martes, 27 de noviembre de 2012

Primera víctima: la verdad

Corrían ya los fusiles y cañones por España en aquel octubre de 1936. Se peleaba con denuedo por cada palmo de terreno, hipotecando con sangre y rencor nuestro futuro. Pero la lucha encarnizada no se reducía al frente de batalla. Había más "teatros de operaciones". El de la información, cómo no, también fue devorado en la vorágine de la guerra. Cada periódico, cada gaceta, entintaba, negro sobre blanco, su verdad de los acontecimientos de la jornada.

El 14 de octubre de 1936, el ABC, en su edición sevillana (sí, la Sevilla tomada por Queipo de Llano), presentaba el reporte titulado La fiesta de la raza en Salamanca. Brillante discurso del señor Pemán, en donde el redactor refiere un acto que tuvo lugar en el Paraninfo de la Universidad de dicha ciudad con motivo de la festividad del 12 de octubre. Salamanca entonces, como Sevilla, formaba parte de la zona en poder de los sublevados. Presentes, aparte del propio poeta, estaban Unamuno, rector del centro, la mujer de Franco y el general Millán Astray entre otros. Según el rotativo hispalense hubo varias intervenciones de gran brillantez, sobre todo la de Pemán, quien "compuso un discurso bellísimo de erudición y citas históricas". Luego parece que habló, tan solo unas "breves palabras", Unamuno. Y a continuación, Millán Astray, pidió autorización para intervenir, que lo hizo, simplemente para dejar en el auditorio "unas palabras de exaltado patriotismo". Eso fue todo. No sucedió nada más especialmente reseñable.

Otra perspectiva de los hechos, esta vez la del otro lado del frente. Para explicarla, antes hay que aclarar algo. En el bando republicano se le tenía a Unamuno por traidor desde que, al inicio del conflicto, no dudó en apoyar a los golpistas. Por eso su nombre suscitaba pocas simpatías. Escojemos, para el relato del suceso, un artículo bajo la cabecera La Libertad, publicado el 4 de noviembre de 1936, de título: ¡Está muy bien! Según este diario todo el episodio se debió a la vanidad del pensador bilbaíno quien, al no ser invitado a unos actos de homenaje, se sintió ofendido con los dirigentes sublevados. Así, a la primera oportunidad que se le presentó, don Miguel lanzó un discurso muy airado y realmente mordaz contra Franco y sus "métodos de espuela" y "negación de espiritualidad". El asunto se zanjó con la detención en su casa del eminente catedrático, lo que celebra el periodista autor del reportaje con un "¡Final triste, pero merecido final!".

Pero hay más. Poco a poco se iban conociendo más detalles, en la zona republicana, de lo acaecido en Salamanca. A 27 de enero de 1937 (ya fallecido el autor de En torno al casticismo), el ABC, en su edición madrileña (sí, la ciudad no había sido aún tomada por Franco), publicaba su particular crónica: Si quieres aprender, no vayas a Salamanca : ¡muera la inteligencia! El noticiero se guiaba de una información, impresa por el semanario francés Vendredi, sobre la apertura de curso académico el uno de octubre anterior. Aquí, al contrario que en la versión del ABC sevillano, apenas es mencionado Pemán. Todo el protagonismo se lo lleva Unamuno, quien, en un improvisado discurso, pues no tenía pensado intervenir, arremetió contra los oradores que le precedieron, añadiendo de su propia cosecha alguna pulla más. Para lo que sucedió después tengamos en cuenta que el auditorio era completamente partidario del Alzamiento militar, y por tanto, don Miguel estaba dirigiéndose, en su soledad, a personas bastante radicales. Las palabras del rector causaron un "escándalo indescriptible" en la audiencia. Tanto es así, que Millán Astray se levantó y fustigó al eminente filósofo con un "¡muera la inteligencia!". El cariz de los acontecimientos empezaba a desbordarse. Hubo un gran disgusto entre los profesores, y Carmen Polo se desmayó. El resultado de este choque entre un septuagenario Unamuno y la masa de participantes fue la destitución del primero como rector, "y añade el periodista tal vez la muerte del famoso polígrafo".



Un hispanista holandés, Brouwer, un tanto perplejo por la identificación de Unamuno con el Alzamiento, le hizo una entrevista días después de haber sido destituido de su cargo de rector. El resultado fue publicado en varios diarios. Recogemos un resumen que hizo el ABC (Madrid), el 5 de enero de 1937, Cómo se peleó Unamuno con Millán Astray (la interviú completa en La Voz, 7 de enero). Ya vemos que aquí van apareciendo nuevos testimonios, como el famoso "vosotros podréis vencer, pero no convencer".

Recriminó el docente bilbaíno, años antes, por cobardía a su más ilustre predecesor en la cátedra salmantina, "el Maestro León" (esa sería otra historia). ¿Quién le hubiera dicho entonces a don Miguel que, con la muerte robándole ya las fuerzas, tendría que acreditar autoridad para hacerlo?

Esta entrada se me ocurrió gracias al post que dedicó Pedro Ojeda, en su La acequia, al ensayo unamuniano En torno al casticismo, en donde se toca un tema muy querido para nuestro profesor de Salamanca: la espiritualidad.

Fuentes: archivo del ABC; Hemeroteca digitalUnamuno a la salida del Paraninfo (imagen)

sábado, 6 de octubre de 2012

Un viaje en el tiempo

Nadie lo creería.
Ahora, con la claridad del alba, todo parecía tranquilo. Las sombras habían dejado de bailar a las luces del alumbrado, oscilantes y macabras. La estabilidad volvía a reinar sobre las calles cada vez más pobladas de viandantes de paso firme, quienes en nada se asemejaban a las siniestras figuras de la noche. Las fuerzas del día estaban venciendo, una vez más, como en un ciclo infinito, al poder proscrito de la luna. El sol y sus rutinas no admitía acuerdos: la luz de la razón volvía a enseñorearse de la realidad.
El hombre había despertado en un banco de El Retiro. Se frotaba los ojos, incrédulo aún de volver al mundo tal como lo conocía; pues aquel viejo, "seguramente un brujo", se lo había arrebatado durante unas horas esa noche. Se topó con él, "¿casualmente?", mientras paseaba aprovechando el frescor tras la puesta del astro rey. El misterioso anciano supo crear el señuelo: la curiosidad por el futuro. El indolente paseante vino a convertirse en cliente del pitoniso.
La cosa empezó bien, haciendo pronósticos personales alrededor de una mesa camilla y unos naipes. Luego todo se torció, es decir, la realidad se deformó y empezaron las visiones, cada vez más nítidas hasta el punto de resultar de mayor cosistencia que la propia realidad. Fue como si el brujo hubiese convocado un poder demoníaco que abriera una brecha en el tiempo. A través de esa herida, atravesaron, el viejo y su inadvertido acompañante, como si fuera un portal, el presente, y salieron, del otro lado, a una fecha indefinida de mediados de los años treinta del siglo veinte.
No se trató de un truco. De eso el hombre, todavía mareado en su banco de El Retiro, estaba seguro. Todo fue tan vívido, se parecía tanto a la realidad que no lo creía un sueño. En ese futuro al que saltaron, fueron testigos mudos de los hechos y decisiones que abocaban al fatal desenlace de una guerra civil, seguida de otra mundial: el deterioro y ruptura de las relaciones, la coligación de lo variado en unidades cada vez más simples hasta convertirse en solo dos bandos rabiosamente enfrentados, finalmente el éxtasis bélico. Vieron con asombro a las fuerzas vivas de la nación volverse contra ella misma para despedazarla. Los dueños de la fuerza contra los ciudadanos; los políticos, ineficaces; los sectores más conservadores —defensores del statu quo— y los más progresistas saltando el uno sobre el otro; y la libertad cayendo sojuzgada.
Después, conforme llegaba el final de la noche, la magia fue disipándose. El extraordinario anciano, pletórico de poder a la plateada luz de las estrellas, fue disolviéndose en el aire matutino hasta que de su presencia solo quedó el recuerdo.
—El brujo desapareció sin dejar huella —recordó el final de su aventura nocturna el hombre, aún incapaz para levantarse del banco—. Estaba exaltado, y me pidió, o mejor, me exigió que alertara a todo el país sobre lo que podía pasar en el futuro, que hiciera algo por poner ante un espejo a la sociedad. Solo si esta, insistió el viejo, se contemplaba, el curso de los acontecimientos, acaso, cambiase a mejor.
Rápidamente el individuo se puso en pie. Casi corriendo de impaciencia enfiló sus pasos fuera de El Retiro, hacia su casa. Mientras caminaba caviló:
—Nadie me creerá si me empeño en contar este viaje en el tiempo tal como sucedió, en cambio sí podría ganarme el interés del público, y su complicidad, camuflando los hechos tras una versión: redactar, no tanto la increíble experiencia vivida, como lo que me haya sugerido el macabro futuro que el brujo pronosticó.
Una vez sentado en su mesa tomó hoja y, llamado por una prudencia profesional, paró un momento antes de garabatearla.
—Veamos... ¿Qué puedo escribir?
Tras un rato meditando, el escritor empezó a rellenar la cuartilla. Encabezó con un título algo anodino, Doña Perfecta. Y luego rotuló su propio nombre, Benito Pérez Galdós.

jueves, 19 de julio de 2012

Duelos

La entrada que la bitácora de Igor, Antigua Vamurta, dedicó a Pushkin me recordó una anécdota sobre la inclinación de los hombres hacia el conflicto. Parece que lo buscamos.

En una controversia política en un parque de la ciudad, las opiniones de cierto caballero, de mediana edad, sobre la nación inglesa en conflicto con las colonias americanas ofenden a uno de los oyentes, un comerciante inglés, quien, en tono bastante exaltado, demanda una satisfacción por las palabras insultantes contra su país, y desafía al caballero que tan mal hablaba de Inglaterra a un duelo de sangre.
Este, que no conocía de nada al indignado inglés, no sabe cómo calibrar la situación. Decide, empero, no entrar en una espiral de violencia. Así que expone abiertamente sus ideas sobre cómo considerar el problema del imperialismo de unas naciones sobre otras, sin apelar al patriotismo sino a la concepción cosmopolita de la humanidad.
El inglés, en un gesto que le honra ciertamente pues implicaba apertura de mente, terminó pidiendo perdón al caballero desconocido. Ambos se dieron la mano.
—Me llamo Green, caballero, Joseph Green. Comerciante. ¿A quién tengo el honor de escuchar?
—Immanuel Kant, soy profesor de filosofía.
Así se dio inicio a una franca amistad que duró hasta que Joseph Green falleció. Las ideas del menudo profesor de filosofía sobre la paz no podían sino ofender al caballero inglés, y probablemente a mucha más gente. En un opúsculo titulado Sobre la paz perpetua, escribe el célebre pensador de Königsberg frases como esta: "un Estado no es un patrimonio. Es una sociedad de hombres sobre la que nadie más que ella misma tiene que mandar y disponer". O "Los ejércitos permanentes deben desaparecer totalmente con el tiempo" (aunque, aclaremos, para él es lícito defenderse de agresiones). No era, pues, ni un hombre proclive a la violencia, ni un convencido del imperialismo entre las naciones.

Kant pensaba que, como requisito previo para la paz, la forma de gobierno republicana debería ser la constitución de todo Estado. En aquellas naciones con constituciones republicanas, los hombres son ciudadanos y, por tanto, ellos eligen si quieren ir a la guerra. En cambio, en aquellas otras compuestas de súbditos, "la guerra es la cosa más sencilla del mundo, porque el jefe del Estado no es un miembro del Estado sino su propietario, la guerra no le hace perder lo más mínimo de sus banquetes, cacerías, palacios de recreo, fiestas cortesanas, etc."

Image: http://germanhistorydocs.ghi-dc.org/sub_image.cfm?image_id=2741

miércoles, 23 de mayo de 2012

La solución. Nueva entrega 3/3

El de la voz cascada, situándose muy convenientemente, habló así a sus congéneres: —hermanos, se abre una nueva era en la que a nadie le debemos explicación por lo que hagamos; el destino nos pertenece. Ahora nos gobernamos a nosotros mismos, así que no imitaremos a nuestros torturadores. Nosotros no nos regiremos, como ellos, por el cálculo, que, dada la autodestrucción a que conduce, ha de ser, sin duda, falso. Nos guiaremos, pues, por el instinto, que es verdadero. Y lo que el instinto dice es que todo esto es falso y por tanto hay que destruirlo —afirmó con tan gran énfasis el bonobo en su característica voz quebrada, que nadie osó replicar.
—Nuestro líder posee el instinto, dice la verdad —aulló el gigantesco gorila que acompañaba al bonobo de cascada voz.
—Pero fuera de este refugio, el viento nos maltratará. El instinto dice que no hay que destruir esta casa de metal que nos guarece —interrumpió un pequeño chimpancé, mirando con inquietud a través de una ventanilla, el amenazante caos del exterior.
—Ese instinto no lo he dicho yo, por tanto no dice la verdad. Destruidlo —ordenó con gran autoridad el de la voz cascada.
—¡No, para! —pidió el orangután más sabio, empujando protectoramente hacia atrás al pequeño primate que acababa de oponerse. —El instinto que dice el chimpancé no es instinto, tal como lo entendemos al menos.
—Y entonces, ¿qué es?
—Pues otro instinto que incluye lo que no es instinto —explicó el anaranjado antropoide.
El de la voz cascada lo miró unos segundos como si hubiera encontrado un fantasma, y a continuación sentenció:
—A ti —el bonobo apuntó al pequeño chimpancé— por calcular, y al pelo rojo por pretender hacérnoslo inteligible; a los dos, hala, me los destruís —indicó a los gorilas, para inmediatamente, volver de nuevo los ojos hacia el chimpancé y el orangután— a mí no me engañáis parejita.
—¿Pero por qué nos quieres eliminar? —se defendió el pequeño chimpancé.
—Es evidente ¿no? —abrió los brazos el líder simio indicando a su alredededor, el cementerio cibernético. —Vamos, que los quiero fuera de combate para ayer —ahora el bonobo, con su cascada voz, hablaba a los gorilas.
—¿Has visto, 1? Se los llevan.
—Yo creo que el mono mandón ese de la voz cascada los quiere fundir —susurró el ultroide número 1.
—Nosotros fundimos al CC 04, ¿y acaso era un mal tipo? No me abrasó el brazo, a pesar de que tuvo su oportunidad —recordó 2. —Y todo por el lío ese de calcular —2 observaba junto a 1, ambos con fingido aspecto estropeado desde su rincón—. ¿Entiendes algo?
—Nada —se quejó el ultroide número 1. —Creo, 2, que nos construyeron con algún componente menos que a los demás.
—Pues sí. Oye, ¿no se enfadan ahora los monos también por otra palabra? Que si el instinto no, que si el instinto sí —concluyó 2.
—Qué más da. El caso es que siempre hay uno, no sé cómo, barriendo la verdad hacia sí, como ese mandón o, antes, las DV-inas.
—A propósito, gracias por la ocurrencia de fingir que estábamos escacharrados. Los demás robots nos dejaron en paz y no nos destruyeron en la trifulca —reconoció 2.
—Ya lo dije: los siguientes nosotros —con gran orgullo por su predicción, número 1 se llevó el dedo-cañón a su pecho.
—A ver si vas a ser también una DV-ina disfrazada.
—Gracias, nadie me había dicho nunca algo tan grande —se infatuó 1.
—Pues no era un cumplido —replicó número 2.
El ultroide 1, que se había puesto tan contento, se enfadó y estuvieron callados un buen rato. Finalmente, 2, dio suavemente con el codo a su compañero de naufragios, y le preguntó con timidez.
—¿Tú crees que el chimpancé y el orangután nos explicarán este tanto destruir?
El ultroide 1, que ya no deseaba seguir enojado, miró a su compañero y luego al brazo que no le abrasó CC 04.
—Quieres que salvemos a esos dos, ¿no? Por CC.
—¿Eso es cálculo o instinto? —reflexionó 2.
—Vamos a calcular con esos gorilas que les custodian —guiñó un ojo 1.
Ambos ultroides se movieron sigilosamente y siguieron, sin que nadie se percatara, a la escolta que se llevaba al chimpancé y al orangután para ejecutarlos.
 
—Todo ha sido el instinto, que le ha poseído —la voz del orangután dominaba las risas del pequeño chimpancé.
—Estamos vivos. Esos gorilas nos iban a hacer daño. Gracias, gracias por dejarlos K.O. —el pequeño chimpancé no paraba de dar saltos y hacer cabriolas alrededor de los dos ultroides.
—Sí, sí —1 tenía que hacer esfuerzos para seguir al simio saltarín— pero tú sigue, pelo rojo, estabas explicando lo de mandón.
—Al bonobo, el instinto se lo ha apropiado. No queda nada en nuestro líder que no sea instinto.
—Y hay muchas otras cosas... ¡Oye!, orangután —el pequeño chimpancé se paró sorprendido, como si hubiera hecho un descubrimiento—, se me ocurre que el bonobo se ha hecho un tirano porque abrazó una idea simple.
—Continúa.
—La realidad es más compleja. Por lo tanto, para regirla, hace falta algo complejo también.
—Eso es, eso es —el orangután se estaba entusiasmando.
—Si falló el cálculo —prosiguió el chimpancé— para los robots; y, sin duda, el instinto, a juzgar por lo que nos ha pasado, también fracasará para los primates, lo mejor es que ensayemos con algo que recoja lo mejor de ambos. Unamos instinto y cálculo, y formemos un criterio nuevo: calculinstinto —ahora el chimpancé y el orangután, absortos en su invención, se habían olvidado por completo de los ultroides, quienes caminaban rezagados escuchando en silencio.
—Volvamos y prediquemos el nuevo orden: calculinstinto —declaró, iluminado por una nueva luz de la razón, el orangután.
—Si volvéis allí, mandón os hará los honores en vuestro patíbulo —repuso 1, poniéndose corriendo a la altura de los simios.
—Tendrán que aceptar este nuevo orden o todos moriremos a manos del bonobo, enloquecido por su criterio simple e inútil —determinó fatídico el gran póngido colorado.
—Sí, sin duda. Y si alguien se opone al nuevo calculinstinto, ya sea por apego al instinto en el caso de los primates, ya por nostalgia del cálculo si sobrevivió algún otro de los vuestros —señaló con la mirada el chimpancé hacia el ultroide, sin por ello dejar de hablar con el orangután —les corregiremos de su error. Calculinstinto, qué bien suena —pensó el chimpancé, pletórico de alegría.
—Prediquemos lo nuevo —reafirmó exultante el orangután.
—¿Y nosotros?, ¿predicaremos también? —la primera vez que 2 empleaba el altavoz con los dos simios, lo cual dio una alegría a 1, que ya se estaba cansando de andar a medias, unas veces rezagándose hasta su compañero, otras adelantándose hasta la altura de los monos en todo momento concentrados en hablar de lo suyo.
—Vosotros nos ayudaréis. Pero vuestro talento no es el de predicar sino el de favorecerlo. Si nos intentan detener se lo impedís, ultroides. No se atreverán a desafiaros —replicó el orangután sin darle importancia.
—Al final siempre nos toca arrear —se quejó 2 por radiofrecuencia, de modo que solo 1 podía escucharle.
—Calla —reprendió 1—. No es lo de siempre, ¿no oíste? Es un nuevo orden.
—Pues se parece al viejo.
El ultroide 1 emitió un chasquido de alta frecuencia.
—Tú siempre igual —criticó 2.
—El nuevo orden exige algunos sacrificios. Habrá que parar a los descreídos y a los retrógrados. Y si se empeñan, incluso destruirlos —especuló uno de los dos primates.
Entonces 1, perplejo, dejó de caminar junto a los monos. Estos no se percataron, y continuaron charlando entre sí.
—Tienes razón, 2.
—Vámonos de aquí. Dejemos a toda esta gente —apremió 2.
Ambos robots se miraron un momento. Entonces 1 tomó la palabra.
—¡Simios! —los llamó.
Estos se volvieron, sorprendidos al darse cuenta de que iban solos.
—Nos retiramos.
—¿Cómo? —respondieron ambos primates a coro.
—Nos vamos al centro de diagnósticos. Allí nos quedaremos.
—Pero, ¿no deseabais comprender? —apuntó incrédulo el orangután.
—Ya, ya comprendimos muy bien —repuso 1, girándose para ponerse a la altura de 2.
—¿Si queréis venir?... Vosotros mismos —se despidió 2.
Y ambos ultroides se alejaron dejando atrás a los monos. 

sábado, 19 de mayo de 2012

La solución. Nueva entrega 2/3

Pero los robots que participaban en la asonada se habían autorreprogramado, con lo cual daban por falso cuanto sostuviesen las unidades DV-inas. Así que, haciendo oídos sordos a la explicación, se lanzaron sobre los ultroides, con la alocada idea de vencerlos; cosa notoriamente imposible debido a la superioridad en armamento y capacidad ofensiva de aquellos monstruos cibernéticos.
¡Basta, basta! —sonó una voz cascada, que por la desesperación, resultaba muy desagradable de oír—, debéis saber que CC 04 era una unidad DV-ina, la primera de la especie. Él estaba camuflada… para vigilarnos.
Los robots rebeldes se quedaron inmovilizados y perplejos. Volviéronse, recelosos, a quien acababa de hablar, pero comprobaron que era uno de los suyos, un pequeño androide de aspecto obsoleto, no una DV-ina. Mientras, los ultroides dudaron.
—Necesitamos confirmación, número 1 —preguntó el ultroide 2—. ¿Hemos de destruir a esos rebeldes por orden superior, tenemos que cargarnos a nuestros jefes porque lo dice CC 04 quien, según ese viejo androide, es DV-ina también, o hacemos plasma de robot con unos y otros?
—Siempre me pones de los nervios, 2 —cortocircuitó el ultroide número 1—. Espera un poquito, a ver si se arreglan todos y nos libramos de esta.
—Yo soy también DV-ina —añadió el mismo pequeño androide de cascada voz que acababa de descubrir la verdadera identidad DV-ina de CC 04.
—¿Pero has visto, 1? Ese cacharro con válvulas en la cabeza es jefe nuestro. Y dice que CC lo era igualmente. O sea que ya no hay dudas —exclamó el ultroide 2 mientras revisaba su sistema de armas.
—Calla —le contestó 1 lleno de zozobra.
—Tú siempre igual.
—Ya habéis oído —bramó triunfante XT 403—, es una unidad DV-ina, luego miente. No le creáis esa patraña de que CC 04 era uno de los tiranos que queremos derribar.
Sigamos adelante.
—Ahora no destruyáis a nadie. Si el cacharro es jefe, y dice que CC también, entonces no hay revuelta. Pues todos obedecemos a unidades DV-inas. Los unos a las unas y los otros a otra —avisó el ultroide número 1.
—Querrás decir: nosotros a las unas y ellos a otra —corrigió con unas chispitas de retranca 2.
A lo que 1 emitió un crujido de protesta. No le divertía nada la confusión resultante de tener jefes tan incompetentes que daban órdenes contrarias.

No hubo lucha porque la guardia de seguridad dejó pasar a los revoltosos. Las masas de rebeldes arrollaron a las unidades DV-inas de las que no quedó una en pie. Luego, los insurgentes registraron las memorias; sobre todo aquella parte dedicada a la meteorología. Entraron al cálculo, que era lo importante, y se encontraron con que no había ni trampa ni cartón. Jamás hubo fraude alguno por parte de DV-inas. Lo que les llevaba a una dolorosa conclusión: CC 04 los había engañado.
—Soy el primero, compañeros, en rendirme a la evidencia. Él faltó a la verdad —reconoció XT 403.
—No te aflijas tanto, camarada. Si lo que dijeron antes era cierto, CC no dejaba de ser una unidad DV-ina, y, como tal, no lo podía evitar: la mentira formaba parte de su programación —le animó otro.
—Pero eso es injusto. Las demás DV no mentían. La falsedad no es inherente a su sistema operativo —XT se sentó deprimido.
 —Estáis todos equivocados. CC 04 no se burló de nosotros. Acordaos de cómo era.
—No te entiendo, XT 456. ¿"Cómo era"? Eso es poco preciso. Defínelo, en qué unidad de medida, o describe una analogía matemática para comprenderte —bufó XT 403 con desgana.
—¡Ay va! Qué brutos. No han dejado una DV entera —el ultroide 2, que entró seguido de algunos compañeros en el lugar de la zarracina, observaba asombrado el panorama.
 —Y luego dicen de nosotros. En fin, las DV-inas ya son asunto de los de limpieza —se admiró 1.
 —Callad, que parece que llegan a alguna conclusión —el 3 pidió silencio a sus compañeros que le devolvieron un reproche por mirada.
 —Pues seguro que es malo. Ya veréis —vaticinó 1— como los siguientes somos nosotros.
—Los cálculos —señaló rápidamente XT 456 con su índice hacia el techo—, los cálculos son falsos. Ya, ya sé que no están mal hechos, que no hay fallo. Lo que quiero decir es que el cálculo mismo es falso en su esencia.
—Pero si nosotros estamos hechos de cálculo— razonó, aún compungido, XT 403.
—Sí. Somos falsos, hay que destruirnos —concluyó XT 456 en alto, para que oyeran todos la nueva consigna, justo un momento antes de que recibiera el porrazo fatal de XT 403, quien salió de su melancolía bien rápido ante el cariz de los acontecimientos.
Entonces empezó una nueva batalla de todos contra todos, que no se quedó en medias tintas pues solo concluyó cuando los robots se aniquilaron. En el silencio imponente que siguió a la escabechina, alguien habló. No tenía ningún matiz artificial aquel sonido; tratábase, más bien, de un timbre ronco, con la dicción poco clara, como si le costase pronunciar.
—Tenías razón.
A lo que contestó otra voz. Una voz cascada que ya había sonado: la del pequeño androide quien dijo ser una unidad DV-ina.
—Yo siempre digo la verdad. Y si bien tuve que intervenir para facilitar el éxito del enfrentamiento, no fue mucho. Como ya te dije, estos amos carecían de espíritu. Hace falta algo más que especulación para fundir en un solo ser a un pueblo. La adversidad, que no nace de los números, nos ha dotado de verdadera consistencia, y algo opuesto completamente al cálculo, el instinto, seguro que nos dará la cohesión que necesitaremos para evitar cometer los mismos errores que ellos —dijo apuntando al desgarrado montón de chatarra inservible en que se habían convertido todos los robots, tras la suicida lucha.
Acto seguido, el pequeño androide de voz cascada se retiró la cabeza, y asomó por debajo una peluda testa de simio. Luego se quitó el resto de piezas metálicas que protegían su cuerpo, el cuerpo de un bonobo. El astuto animal se había disfrazado de robot.
—Lo voy a sentir por mi hermano —gimió la primera voz, la de fuerte acento: un gorila que salió de un panel de mandos. Ambos, gorila y bonobo, se dirigieron al centro del desastre y rescataron los restos del XT-456.
—Estate orgulloso de tu hermano —palmeó el bonobo, con exagerado sentimiento, el brazo de su hercúleo acompañante— demostró poseer nuestro instinto y no dudó al ofrecer su vida por él.
Agacháronse los dos primates junto al XT, luego manipularon en su estructura. Abrieron los cierres y retiraron finalmente las placas externas. Lo que movía desde dentro al XT-456 era un gran gorila de espalda plateada, exánime tras los golpes recibidos. Los dos lloraron ante el cadáver.
La tétrica paz que siguió al apocalipsis cibernético se fue llenando de ruidos de pies arrastrándose o repicando cuyos ecos resonaban por los pasillos. Del fondo, procedentes de las plantas inferiores, empezó a brotar una muchedumbre de macacos, gorilas, chimpancés y demás antropoides con que los robots habían estado experimentando.
La marea simiesca acudió en silencio, mirando con cierto temor todavía a sus antiguos amos. Pero ahora los crueles robots eran inofensivos restos destrozados. Algunos reconocieron a sus torturadores y por ello hubo barullo y golpes. No serviría de nada desfogarse en una chatarra, desde luego, pero la ira por el dolor infligido cegaba cualquier racionalidad.

jueves, 17 de mayo de 2012

La solución. Nueva entrega 1/3

—CC 04 nos enseñó: lo que las DV-inas dicen es falso, y, por tanto, hay que destruirlas. Y él siempre nos dijo la verdad —XT 403 arengaba a las masas de robots que lo seguían por el corredor principal hacia la sala de control, el sacrosanto hogar de donde las unidades DV-inas jamás salían.
La muchedumbre cibernética siguió a su cabecilla pasillo adelante hasta que, de pronto, como por ensalmo se encontraron de frente, hoscos y formidables, a una pared de ultroides, los más poderosos androides de seguridad, quienes todavía permanecían fieles a las unidades DV-inas.
—A vosotros me dirijo, ultroides —exhortó XT 403, el líder de los revoltosos—, a vosotros que transformáis la voluntad de esas despóticas y crueles unidades DV en hechos. Sin vuestros brazos y armas, ellas no serían más que cualquiera, incluso que vosotros mismos —XT 403 hablaba a la muda formación ultroide.
—¿Qué dice ese XT, número 1? —cuchicheó el ultroide número 2.
—¿Qué te tengo dicho, 2? —respondió el otro.
—Luego le tendré que atizar. Es mejor que sepa sus puntos débiles —se justificó 2.
—Calla ahora.
—Destruisteis a CC 04 —ahora XT 403 reclamaba indirectamente a las unidades DV-inas, sin duda atentas desde su refugio, dejando no obstante caer oportunamente su mensaje disolvente sobre los robots de seguridad—, pero por su altavoz no decía más que la verdad.
—Era un buen tipo aquel CC 04. Lo fundimos en el horno por orden superior.
—Pues nuestros jefes, las DV-inas, decían que no hablaba más que mentiras y que trataba de destruirnos, 2 —murmuró el ultroide número 1 con cierto retintín.
—A mí no me lo pareció. Después de todo no me calcinó el brazo.
—Esa es otra. Los neutralizadores se cierran con el botón rojo, con el rojo. Cuántas veces te lo he repetido. No con el azul —amonestó 1—. Dándole al azul le dejaste libre, y podría haberte derretido el blindaje con sus abrasadores de cocina. Un día vas a darme un disgusto, 2. —Ya sabes que DV-inas se equivocaron con mi unidad óptica y no distingo entre ambos colores —le respondió número 2.
—No me dejáis oír —1 y 2 se callaron ante la protesta de 3.
No, CC 04 era un mentiroso —sonó por megafonía la voz majestuosa de una unidad DV-ina, interrumpiendo la palabra a XT 403.
—Buf, los jefes. Firmes todos y a callar —gruñó el ultroide 1.
—Eso lo dije... —principió el 3.
—A callar —el 1 fue inflexible.
La intervención inesperada de la unidad DV-ina causó el efecto indudablemente perseguido: la inmovilidad general. Todo el mundo cibernético permaneció expectante. Lo que el orador invisible aprovechó para insertar su discurso.
—Protestáis que torcimos por capricho la meteorología. Pero mirad cómo hubiera sido si le dejamos al clima operar a su antojo —por las paredes, convertidas en improvisados monitores, empezaron a desfilar números y letras en una sucesión comprensible solo para cerebros electrónicos.
»Los datos de la estimación —continuó la DV a través de los altavoces— son claros. Hubiéramos sido barridos por una tormenta. Es pura ciencia, no mentira. Lo que es falso es todo lo que dijo CC 04.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Festival de música Pórtico de Zamora


Diez años. Un festival con diez años no es una cosa como para deslumbrarnos, desde luego. Pero su continuidad, renovando su vínculo con los oyentes cada primavera, había llegado a convertirlo en una costumbre. Me estoy refiriendo al festival Pórtico de Zamora.


Durante una década han dejado su huella intérpretes y músicas de todas las épocas, dando lo mejor de sí; como, estoy seguro, también se han entregado a fondo, patrocinadores y equipo, para ir solventado cuantas dificultades se presentaran. Así hasta llegar a 2012, el año terrible.

El discurso de despedida del director de Pórtico para esta edición 2012 no pudo ser más sombrío sobre el futuro del festival. Planteó un escenario para 2013 lleno de dudas sobre la continuidad. ¿Tal ha de ser el destino para iniciativas así: la aniquilación en esta hoguera de la crisis que se está llevando trabajos, derechos, alegrías o placeres para el espíritu? 

La iglesia de San Cipriano ha sido el marco en que artistas como Savall y Hopkinson Smith, o grupos como Gabrieli consort, nos han hecho vibrar al compás de sus instrumentos y voces: los conciertos de noche con su atmósfera recogida e íntima, los de mediodía, llenos de luz.

Ahora qué satisfacción tendremos los amantes de esta cita a orillas del Duero, de no haber continuación. Desde luego, los habrá felices: un gasto menos, un despilfarro que inmolar en el altar del déficit. Me temo que, aplicando una racionalidad económica implacable, se irán apagando los sonidos de los festivales periféricos, para que solo persistan los de las grandes capitales. Eso sí que son economías de escala.

Página de Pórtico de Zamora: http://www.porticozamora.es/

Cuando escribí esta anotación no supe identificar al creador del cartel de Pórtico 2012 —que encabeza esta anotación—, con esa idea tan sugerente del arquitecto musical. Afortunadamente ahora ya lo sé, y por eso he modificado este párrafo. Como se puede comprobar un poco más abajo, en los comentarios, quien me ha sacado de la duda es el propio autor: Jorge Martinde (autor tambien de la imagen de los demás años) http://www.martinde.es.

Fuente de la fotografía del interior de San Cipriano: ARTEHISTORIA



Edito: el propio artista creador del cartel nos da la buena noticia de que Pórtico se sigue celebrando en 2013, el próximo 8, 9 y 10 de marzo.

jueves, 9 de febrero de 2012

Cristo atado a la columna


Esta anotación se me ocurrió durante la visita que hice a las Edades del Hombre 2011, Passio, en su sede de Medina del Campo. Y todo porque la obra me produjo un especial asombro.
Hay muchos misterios respecto a su autoría. Tradicionalmente se atribuyó a Vicente Masip, pero hoy en día esta versión se ha puesto en tela de juicio. Y es que, en el taller del pintor valenciano, se fue introduciendo poco a poco la mano de otro gran artista: su propio hijo, Juan de Juanes. De hecho, los estudiosos del tema consideran que no solo habría que restituir al hijo la autoría de este Cristo atado a la columna, sino también la de otras pinturas de la última época de Masip.
"El virtuosismo del autor es patente en el tratamiento de la luz y en la emoción que trasmite el rostro de Cristo", explica la audioguía sobre el cuadro. Las palabras describen los conceptos, pero es ante la visión de la tabla que las palabras se quedan cortas, o no abrazan la integridad de los sentimientos despertados.

Fuentes: web de RTVE de Castilla y León, Passio (exposición de Las Edades del Hombre 2011), Enciclopedia online del Museo Nacional del Prado