―Hoy volveré a urgir a la asamblea―. A lo que añadió, frotándose satisfecho las manos―, cada vez logro convencer a alguien más. Y cuando lo consiga
con toda la cámara, impondremos el deber, a todas las mujeres embarazadas, de aplicarse la proteína de la adolescencia.
―Pero eso provocará la metamorfosis en el feto. El recién nacido carecerá de pulmones y solo respirará por las branquias ―exclamó ella con pasión.
―De eso se trata. Se acabarán los peligros y molestias que nuestros hijos padecen ―repuso dando la espalda a su esposa.
―No dudes que me opondré. Me oirán...
―Ya está bien ―explotó él. ―Actuarás como se te supone.
―No me grites.
―¡Que no te grite! ―rugió el hombre, rojo de rabia e impotencia por la porfía de la madre de sus hijos―. Sólo faltaría que, también aquí en mi propio hogar, disimulase.
El niño abrió los ojos. No tenía ninguna gana de dormir.
―Mamá, ¿cuándo me dejarás subir a jugar con los demás?
―Pronto, cariño ―ella observó a su marido que cabeceaba enfadado. Luego, ignorando la acritud del hombre, se entretuvo en el panorama que divisaba desde la entrada a la vivienda. Los órganos de la vista, a pesar de su adaptación, no permitían abarcar mucho a aquella profundidad. Ya a pocas brazas las formas se hacían inciertas, y desaparecían por completo más allá, tras la ondulante cortina de agua; los tonos moribundos de los objetos resultaban indistinguibles entre sí, fundiéndose unos con otros hasta convertir lo variado en uniforme, un único muro monocromo que rodeaba todo el horizonte. Arriba, en la bóveda, que era la superficie del agua, unos brillos fugaces se descomponían tan pronto la vista los trataba de seguir; tan solo promesas que nunca precederían ―para seres encerrados en el piélago como ellos― a la realidad de su verdadero origen solar. Fomentar la esperanza en que de su contemplación resultara algún consuelo carecía de misericordia.
Desesperanzada, la madre se estaba dejando llevar por su pesimismo al hacer balance de todo lo negativo de la vida en las profundidades. Aun con todo lo malo que era aquella existencia había una cosa que la mortificaba por encima de lo demás: el frío. Lo más molesto del medio subacuático era esa sensación de frialdad que nunca les abandonaba, una mano helada que los atenazaba por siempre, de la que nunca se podrían escapar. Ese ahogo asfixiaba todo lo que de bueno sucediera en sus días convirtiendo la existencia en el lecho marino en angustia. Vegetaban encerrados en las fauces de un inmenso depredador, muriendo hasta morir, olvidándose de vivir.
Como una manera de escapar a toda su tribulación, recordaba su propia niñez en la playa. El Sol calentaba, las formas eran nítidas y, sobre todo, los colores producían felicidad. Los rojos, los amarillos..., el propio azul no era ese tono mortecino del mundo subacuático. La conclusión que presentía era clara: la historia del hombre verdadero sucumbió a la gran sequía, y desde entonces lo que fuera que hiciesen bajo el océano no alcanzaría nunca estatura humana. A pesar de lo que dijera él, estaba segura de que sí había un propósito en el hecho de que la naturaleza se hubiera molestado en mantener la respiración aérea durante la niñez. Y no había que reflexionar mucho para darse cuenta del porqué: la verdadera vida, la de la superficie, pertenecía a los niños. Únicamente ellos la vivían, y el adulto debería velar por que así fuera. Todo lo que le sucediera al hombre tras la metamorfosis no se debería llamar vida, aunque tampoco muerte, a lo sumo sería un tercer estado entre la una y la otra.
Lo que intentaba hacer su marido era eliminar el primero, el de la verdadera
vida, condenando a la especie a una existencia desarraigada de su paraíso. Había un propósito divino en la niñez anfibia y, tras los proyectos del padre de sus hijos, una apostasía.
Ahora su pequeño esperaba con impaciencia a que las piernas cobraran la fuerza suficiente para caminar. Cuando la naturaleza se lo permitiera le dejaría ascender con los demás. Y dentro de unos años, tal vez él también miraría a su alrededor con aprensión recordando los momentos de felicidad, cuando respiraba aire. Posó su mano sobre el vientre y con un sobresalto dio en preguntarse si a su próximo retoño le robarían ese misterio, que la naturaleza les otorgaba, de sobrevivir en ambos ambientes.
―Eres el único que anda a vueltas con ese tema. ¿No temes que nadie recoja tu testigo si faltas? ―preguntó ella con tono aparentemente conciliador.
―No faltaré. Con los rivales que tengo, sin duda el escaño que ocupo volverá a ser mío la próxima legislatura. Tiempo más que suficiente para lograr convencer a la asamblea ―contestó el individuo, seguro de sí mismo, creyendo que su esposa se refería a las elecciones.
sábado, 23 de octubre de 2010
Sin aire 2/3
En una casa, en el lecho marino, la madre cantaba una suave cancioncilla a su pequeño. El esposo, mientras, la miraba perplejo.
―Nuestros hijos siempre vuelven llorando de arriba ―el individuo caminaba por el atrio a grandes zancadas mesándose las branquias del cuello.
―No es verdad. Quizá alguna vez, pero la oportunidad sí que llega. Si no un día, al siguiente ―puntualizó la mujer con voz muy suave, abrazada a la criatura.
Pero el hombre continuó su monólogo de lamentos: ―que no les dejamos divertirse, se nos quejan. Como si prohibírselo fuera por gusto nuestro. ―Y añadió, como justificándose― el clima al aire libre, reseca nuestra piel y llega a quemárnosla, cuanto más la de ellos. Y además ―recalcó ceñudo―, cómo van a jugar si sus pequeños pulmones apenas dan para mantenerse inmóvil respirando.
―No es para tanto. ¿Recuerdas tú haberte asfixiado, o abrasado? ―El tipo consideró la pregunta sólo para enfadarse aún más. Abrazada al niño, y sin mirar a su interlocutor, la madre terminó su alegato ―es verdad que una climatología muy adversa nos hace daño, pero, teniendo prudencia, no hay que temer.
El otro no se arredró por las puntualizaciones, sino que eligió otra manera de enfocarlo: ―No entiendo por qué quieren jugar en el duro suelo donde cualquier mala caída puede abrir una brecha.
La mujer, entonces, levantó la vista con un cierto reproche en su quebrada frente.
―Ya he oído tus peticiones en el senado muchas veces y no quiero que vuelvas a hacerlas. ¿Acaso no quieres ver a tu hijo feliz? ―ella se tocó el vientre con afán protector. Un gesto que repetía con cada vez más frecuencia.
―Tú no comprendes el lado práctico de las cosas. Solo sabes defender ese punto de vista ridículo con cabezonería ―el tono de voz de él se estaba volviendo agrio.
―No entendemos por qué ―respondía la mujer sin escucharlo―, pero el hecho es que nacemos con los órganos respiratorios de nuestros antepasados aéreos. Mientras dura nuestra infancia respiramos aire y agua, podemos subir a la superficie y vivir aquí abajo. Y cuando dejamos de ser niños sufrimos la metamorfosis. Los pulmones desaparecen y ya sólo tomamos oxígeno a través de las branquias. Es un misterio, pero ha de tener un significado.
―Tonterías dogmáticas. No hay ningún misterio, sino falta de racionalidad. Poseemos los conocimientos, y podemos enmendar el error que cometió la evolución natural. Somos seres de agua, no criaturas ambiguas, por lo que lo lógico será adaptar nuestro organismo exclusivamente a la vida acuática, aun antes de nacer ―él levantó la mano con ademán incontestable para hacer callar a la mujer, y sin interrumpirse prosiguió―. Muchos niños mueren ahogados, ¿sabes? Te recuerdo que el cerebro no controla las branquias hasta unas semanas tras el parto: nacemos respirando aire. Además, el doble sistema respiratorio con que nacemos es el culpable principal del largo período de gestación de más de dos años. Una simplificación en la fisiología acortaría el embarazo y, por tanto, los peligros para madre y criatura. Creo que en eso me darás la razón ―no obtuvo más respuesta que un abrazo de la madre a su hijo.
El hombre movió, nervioso, los brazos para nadar, elevando su cuerpo hasta la parte más alta del tejado palaciego. El grupo de niños que salió aquella madrugada volvía. Nadaban en silencio, decepcionados. El guía del grupo saludó al hombre con la mano.
―Otro día seco ―dijo el guía-jefe que cargaba en un brazo con el equipo de supervivencia, básicamente un contenedor de agua y tubos para poder sobrevivir al aire libre.
El hombre observó al tutor despedir a los niños que se dispersaron sobre la aldea. Luego, retrocedió de nuevo hasta la mujer.
―Nuestros hijos siempre vuelven llorando de arriba ―el individuo caminaba por el atrio a grandes zancadas mesándose las branquias del cuello.
―No es verdad. Quizá alguna vez, pero la oportunidad sí que llega. Si no un día, al siguiente ―puntualizó la mujer con voz muy suave, abrazada a la criatura.
Pero el hombre continuó su monólogo de lamentos: ―que no les dejamos divertirse, se nos quejan. Como si prohibírselo fuera por gusto nuestro. ―Y añadió, como justificándose― el clima al aire libre, reseca nuestra piel y llega a quemárnosla, cuanto más la de ellos. Y además ―recalcó ceñudo―, cómo van a jugar si sus pequeños pulmones apenas dan para mantenerse inmóvil respirando.
―No es para tanto. ¿Recuerdas tú haberte asfixiado, o abrasado? ―El tipo consideró la pregunta sólo para enfadarse aún más. Abrazada al niño, y sin mirar a su interlocutor, la madre terminó su alegato ―es verdad que una climatología muy adversa nos hace daño, pero, teniendo prudencia, no hay que temer.
El otro no se arredró por las puntualizaciones, sino que eligió otra manera de enfocarlo: ―No entiendo por qué quieren jugar en el duro suelo donde cualquier mala caída puede abrir una brecha.
La mujer, entonces, levantó la vista con un cierto reproche en su quebrada frente.
―Ya he oído tus peticiones en el senado muchas veces y no quiero que vuelvas a hacerlas. ¿Acaso no quieres ver a tu hijo feliz? ―ella se tocó el vientre con afán protector. Un gesto que repetía con cada vez más frecuencia.
―Tú no comprendes el lado práctico de las cosas. Solo sabes defender ese punto de vista ridículo con cabezonería ―el tono de voz de él se estaba volviendo agrio.
―No entendemos por qué ―respondía la mujer sin escucharlo―, pero el hecho es que nacemos con los órganos respiratorios de nuestros antepasados aéreos. Mientras dura nuestra infancia respiramos aire y agua, podemos subir a la superficie y vivir aquí abajo. Y cuando dejamos de ser niños sufrimos la metamorfosis. Los pulmones desaparecen y ya sólo tomamos oxígeno a través de las branquias. Es un misterio, pero ha de tener un significado.
―Tonterías dogmáticas. No hay ningún misterio, sino falta de racionalidad. Poseemos los conocimientos, y podemos enmendar el error que cometió la evolución natural. Somos seres de agua, no criaturas ambiguas, por lo que lo lógico será adaptar nuestro organismo exclusivamente a la vida acuática, aun antes de nacer ―él levantó la mano con ademán incontestable para hacer callar a la mujer, y sin interrumpirse prosiguió―. Muchos niños mueren ahogados, ¿sabes? Te recuerdo que el cerebro no controla las branquias hasta unas semanas tras el parto: nacemos respirando aire. Además, el doble sistema respiratorio con que nacemos es el culpable principal del largo período de gestación de más de dos años. Una simplificación en la fisiología acortaría el embarazo y, por tanto, los peligros para madre y criatura. Creo que en eso me darás la razón ―no obtuvo más respuesta que un abrazo de la madre a su hijo.
El hombre movió, nervioso, los brazos para nadar, elevando su cuerpo hasta la parte más alta del tejado palaciego. El grupo de niños que salió aquella madrugada volvía. Nadaban en silencio, decepcionados. El guía del grupo saludó al hombre con la mano.
―Otro día seco ―dijo el guía-jefe que cargaba en un brazo con el equipo de supervivencia, básicamente un contenedor de agua y tubos para poder sobrevivir al aire libre.
El hombre observó al tutor despedir a los niños que se dispersaron sobre la aldea. Luego, retrocedió de nuevo hasta la mujer.
jueves, 21 de octubre de 2010
Sin aire 1/3
Otra jornada sin llover, y ya iba para varias semanas.
Sin despuntar aún el día, nadie dudó sobre el tiempo que les esperaba en las próximas horas. El cielo, surgiendo del negro mate nocturno, había cogido tono de charol, y, como un ejército en conquista, la ola de brillo que recorría el firmamento desde oriente iba apagando una a una las estrellas. Los signos no presagiaban sino sequedad y sofocante calor bajo el dominio del astro rey.
El guía-jefe decidió, tras hablarlo con los demás ayudantes, suspender la excursión por tierra. A pesar de la decepción que supondría, no quedaba otro remedio: los niños debían volver a sus casas pues el día no acompañaba.
Uno de los chavales tomó una piedra y la arrojó con rabia al cielo.
―Vamos, no te enfades. Nadie tiene la culpa ―el tutor empujaba cariñosamente al crío para reintegrarlo al grupo.
Habiéndose asegurado de que no faltaba nadie, los guías iniciaron el camino para volver por donde habían venido. Lentamente y con las cabezas gachas, la dolorida procesión se abría paso por el arenoso sendero. Un crispado hilo que partía por medio el páramo en dos hemisferios de vegetación áspera y rala, donde la soledad veía comprometido su mando por la compañía constante del viento. Como quiera que el jefe apremiara un poco al grupo, no tardaron en llegar a una parte que picaba hacia arriba. La puerta de entrada a su verdadero mundo estaba al otro lado de la suave prominencia.
Cuando llegaron, el Sol ya asomaba frente a ellos medio disco; un abanico de llamas que vomitaba su fuego aún lechoso sobre las dunas. La playa refulgía tanto que los niños, cegados por la luz, se protegían del naciente astro rey haciendo sombrilla con la mano. Sus ojos, muy sensibles, trabajaban a gusto en ambientes menos agresivos, lo que unido a la rapidez con que clareaba volvía muy molesta la vuelta.
Una vez en la orilla no aminoraron la marcha, sino que continuaron sin parar, agua adentro. A medida que a cada uno le cubría lo suficiente se zambullía, impulsado por sus membranosos pies, y desaparecía bajo el ligero oleaje. Al final no quedaba nadie en aquel lugar.
Sin despuntar aún el día, nadie dudó sobre el tiempo que les esperaba en las próximas horas. El cielo, surgiendo del negro mate nocturno, había cogido tono de charol, y, como un ejército en conquista, la ola de brillo que recorría el firmamento desde oriente iba apagando una a una las estrellas. Los signos no presagiaban sino sequedad y sofocante calor bajo el dominio del astro rey.
El guía-jefe decidió, tras hablarlo con los demás ayudantes, suspender la excursión por tierra. A pesar de la decepción que supondría, no quedaba otro remedio: los niños debían volver a sus casas pues el día no acompañaba.
Uno de los chavales tomó una piedra y la arrojó con rabia al cielo.
―Vamos, no te enfades. Nadie tiene la culpa ―el tutor empujaba cariñosamente al crío para reintegrarlo al grupo.
Habiéndose asegurado de que no faltaba nadie, los guías iniciaron el camino para volver por donde habían venido. Lentamente y con las cabezas gachas, la dolorida procesión se abría paso por el arenoso sendero. Un crispado hilo que partía por medio el páramo en dos hemisferios de vegetación áspera y rala, donde la soledad veía comprometido su mando por la compañía constante del viento. Como quiera que el jefe apremiara un poco al grupo, no tardaron en llegar a una parte que picaba hacia arriba. La puerta de entrada a su verdadero mundo estaba al otro lado de la suave prominencia.
Cuando llegaron, el Sol ya asomaba frente a ellos medio disco; un abanico de llamas que vomitaba su fuego aún lechoso sobre las dunas. La playa refulgía tanto que los niños, cegados por la luz, se protegían del naciente astro rey haciendo sombrilla con la mano. Sus ojos, muy sensibles, trabajaban a gusto en ambientes menos agresivos, lo que unido a la rapidez con que clareaba volvía muy molesta la vuelta.
Una vez en la orilla no aminoraron la marcha, sino que continuaron sin parar, agua adentro. A medida que a cada uno le cubría lo suficiente se zambullía, impulsado por sus membranosos pies, y desaparecía bajo el ligero oleaje. Al final no quedaba nadie en aquel lugar.
sábado, 17 de julio de 2010
La esquina de la biblioteca 7/7
—Me estás mirando —jadeó el muchacho. En ese momento no había nadie en aquel grupo de mesas por lo que ningún oído advirtió que hablaba con un libro.
Éste no contestó, limitándose a observar con gesto adusto.
—¿Desde cuándo me vigilas? —el muchacho volvió a acercarse al volumen con desconfianza. El rostro formado por los clavos de la cubierta denotaba conocimiento pero, haciendo una inspección más pormenorizada de él, se percató de que faltaba algo en aquella cara, no había boca.
—Puede que no hables pero algo has tenido que ver en que las letras desaparezcan —un sutil movimiento de los ojos lo confirmó. Había una pregunta que no se atrevía a hacer. Se mordió los labios apurado por la curiosidad y finalmente se resolvió: —¿Porqué no me das tiempo a acabar el cuento?
Por supuesto no hubo respuestas, sin embargo el volumen se torció sobre sí mismo hasta incorporarse. Desapareció la hosquedad de aquel semblante ennegrecido y sólo quedaron trazas de circunspección. Se sostuvieron ambos la mirada frente a frente. El joven temió descubrir algo que no buscaba y el viejo libro demudó la expresión trocándose contención por dolor. A continuación desapareció poco a poco toda huella de rasgo humano de la cubierta. Solo cuando el libro volvió a ser ese objeto desprovisto de ojos, mas no de alma, que había sido hasta ahora, Guille volvió con mano insegura a abrirlo. Directamente se dirigió a las páginas finales. La tinta había recuperado plenamente su color y no quedaba ningún obstáculo más a la lectura.
«El caballero contempló impávido al monstruo. La criatura no dejaba ni por un momento de avanzar hacia él, guiada, a lo que parecía, por un ansia que rayaba en la obsesión de matar. El solitario hombre, acorralado en el valle, picó espuelas y arremetió contra su enemigo...»
Al día siguiente Guille no se despidió de su madre en la puerta del hospital. Pidió subir con ella a la habitación pues hacía varios días que no lo veía. El padre estaba más delgado y triste pero cuando tocó la cabeza de su hijo las sombras bajo los ojos desaparecieron. Y una sonrisa llena de cariño en su consumida cara animó a Guille a abrazarse a su pecho.
Éste no contestó, limitándose a observar con gesto adusto.
—¿Desde cuándo me vigilas? —el muchacho volvió a acercarse al volumen con desconfianza. El rostro formado por los clavos de la cubierta denotaba conocimiento pero, haciendo una inspección más pormenorizada de él, se percató de que faltaba algo en aquella cara, no había boca.
—Puede que no hables pero algo has tenido que ver en que las letras desaparezcan —un sutil movimiento de los ojos lo confirmó. Había una pregunta que no se atrevía a hacer. Se mordió los labios apurado por la curiosidad y finalmente se resolvió: —¿Porqué no me das tiempo a acabar el cuento?
Por supuesto no hubo respuestas, sin embargo el volumen se torció sobre sí mismo hasta incorporarse. Desapareció la hosquedad de aquel semblante ennegrecido y sólo quedaron trazas de circunspección. Se sostuvieron ambos la mirada frente a frente. El joven temió descubrir algo que no buscaba y el viejo libro demudó la expresión trocándose contención por dolor. A continuación desapareció poco a poco toda huella de rasgo humano de la cubierta. Solo cuando el libro volvió a ser ese objeto desprovisto de ojos, mas no de alma, que había sido hasta ahora, Guille volvió con mano insegura a abrirlo. Directamente se dirigió a las páginas finales. La tinta había recuperado plenamente su color y no quedaba ningún obstáculo más a la lectura.
«El caballero contempló impávido al monstruo. La criatura no dejaba ni por un momento de avanzar hacia él, guiada, a lo que parecía, por un ansia que rayaba en la obsesión de matar. El solitario hombre, acorralado en el valle, picó espuelas y arremetió contra su enemigo...»
Al día siguiente Guille no se despidió de su madre en la puerta del hospital. Pidió subir con ella a la habitación pues hacía varios días que no lo veía. El padre estaba más delgado y triste pero cuando tocó la cabeza de su hijo las sombras bajo los ojos desaparecieron. Y una sonrisa llena de cariño en su consumida cara animó a Guille a abrazarse a su pecho.
La esquina de la biblioteca 6/7
Al final de la tarde decidieron que ya iba siendo hora de marchar. Se encaminaron poco a poco al hospital por unas calles cada vez más pendientes del día siguiente. La gente caminaba deprisa hacia sus casas, y las pocas tiendas aún abiertas echaban las rejas a los escaparates como alguien que terminara de bostezar cansado de todo el trajín del día.
Ya llegando, vieron salir a la madre del chico. Guille la notó más abatida. Ella lo vio y lo saludó con la mano. Un gesto que interrumpió, sorprendida, al ver al acompañante de su hijo.
—Mami —la mujer se inclinó para besarlo. —Este es el bibliotecario. Me ha acompañado esta tarde. —Él no dudó en explicar las circunstancias de la tarde y, tan contenido como siempre, luego prefirió despedirse sin más. Así que, volviéndose calle abajo, no advirtió el suspiro de alivio de ella, que Guille, sin dudarlo, le afeó con un gesto.
—Lo siento amor pero hoy no tengo ganas de hablar con nadie —se disculpó ella, que viendo el apuro de su hijo se decidió a explicarle —no te preocupes por el bibliotecario, que tengo confianza. Fuimos compañeros de estudios hace años: como ahora lo sois tú y Migue.
El hijo comparó a su amigo Migue con el bibliotecario, pensando cómo haría de camarada de juegos de su madre. Y cuanto más lo revolvía, más difícil se le representaba el paralelismo. Y más extrañado se quedaba, pues nunca antes había visto su amistad con Migue desde fuera, tal como la contemplaba su madre.
A la siguiente tarde, a pesar de haber hecho el último examen, el chico pidió a su madre le dejara acudir de nuevo a la biblioteca. Allí se puso a leer el libro de inmediato. Nada más abrirlo notó la pérdida de visibilidad de la letra. Quedaba poco tiempo y muchas páginas por leer.
Las aventuras que corrió el héroe en su camino a las montañas lo pusieron en graves aprietos. Hizo muchos amigos y se enamoró. Pero no se desvió en ningún momento de su objetivo final, sacrificando por él aquellas pequeñas metas provisionales que iba ganando. El bien que pudo llevar a algunos, en otras ocasiones quedaba compensado por actuaciones no tan acertadas.
Tanto provecho sacó Guille a la tarde que, hacia el final de la misma, el caballero se estaba encontrando con las primeras estribaciones de la cordillera, el final de su viaje. Entonces, con la vista cansada por el esfuerzo, levantó la cara con pereza para buscar algún entretenimiento. La tinta, debilitándose a ese ritmo, daba síntomas de no llegarle visible hasta mañana pero ya no tenía ganas de más. Los dos bibliotecarios, contando con la misma limitación temporal, leyeron en su día esta historia, y la acabaron. Solo tuvieron una oportunidad y la aprovecharon. Quizá no albergaran dudas. En cambio, conforme el trágico final llegaba, a él la determinación de seguir le flaqueaba. Le iba desapareciendo como la tinta. Miró distraídamente las tapas de madera y cuero del volumen, cuando de pronto, sorprendido, percibió algo parecido a una singular expresividad en el clavo más arrimado al borde superior derecho, justo al modo de un ojo entrecerrándose. Se le erizó la piel y soltó el libro de las manos al cobrar conciencia de la aparición, en aquella encuadernación, de los rasgos de una cara severa que lo miraba. Ésta, sin manifestar afectación por la fulminante reacción del muchacho, ni siquiera acusó un parpadeo que aligerase la grave seriedad. Aquello significaba un cambio. Hasta ahora se había dedicado a leer una historia en un objeto inerte. La relación entre él y la novela había sido inmediata, sin intermediación. Pero ahora descubría que el libro era algo vivo. Y su mirada estaba preñada de inteligencia.
Ya llegando, vieron salir a la madre del chico. Guille la notó más abatida. Ella lo vio y lo saludó con la mano. Un gesto que interrumpió, sorprendida, al ver al acompañante de su hijo.
—Mami —la mujer se inclinó para besarlo. —Este es el bibliotecario. Me ha acompañado esta tarde. —Él no dudó en explicar las circunstancias de la tarde y, tan contenido como siempre, luego prefirió despedirse sin más. Así que, volviéndose calle abajo, no advirtió el suspiro de alivio de ella, que Guille, sin dudarlo, le afeó con un gesto.
—Lo siento amor pero hoy no tengo ganas de hablar con nadie —se disculpó ella, que viendo el apuro de su hijo se decidió a explicarle —no te preocupes por el bibliotecario, que tengo confianza. Fuimos compañeros de estudios hace años: como ahora lo sois tú y Migue.
El hijo comparó a su amigo Migue con el bibliotecario, pensando cómo haría de camarada de juegos de su madre. Y cuanto más lo revolvía, más difícil se le representaba el paralelismo. Y más extrañado se quedaba, pues nunca antes había visto su amistad con Migue desde fuera, tal como la contemplaba su madre.
A la siguiente tarde, a pesar de haber hecho el último examen, el chico pidió a su madre le dejara acudir de nuevo a la biblioteca. Allí se puso a leer el libro de inmediato. Nada más abrirlo notó la pérdida de visibilidad de la letra. Quedaba poco tiempo y muchas páginas por leer.
Las aventuras que corrió el héroe en su camino a las montañas lo pusieron en graves aprietos. Hizo muchos amigos y se enamoró. Pero no se desvió en ningún momento de su objetivo final, sacrificando por él aquellas pequeñas metas provisionales que iba ganando. El bien que pudo llevar a algunos, en otras ocasiones quedaba compensado por actuaciones no tan acertadas.
Tanto provecho sacó Guille a la tarde que, hacia el final de la misma, el caballero se estaba encontrando con las primeras estribaciones de la cordillera, el final de su viaje. Entonces, con la vista cansada por el esfuerzo, levantó la cara con pereza para buscar algún entretenimiento. La tinta, debilitándose a ese ritmo, daba síntomas de no llegarle visible hasta mañana pero ya no tenía ganas de más. Los dos bibliotecarios, contando con la misma limitación temporal, leyeron en su día esta historia, y la acabaron. Solo tuvieron una oportunidad y la aprovecharon. Quizá no albergaran dudas. En cambio, conforme el trágico final llegaba, a él la determinación de seguir le flaqueaba. Le iba desapareciendo como la tinta. Miró distraídamente las tapas de madera y cuero del volumen, cuando de pronto, sorprendido, percibió algo parecido a una singular expresividad en el clavo más arrimado al borde superior derecho, justo al modo de un ojo entrecerrándose. Se le erizó la piel y soltó el libro de las manos al cobrar conciencia de la aparición, en aquella encuadernación, de los rasgos de una cara severa que lo miraba. Ésta, sin manifestar afectación por la fulminante reacción del muchacho, ni siquiera acusó un parpadeo que aligerase la grave seriedad. Aquello significaba un cambio. Hasta ahora se había dedicado a leer una historia en un objeto inerte. La relación entre él y la novela había sido inmediata, sin intermediación. Pero ahora descubría que el libro era algo vivo. Y su mirada estaba preñada de inteligencia.
La esquina de la biblioteca 5/7
Guille levantó la mirada. Se había quedado solo. Llevó la obra hasta su asiento, interesado por el destino de aquel solitario caballero.
—Mañana continuarás —sintió la mano en el hombro mientras oía la voz del bibliotecario.— Ya es hora de cerrar.
Unos fallos eléctricos dejaron sin suministro de energía al edificio. Se llamó a los técnicos, que, para curarse en salud, sugirieron desalojar. Faltaban aun tres horas para las nueve, que era cuando se encontraría con su madre junto al hospital, y tres horas eran muchas para pasarlas solo. De Migue nada sabía desde hacía dos días. Sin duda las largas jornadas de estudio, que ya tocaban a su fin, lo terminaron de asustar. Guille, sin su amigo, cruzó la puerta de salida con los libros colgando. Dudó qué hacer, si subir con sus padres a la habitación de la tercera planta o deambular por la calle hasta la hora convenida. Detrás escuchaba al personal despedirse de buen humor. No todos los días se echaba el cierre horas antes.
—Guille, ¿tienes un rato? —preguntó el bibliotecario. El chico se volvió sorprendido. —¿Te gustaría aprender cantos de pájaros?
El muchacho no sabía qué pensar. Pasar la tarde oyendo aves con aquel señor no parecía un proyecto divertido.
—Será en el parque. Hace bueno y podremos subir al barco turístico. Nos dará tiempo antes de que llegue tu madre.
Eso del crucero por el río sonaba mucho mejor. Sin pensarlo, Guille aceptó encantado.
El bibliotecario sabía los horarios del barco, de modo que hicieron tiempo paseando por entre los árboles y matas del jardín. Pasaron bajo las moreras y Guille se sorprendió de ver lo hábilmente que el bibliotecario paró un balón escapado a unos chicos y con qué precisión se lo devolvió de un chut.
—¿Sabes jugar?
—En el pueblo hacemos ligas con equipos de la comarca. Soy centrocampista. ¿A ti también te gusta?
—Pues claro —Guille casi se atraganta de la obviedad. Al bibliotecario no le pasó desapercibida la perplejidad del chico por la pregunta, así que, para compensarle, musitó un ronroneo de complicidad.
—Si vienes algún día jugarás conmigo, si quieres.
—¿Qué pueblo?
—Es uno pequeño, rodeado de trigales. Ahora seguro que está todo de color dorado y se trabajará mucho en la cosecha, como tú para los exámenes.
El barco ya estaba dispuesto en la dársena. Rápidamente, Guille se colocó en la proa apoyado en una barandilla. A su alrededor se formó un coro cosmopolita que iba y venía al ritmo del zarandeo sobre el líquido. Había gente hablando en todas las lenguas imaginables, pero él, lejos de aislarse, se sintió feliz rodeado de tanta actividad y fascinación por el entorno. Las márgenes habían sido recientemente acondicionadas con zonas verdes y de paseo, por lo que la vista desde la embarcación no carecía de novedades. Algunos viandantes se volvían, mientras caminaban, al percatarse de la nave. Incluso los había, normalmente los más jóvenes y desinhibidos, que saludaban con grandes gestos. Guille lo miraba todo como si no hubiera sabido disfrutar hasta hoy de lo más fácil: el sol, la gente, el agua, los árboles...
Tras el pequeño crucero se sentaron en un banco junto a las moreras. El sol, a su izquierda, se iba acercando al horizonte y las sombras, escondidas durante el día, volvían a salir sigilosas, reptando en los rincones. El bibliotecario sacó de su mochila un libro que el chico identificó en seguida.
—Me dijo Flor que éste te llamó la atención. Y no me extraña. —Lo abrió sin fijarse en la página. —Cuando lo descubrí acababa de empezar a trabajar. Lo leí más bien por las ilustraciones. No me gustan las historias de caballeros. Pero a medida que me acercaba al final...
—¿Cuando el guerrero no tiene otra salida que matar al monstruo? —le interrumpió Guille.
—Ajá. —Ahora fue el hombre el que se interrumpió. Miró al muchacho y le tendió el volumen. Guille no deseaba mirar. No quería reencontrarse con aquel solitario caballero que trataba de buscar su salida en un último y desesperado intento.
—¿Tienes miedo de saber lo que le sucederá?
—No quiero verlo ir contra el monstruo. ¿Tú sabes cómo es esa cosa? Tiene muchas cabezas, unos dientes enormes y le sale fuego por las bocas. No lo vencerá. —El chico evitaba poner los ojos otra vez en aquel libro.
El bibliotecario lo depositó en el banco, entre los dos.
—Mañana es tu última prueba trimestral. —Y continuó al tiempo que el muchacho afirmaba con la cabeza, —cuando la acabes, échale un vistazo. Si no lo haces puede que no haya más veces. Recuerda que es un libro de la esquina famosa. Por tanto tiene su rareza. ¿Y sabes cuál es? Pues ha elegido lector y creo que eres tú. Pero no te concede todo el tiempo que necesites sino lo que él considere. Y si te retrasas, la tinta desaparecerá. Ya ha empezado, de hecho, y no parará hasta que no quede nada para leer.
Guille cogió con dudas el tomo. Tardó un poco más en abrir y cuando lo hizo fue por el medio, no por el final. Observó el trazo, las líneas angulares, los contrastes de grosor. Los caracteres no eran fáciles de seguir, pues se disponían en un estilo gótico bastante ortodoxo. Pero más allá del desafío que suponía leer tan rara letra, el problema mayor lo planteaba el escaso contraste de las palabras. Parecían haber sufrido el efecto del paso de una goma. Aunque aquel texto no iba a lápiz sino a tinta. Tuvo que empeñar la vista para leer los escurridizos trazos que hablaban de un hombre en la plenitud de sus fuerzas que se dirigía hacia un destino oscuro. Había abandonado la seguridad de la ciudad fortificada en donde gozaba de la estima del rey y la reina...
—Mañana continuarás —sintió la mano en el hombro mientras oía la voz del bibliotecario.— Ya es hora de cerrar.
Unos fallos eléctricos dejaron sin suministro de energía al edificio. Se llamó a los técnicos, que, para curarse en salud, sugirieron desalojar. Faltaban aun tres horas para las nueve, que era cuando se encontraría con su madre junto al hospital, y tres horas eran muchas para pasarlas solo. De Migue nada sabía desde hacía dos días. Sin duda las largas jornadas de estudio, que ya tocaban a su fin, lo terminaron de asustar. Guille, sin su amigo, cruzó la puerta de salida con los libros colgando. Dudó qué hacer, si subir con sus padres a la habitación de la tercera planta o deambular por la calle hasta la hora convenida. Detrás escuchaba al personal despedirse de buen humor. No todos los días se echaba el cierre horas antes.
—Guille, ¿tienes un rato? —preguntó el bibliotecario. El chico se volvió sorprendido. —¿Te gustaría aprender cantos de pájaros?
El muchacho no sabía qué pensar. Pasar la tarde oyendo aves con aquel señor no parecía un proyecto divertido.
—Será en el parque. Hace bueno y podremos subir al barco turístico. Nos dará tiempo antes de que llegue tu madre.
Eso del crucero por el río sonaba mucho mejor. Sin pensarlo, Guille aceptó encantado.
El bibliotecario sabía los horarios del barco, de modo que hicieron tiempo paseando por entre los árboles y matas del jardín. Pasaron bajo las moreras y Guille se sorprendió de ver lo hábilmente que el bibliotecario paró un balón escapado a unos chicos y con qué precisión se lo devolvió de un chut.
—¿Sabes jugar?
—En el pueblo hacemos ligas con equipos de la comarca. Soy centrocampista. ¿A ti también te gusta?
—Pues claro —Guille casi se atraganta de la obviedad. Al bibliotecario no le pasó desapercibida la perplejidad del chico por la pregunta, así que, para compensarle, musitó un ronroneo de complicidad.
—Si vienes algún día jugarás conmigo, si quieres.
—¿Qué pueblo?
—Es uno pequeño, rodeado de trigales. Ahora seguro que está todo de color dorado y se trabajará mucho en la cosecha, como tú para los exámenes.
El barco ya estaba dispuesto en la dársena. Rápidamente, Guille se colocó en la proa apoyado en una barandilla. A su alrededor se formó un coro cosmopolita que iba y venía al ritmo del zarandeo sobre el líquido. Había gente hablando en todas las lenguas imaginables, pero él, lejos de aislarse, se sintió feliz rodeado de tanta actividad y fascinación por el entorno. Las márgenes habían sido recientemente acondicionadas con zonas verdes y de paseo, por lo que la vista desde la embarcación no carecía de novedades. Algunos viandantes se volvían, mientras caminaban, al percatarse de la nave. Incluso los había, normalmente los más jóvenes y desinhibidos, que saludaban con grandes gestos. Guille lo miraba todo como si no hubiera sabido disfrutar hasta hoy de lo más fácil: el sol, la gente, el agua, los árboles...
Tras el pequeño crucero se sentaron en un banco junto a las moreras. El sol, a su izquierda, se iba acercando al horizonte y las sombras, escondidas durante el día, volvían a salir sigilosas, reptando en los rincones. El bibliotecario sacó de su mochila un libro que el chico identificó en seguida.
—Me dijo Flor que éste te llamó la atención. Y no me extraña. —Lo abrió sin fijarse en la página. —Cuando lo descubrí acababa de empezar a trabajar. Lo leí más bien por las ilustraciones. No me gustan las historias de caballeros. Pero a medida que me acercaba al final...
—¿Cuando el guerrero no tiene otra salida que matar al monstruo? —le interrumpió Guille.
—Ajá. —Ahora fue el hombre el que se interrumpió. Miró al muchacho y le tendió el volumen. Guille no deseaba mirar. No quería reencontrarse con aquel solitario caballero que trataba de buscar su salida en un último y desesperado intento.
—¿Tienes miedo de saber lo que le sucederá?
—No quiero verlo ir contra el monstruo. ¿Tú sabes cómo es esa cosa? Tiene muchas cabezas, unos dientes enormes y le sale fuego por las bocas. No lo vencerá. —El chico evitaba poner los ojos otra vez en aquel libro.
El bibliotecario lo depositó en el banco, entre los dos.
—Mañana es tu última prueba trimestral. —Y continuó al tiempo que el muchacho afirmaba con la cabeza, —cuando la acabes, échale un vistazo. Si no lo haces puede que no haya más veces. Recuerda que es un libro de la esquina famosa. Por tanto tiene su rareza. ¿Y sabes cuál es? Pues ha elegido lector y creo que eres tú. Pero no te concede todo el tiempo que necesites sino lo que él considere. Y si te retrasas, la tinta desaparecerá. Ya ha empezado, de hecho, y no parará hasta que no quede nada para leer.
Guille cogió con dudas el tomo. Tardó un poco más en abrir y cuando lo hizo fue por el medio, no por el final. Observó el trazo, las líneas angulares, los contrastes de grosor. Los caracteres no eran fáciles de seguir, pues se disponían en un estilo gótico bastante ortodoxo. Pero más allá del desafío que suponía leer tan rara letra, el problema mayor lo planteaba el escaso contraste de las palabras. Parecían haber sufrido el efecto del paso de una goma. Aunque aquel texto no iba a lápiz sino a tinta. Tuvo que empeñar la vista para leer los escurridizos trazos que hablaban de un hombre en la plenitud de sus fuerzas que se dirigía hacia un destino oscuro. Había abandonado la seguridad de la ciudad fortificada en donde gozaba de la estima del rey y la reina...
La esquina de la biblioteca 4/7
Volvió a mirar aquellos venerables volúmenes que tan evasivos resultaban a toda búsqueda informática; mudos y adustos carecían de portadas llamativas que entraran por los ojos. Una pared de oscuros lomos rotulados en oro vuelta hacia sí misma, esquiva a cualquier pretensión de amistad. De pronto, una voz tarareando una tonada de pastores sonó a su espalda. No hacía falta volverse para saber de quién se trataba.
Era esa bibliotecaria de pelo lleno de bucles que parecía siempre tan feliz. Y con un libro en la mano.
—Uy, ¿cómo tú por aquí? No me digas que también te ha engatusado la novela que no acaba nunca —yo no supe qué decirle pero ella no se tomó a mal que no contestara. Se acercó a las baldas, encogiéndose un poco para evitar algún obstáculo invisible, y dejó en el único hueco el libro que traía.
—Éste ya ha sido curado. A ver, ¿qué tal va éste?
Tras sacar otro volumen lo abrió por las páginas finales y volvió a cerrarlo toda contenta.
—¡Qué bien! El otro día lo terminé y me quedé tan triste. Pero acabo de comprobar que hoy continúa. Me lo prestaré para seguir leyendo.
Me lo pasó y lo abrí. No había nada especial. Un índice, un inicio y su final. Contaba una historia de aventuras en los mares del sur, con piratas y tesoros. En la última página, lo normal, la palabra fin. Levanté la vista hacia la mujer. No entendía qué quería decir.
—Lee las últimas frases si no te convences.
«Don Beltrán, habiendo izado velas, partió hacia el sol al atardecer. En el muelle, doña Flor forzaba, incómoda, la vista con el afán de seguirlo».
—Verás cómo mañana la historia sigue. No sé por dónde tirará pero ten por seguro que no acaba ahí.
Yo miré el libro sin mucha alegría. Leer no era algo que me llamara la atención. Ella, en cambio, estaba encantada.
—Ya veo que no te pica el gusanillo. —Tomó la novela y se la colocó bajo el brazo. —Veamos ¿qué más hay por aquí? —Su mano recorrió la fila de viejos volúmenes sin abandonar el contacto con ellos. Los palpaba como si el mero roce con la encuadernación le transmitiera idea del contenido, deteniéndose en cada uno para percibir el placer con que la obsequió en su día si ya lo leyó, o presentir el que le proporcionaría si aun no. Al paso de los dedos cada título respondía de una manera. Los había discretos, otros prorrumpían en carcajadas diríase que de cosquillas, algunos se removían molestos por aquel despertar inesperado, llegando en un solo caso al insulto. El resultado de la pesquisa fue un libro alto, de lomo desvaído y de letras capitales indistinguibles. Ella lo abrió con cierto escepticismo e inmediatamente le demudó la expresión por la sorpresa.
—Parece que ya ha empezado a hacerlo. Eso es que te eligió —le dio la vuelta y se lo enseñó.
La mujer me lo puso ante las narices. Vi un dibujo que llenaba las dos páginas con muchos colores. Era un guerrero en su armadura cargando contra un monstruo de no sé cuántas cabezas. Todas ellas con dientes enormes y pinta de estar furiosas con el caballero. Como le salían llamas habría dicho que era un dragón pero uno verdadero sólo tiene una cabeza, no ciento. Lo primero que pensé fue que era una lucha desigual. No podría vencer a aquel monstruo y, sin embargo, ahí estaba, atacándolo. Leí un poco:
«La hidragón acorralaba al valiente guerrero que debía retroceder hacia la estrecha garganta. La lanza, de vez en cuando, daba en la piel de la bestia que respondía al dolor con ataques más furiosos. La lucha seguía en tablas porque el hombre encontraba sitio a su espalda para esquivar. Se hallaba bloqueado a ambos lados por las paredes rocosas y hacia adelante solo veía las bocas dentadas de su enemigo. En un momento tuvo tiempo de mirar atrás y vio consternado que la garganta no tenía salida. Solo cabía buscarla hacia delante, pasando sobre el monstruo.»
Volví a la imagen.
Si en principio el muchacho interpretó el dibujo como la heroica carga de un campeón contra la malvada criatura, tras leer el texto cambió de idea. Solo era el desesperado e inútil esfuerzo del guerrero por sobrevivir. Observó su cara. El artista había reflejado la zozobra en su semblante.
Era esa bibliotecaria de pelo lleno de bucles que parecía siempre tan feliz. Y con un libro en la mano.
—Uy, ¿cómo tú por aquí? No me digas que también te ha engatusado la novela que no acaba nunca —yo no supe qué decirle pero ella no se tomó a mal que no contestara. Se acercó a las baldas, encogiéndose un poco para evitar algún obstáculo invisible, y dejó en el único hueco el libro que traía.
—Éste ya ha sido curado. A ver, ¿qué tal va éste?
Tras sacar otro volumen lo abrió por las páginas finales y volvió a cerrarlo toda contenta.
—¡Qué bien! El otro día lo terminé y me quedé tan triste. Pero acabo de comprobar que hoy continúa. Me lo prestaré para seguir leyendo.
Me lo pasó y lo abrí. No había nada especial. Un índice, un inicio y su final. Contaba una historia de aventuras en los mares del sur, con piratas y tesoros. En la última página, lo normal, la palabra fin. Levanté la vista hacia la mujer. No entendía qué quería decir.
—Lee las últimas frases si no te convences.
«Don Beltrán, habiendo izado velas, partió hacia el sol al atardecer. En el muelle, doña Flor forzaba, incómoda, la vista con el afán de seguirlo».
—Verás cómo mañana la historia sigue. No sé por dónde tirará pero ten por seguro que no acaba ahí.
Yo miré el libro sin mucha alegría. Leer no era algo que me llamara la atención. Ella, en cambio, estaba encantada.
—Ya veo que no te pica el gusanillo. —Tomó la novela y se la colocó bajo el brazo. —Veamos ¿qué más hay por aquí? —Su mano recorrió la fila de viejos volúmenes sin abandonar el contacto con ellos. Los palpaba como si el mero roce con la encuadernación le transmitiera idea del contenido, deteniéndose en cada uno para percibir el placer con que la obsequió en su día si ya lo leyó, o presentir el que le proporcionaría si aun no. Al paso de los dedos cada título respondía de una manera. Los había discretos, otros prorrumpían en carcajadas diríase que de cosquillas, algunos se removían molestos por aquel despertar inesperado, llegando en un solo caso al insulto. El resultado de la pesquisa fue un libro alto, de lomo desvaído y de letras capitales indistinguibles. Ella lo abrió con cierto escepticismo e inmediatamente le demudó la expresión por la sorpresa.
—Parece que ya ha empezado a hacerlo. Eso es que te eligió —le dio la vuelta y se lo enseñó.
La mujer me lo puso ante las narices. Vi un dibujo que llenaba las dos páginas con muchos colores. Era un guerrero en su armadura cargando contra un monstruo de no sé cuántas cabezas. Todas ellas con dientes enormes y pinta de estar furiosas con el caballero. Como le salían llamas habría dicho que era un dragón pero uno verdadero sólo tiene una cabeza, no ciento. Lo primero que pensé fue que era una lucha desigual. No podría vencer a aquel monstruo y, sin embargo, ahí estaba, atacándolo. Leí un poco:
«La hidragón acorralaba al valiente guerrero que debía retroceder hacia la estrecha garganta. La lanza, de vez en cuando, daba en la piel de la bestia que respondía al dolor con ataques más furiosos. La lucha seguía en tablas porque el hombre encontraba sitio a su espalda para esquivar. Se hallaba bloqueado a ambos lados por las paredes rocosas y hacia adelante solo veía las bocas dentadas de su enemigo. En un momento tuvo tiempo de mirar atrás y vio consternado que la garganta no tenía salida. Solo cabía buscarla hacia delante, pasando sobre el monstruo.»
Volví a la imagen.
Si en principio el muchacho interpretó el dibujo como la heroica carga de un campeón contra la malvada criatura, tras leer el texto cambió de idea. Solo era el desesperado e inútil esfuerzo del guerrero por sobrevivir. Observó su cara. El artista había reflejado la zozobra en su semblante.
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