miércoles, 26 de febrero de 2014

Un recuerdo

Llegan al pueblecito francés denominado Co-
llioure. Corpus Barga, nos dice: «La carretera de
la estación de Collioure estaba en obras y un
amigo tuvo que llevar en brazos a la madre. La
viejecita, como una niña, iba diciendo: '¿Llega-
remos pronto a Sevilla?'».
Antonio Machado y los niños, de José María Garrido Lopera
 
 
 
 
Tan pocos mimbres para (no) entender la Historia.





Motivo, la reciente entrada de Pedro Ojeda: Colliure, 22 de febrero de 1939

martes, 15 de octubre de 2013

De momento, creo que esta bitácora se cierra

Lo llevo pensando desde hace unos meses. Y creo que ya no lo voy a postergar más.

Se puede decir que se ha presentado un invitado no querido: el agotamiento de la creatividad. Al principio recuerdo que se me venían a la cabeza cosas que decir y, enhebrando una con otra, lograba publicar esas hebras de imaginación. Así el blog iba avanzando poquito a poco. Pero últimamente no sucedía. Como si, desnudo, antes me moviera con total libertad, desembarazado para realizar cualquier quiebro a cada momento según me pluguiera; y, en cambio, atado por las cuerdas de la esterilidad o embutido en una rígida escafandra de tópicos, casi sin visión y sin holgura, caminara extraviado ahora. Por eso he decidido poner punto a esta aventura.

Muchas gracias a los lectores y, sobre todo, a los comentarios. La bitácora es un motor que funciona con gasolina, y la gasolina son tanto vuestras lecturas como observaciones. Realmente, la posibilidad de recibir los puntos de vista de los internautas es lo extraordinario de los blogs. No serían lo mismo sin esta característica. Y lo digo no solo como receptor de ellos, también como emisor.

Prefiero anunciar el cierre a dejar ese último capítulo de los inquisidores del Languedoc congelado en el tiempo, lo que en sí mismo daría un mensaje de continuidad impropio. Por otra parte, tampoco estaría mal concluir así, con una anotación más, un haz de luz lanzado al infinito del tiempo o lo que blogger permitiere.

Como no es exactamente una despedida, porque seguiré leyendo y participando en vuestras bitácoras, no hay casilla de comentarios esta vez.

martes, 3 de septiembre de 2013

La burocrática máquina de uniformar

Era duro que te preguntara la Inquisición.
Muy duro y una mala cosa. Querían saber todo. Qué ceremonias habías presenciado, en qué casas y cuánto tiempo habías permanecido, qué palabras exactamente pronunciaste. También deseaban conocer las creencias y el ceremonial de los conciliábulos heréticos. Y una vez lo sabían todo de ti, volvían a la carga pero para preguntarte lo mismo respecto a otros. Era muy serio porque si salía mal, podías acabar de ceniza en alguna pira.

Los testigos se mostraban colaboradores (a la fuerza ahorcan). Hablaban lo que sabían, de quien sabían. Alguno trataba de hacerse el sueco sobre las identidades de compañeros de herejía, pero tampoco podía callar totalmente. Había que dar algo al inquisidor: algún nombre, alguna dirección, algún dato. Y entonces ¡ay de aquel al que el tribunal echara la zarpa! Ese no se salvaba.

Para los pesquisidores la sensación diferiría. Aquella serie interminable de interrogatorios carecería probablemente de sorpresas. Las mismas preguntas, respuestas parecidas; los mismos métodos persuasivos, reacciones similares. Personajes de cualquier extracción social, en apariencia dispares, se comportarían de idéntica manera ante el verbo del interrogador. Total, un pelmazo. Puede que los inquisidores, en el fondo, se aburrieran terriblemente.

Aunque a veces saltaba la chispa de la vida.

  • -Pregunté a muchos hombres y mujeres, qué sé yo a cuántos y quiénes, si creían en aquel Dios que hacía el viento y la lluvia. Y a los que me respondieron que sí, que sí creían, yo les contestaba: por tanto creéis en el culo y la vulva.

          -No lo hacía por ofender a Dios, [señor inquisidor]. Era por gastar una broma.



  • -Ya que me insiste, señor, le diré que muchas veces, sí: meé en la tapia del cementerio y no menos en la pared de la iglesia. Ah, y en sus vidrieras también.

          -Porque tengo enfermedad y no me aguanto el pis.

Este singular reo pudo ir sorteando el interrogatorio con respuestas más o menos ingeniosas, pero donde le pillaron fue en un asunto de cierta importancia: reconoció (a saber cómo le forzaron a ello) haber dicho que Dios no era quien daba los bienes temporales sino que era el hombre el que se procuraba los alimentos con su trabajo.

Desconozco la suerte que corrió Gauberto de Aula de Benacio, quien respondía así (está un poco novelado, mas no desvirtuado) al dominico Ranulfo en la festividad de Todos los Santos de 1273. El Tribunal de la Fe buscaba valdenses o cátaros, o lo que fuera, en Languedoc, y los encontró, vaya que sí. Y si algunos se libraron fue como si no, porque no les quedarían ganas de diferenciarse por sus creencias. Es un poco arriesgado hacer generalizaciones, pero, en cierto modo, la Inquisición trató de uniformar la sociedad. Como una plancha. Me pregunto si hay, hoy en día, una maquinaria tan poderosa que sin violencia la iguale.

Este y otros testimonios de la implacable búsqueda están recogidos en el libro Inquisidores y herejes en el Languedoc del siglo trece.

lunes, 3 de junio de 2013

"Cada día mueren miles en el frente y yo dirijo un enorme aparato para un par de casos"


La frase que encabeza la anotación pertenece a la película, de 1957, El diablo ataca de noche: cine negro ambientado en el torbellino de la Segunda Guerra Mundial. Un policía investiga una serie de asesinatos que parecen obra de un solo individuo. Lo que pasa es que, en sus pesquisas, de pronto entra un invitado no querido: las SS. Si ya es difícil emprender una investigación criminal en tiempos de paz, en donde el agente tiene que arremangarse los brazos para meter la mano en la sentina de la sociedad, en tiempos de guerra todo se complica y se confunde. El país supedita su horizonte vital al esfuerzo bélico y la verdad queda subordinada a éste.
El personaje que pronuncia la frase que intitula estas letras se pregunta qué sentido tiene su trabajo: ¿Qué más da una pequeña muerte más detrás de las líneas, a quién le importará cuando los compatriotas están cayendo heroicamente en el frente? La respuesta más sencilla es no complicarse la vida, tratar de hacer la vista gorda. Lo tienen más fácil que en tiempo de paz, pues bajo el horror universal, quién va a reparar en uno local, minúsculo.


Unos años después de que Robert Siodmak rodara en Alemania El diablo ataca de noche, Anatole Litvak dirige La noche de los generales (1968), en donde los sospechosos son nada menos que varios generales alemanes y el abnegado policía un oficial de menor rango. Por último, quería reseñar también un tercer título, más reciente, de 2011: Silencio en la nieve. Gerardo Herrero, su director, nos cuenta otra historia detectivesca, esta vez durante la campaña de la División Azul en la Unión Soviética. En pleno frente ruso.

Los protagonistas de estas tres películas son tipos anodinos, funcionarios que se limitan a cumplir sus funciones de siempre: dar con el asesino. Pero bajo la guerra estas han cambiado, a pesar de lo cual, ellos no se adaptan. En este entorno se han alzado a la cabeza de la estructura social nuevos personajes que hacen de lo bélico razón de estado, lo que lo vuelve del revés todo, incluso la propia alta función de la policía que es perseguir a los victimarios hasta ponerlos a disposición judicial.
Claus Holm en el film de Siodmak, Omar Sharif en el de Litvak y, finalmente, Juan Diego Botto interpretan a unos investigadores que bregan contra corriente en un ambiente preñado de violencia y donde la vida tiene tan escaso valor.

Imágenes: El diablo ataca de noche, La noche de los generales, Silencio en la nieve.

domingo, 26 de mayo de 2013

"Alcohol is free"


"Vamos muy bien
borrachos como cubas"
Siniestro Total
 
El desastre económico que se ha cernido sobre Grecia es como una tormenta que los arrastra y estraga. Y ellos casi no pueden hacer nada.
 
Han navegado con el viento a favor durante años, un auténtico bálsamo. Y, claro, a lo bueno todos nos acostumbramos. Es como un dulce sueño, o una adorable embriaguez en whisky, la bebida favorita del mundo occidental que llegaba por la Vía Egnatia. Quién se va a resistir al encanto de este néctar de los nuevos dioses. Nadie, nosotros tampoco.
 
Pero tiene sus peligros. Los puntos cardinales fallan, las referencias son borrosas, el rumbo deja de ser un objetivo fijo para convertirse en una nube de indeterminación. El alcohol que nos gusta nos trastorna y ni sabemos cómo avanzar a buen puerto. El extravío es seguro.
 
Pero te acaban encontrando en ese sueño maravilloso, y, al despertar, lo que era un mar en calma resulta ser una galerna en medio de la cual estamos nosotros. Ebrios y mareados como vamos, alguien desconocido aparece de pronto y nos empieza a gritar para dirigirnos. Ya no trae whisky, sino que nos pone guardias de tráfico, alcoholímetros y semáforos en el mar embravecido.
 
Desgraciadamente nuestros conductores no nos han llevado ni nos llevan por buen rumbo. Así sucumbiremos.

 
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Fuente:
RTVE para el video
Imagen: Catedral de Burgos
Letra de la canción griega del Festival de Eurovisión 2013: Aftersounds, Wiwibloggs

lunes, 13 de mayo de 2013

Sus libros 2/2


Mapa con el curso del río Arno

Dejo sus libros y me asomo a los propios escritos del dueño de tan dispares gustos literarios. Parecen borradores, llenos de letras ribeteando los dibujos en una mezcla, a veces caótica, que acomoda asuntos totalmente distintos en una misma hoja. Observaciones sobre todo tipo de temas, desde la munitoria, al estudio de las olas; desde el mecanismo de un reloj a la elaboración de un faraónico proyecto de navegabilidad del Arno para dar salida al mar a Florencia. Desde cómo volar, a cómo practicar túneles bajo tierra. No hay barrera al talento de este hombre. No lo conozco pero seguro que es un constructor, un hacedor que opone a la naturaleza el ingenio humano. Y su herramienta principal, con la que piensa, con la que aplica el intelecto a lo que hace, es su dibujo. Cavila, no en forma discursiva, sino gráfica, como si fuera un pintor. Pero, claro, no puede ser un pintor. Si lo fuera, además de ingeniero, relojero, matemático, filósofo..., ya es que sería un genio.

Finalmente —y lo que me lleva a rechazar a este hombre—, encuentro unos textos abominables, escritos por él, en donde, en ciertos asuntos, antepone la experimentación al crédito debido a nuestros antepasados. Cómo se atreve, desde su vileza de ser humano, a atentar contra el principio de autoridad. Qué sabrá él de nada, mortal como es. ¡Bah!

Nada fructífero puede resultar de una mente que no reconoce límites. ¿Dónde iría a parar la humana condición si sus individuos creyeran que puede hacerse cualquier pregunta? En fin, espero que, en el futuro, todavía queden correligionarios míos con la clarividencia necesaria para encauzar las cosas convenientemente.
 
Fuente: exposición y catálogo de El imaginario de Leonardo. Códices Madrid de la BNE

viernes, 10 de mayo de 2013

Sus libros 1/2

La resurrección de la antigua sabiduría griega y romana [del Renacimiento], había hecho a muchos hombres demasiado confiados en su propia razón e inteligencia, que creían no tenía que ser dirigida por una autoridad superior
 
José María Pemán
 

"Cosmogrofia di Tolomeo"
No puedo evitar, cuando entro en una casa, echar un vistazo a la librería. Y si la ocasión es propicia, acercarme a mirar por menudo los anaqueles. Puede que, en este impulso, haya algo de interés egoísta por descubrir alguna obra que me venga bien o, por qué no admitirlo, también un poco de cotilleo. Y es que ellos nos ofrecen un complemento estupendo a la persona, una foto de sus intereses y formas de pensar. En definitiva, a través de ellos, los libros, se conoce mejor a su propietario.

Por eso me acerco al arcón, donde el dueño ha ordenado su biblioteca. Curioseando, cojo uno al azar y lo abro, Vida y fábulas de Esopo, una edición veneciana nada menos que del gran Aldo Manucio. Lo deposito con todo el cuidado que me merece, y escojo, a continuación, otro ejemplar, de encuadernación algo forzada por un lápiz entremetido en sus páginas. Qué mágníficas letras, grandes y claras. En el íncipit, el afamado autor, Leon Battista Alberti, presenta su tratado sobre arquitectura. Luego me entretengo con otro volumen, esta vez algo antipático de leer por su apretada composición: una Historia natural de Plinio. Por si no fuera poca tanta variedad, bajo él me topo con un Donato, que pocos aprendices de latín desconocerán y, con idéntico fin, otro libro, esta vez de Prisciano. Pero veo varios más, de matemáticas, y muy manoseados; seguro que hay en ellos alguna vinculación con el tratado de arquitectura.
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"Plissciano gramaticho"
Con tanta libertad como me permite la ausencia del dueño de los libros —de viaje en Milán en donde ya estuvo una temporada, hace diez años, hasta que depusieron a los Sforza en 1499—, voy desgranando su vida a partir de tan aparentemente dispares intereses. De las lecturas que el azar me está seleccionando, he ya deducido que se trata de algún arquitecto o ingeniero, amante del latín y la mecánica del mundo. Cosas todas apropiadas para un temperamento tranquilo que contempla la naturaleza con el gusto de la razón.

Luego, en un descuido, cae a mis pies un libro que me deja sorprendido. Al abrirlo se libera de la presa que ejercen sus páginas una nota de cuidada letra. No puedo por menos que atender a su contenido. Una especie de currículum vítae, una solicitud de trabajo. Dice en el billete el autor, ser un gran ingeniero militar capaz de infligir al enemigo toda clase de "daños y confusión" con sus soluciones prácticas, incluyendo entre estas, la construcción de unos "carros cubiertos seguros e inatacables". No sé lo que quiere decir. Luego ojeo el libro sin interés, un tratado sobre la guerra y la ingeniería militar.
De re militari

Fuente: en Sus libros 2/2