vivida, como lo que me haya sugerido el macabro futuro que el brujo pronosticó.
Una vez sentado en su mesa tomó hoja y, llamado por una prudencia profesional, paró un momento antes de garabatearla.
—Veamos... ¿Qué puedo escribir?
Tras un rato meditando, el escritor empezó a rellenar la cuartilla. Encabezó con un título algo anodino, Doña Perfecta. Y luego rotuló su propio nombre, Benito Pérez Galdós.

jueves, 19 de julio de 2012

Duelos

La entrada que la bitácora de Igor, Antigua Vamurta, dedicó a Pushkin me recordó una anécdota sobre la inclinación de los hombres hacia el conflicto. Parece que lo buscamos.

En una controversia política en un parque de la ciudad, las opiniones de cierto caballero, de mediana edad, sobre la nación inglesa en conflicto con las colonias americanas ofenden a uno de los oyentes, un comerciante inglés, quien, en tono bastante exaltado, demanda una satisfacción por las palabras insultantes contra su país, y desafía al caballero que tan mal hablaba de Inglaterra a un duelo de sangre.
Este, que no conocía de nada al indignado inglés, no sabe cómo calibrar la situación. Decide, empero, no entrar en una espiral de violencia. Así que expone abiertamente sus ideas sobre cómo considerar el problema del imperialismo de unas naciones sobre otras, sin apelar al patriotismo sino a la concepción cosmopolita de la humanidad.
El inglés, en un gesto que le honra ciertamente pues implicaba apertura de mente, terminó pidiendo perdón al caballero desconocido. Ambos se dieron la mano.
—Me llamo Green, caballero, Joseph Green. Comerciante. ¿A quién tengo el honor de escuchar?
—Immanuel Kant, soy profesor de filosofía.
Así se dio inicio a una franca amistad que duró hasta que Joseph Green falleció. Las ideas del menudo profesor de filosofía sobre la paz no podían sino ofender al caballero inglés, y probablemente a mucha más gente. En un opúsculo titulado Sobre la paz perpetua, escribe el célebre pensador de Königsberg frases como esta: "un Estado no es un patrimonio. Es una sociedad de hombres sobre la que nadie más que ella misma tiene que mandar y disponer". O "Los ejércitos permanentes deben desaparecer totalmente con el tiempo" (aunque, aclaremos, para él es lícito defenderse de agresiones). No era, pues, ni un hombre proclive a la violencia, ni un convencido del imperialismo entre las naciones.

Kant pensaba que, como requisito previo para la paz, la forma de gobierno republicana debería ser la constitución de todo Estado. En aquellas naciones con constituciones republicanas, los hombres son ciudadanos y, por tanto, ellos eligen si quieren ir a la guerra. En cambio, en aquellas otras compuestas de súbditos, "la guerra es la cosa más sencilla del mundo, porque el jefe del Estado no es un miembro del Estado sino su propietario, la guerra no le hace perder lo más mínimo de sus banquetes, cacerías, palacios de recreo, fiestas cortesanas, etc."

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