Un buen maestro es capaz de crear una representación de la realidad y del mundo en sus discípulos, de la que inevitablemente ellos participarán y formarán parte. Cierta especie de complicidad, podría decirse. Por ejemplo, en La soga, de Hitchcock, un alumno cree haberla asumido mejor que su preceptor.
El hijo de un gran señor se había vuelto malvado. Un hombre muy pobre, que le debía todo al padre de este malvado,
temiendo que el chico causase la deshonra al alto linaje al que pertenecía, decidió evitarlo. Para ello, asestó una puñalada mortal al hijo y se entregó a continuación a la policía. El hombre pobre hizo suya una comprensión del mundo, la de la protección del linaje, propia de los próceres del Antiguo Régimen (aunque puede que no de este gran señor en concreto), y la aplicó radicalmente sobre el desgraciado muchacho.
La sociedad es como una gran escuela. Y los maestros, los que marcan la que debe ser nuestra comprensión del mundo son… ¿quiénes son, si es que se da tal complicidad?
domingo, 4 de enero de 2015
viernes, 28 de noviembre de 2014
Otra de supersticiones
Que se lo pregunten a Nicolás Simon.
Cathalina Berna, llamada 'Cambrona', de una aldea francesa, hizo circular en su entorno la noticia de que había sufrido un "accidente" con Nicolás. La denuncia llegó a la justicia. Tomose declaración a los testigos, que coincidieron en la misma ocurrencia. Todos ellos dijeron haber oído al acusado confesar que el "accidente" era obra del demonio y, así mismo, como demostración del prodigio, que la mujer pariría cuatro diablos en forma de ranas (se aporta en la deposición testimonios de quienes oyeron croar en el vientre de Cathalina).
El cirujano de Cressi, Sr Dolignon, se encarga de ponernos al corriente sobre lo que siguió. El día que se puso de parto 'Cambrona', se presentaron en su casa el alcalde, el propio Sr. Dolignon, la comadrona, y curiosos. Por si acaso, se hizo suficiente acopio de agua bendita, "con la qual nos inundaron", se queja el cirujano. Le dieron un poco a la parturienta, y ahí empezó el prólogo, pues la mujer se puso a morir: estalló en alaridos y muecas que llenaron de espanto a los curiosos.
Luego, la comadrona comenzó su tarea. "Sacó una rana, y después otra". Y, claro, "las ranas, libres ya del Tártaro en que estaban detenidas, empezaron a saltar por el quarto, haciendo que saliesen de él los más tímidos". Tras el revuelo, volvió una calma tensa que permitió continuar. La comadre, bañada en agua bendita la mano, siguió haciendo el trabajo duro con todos los escalofríos que imaginarse uno pueda. Sacó otras dos ranas, la última muerta "a pesar de su naturaleza diabólica". Entonces, como accionados por un resorte, ya no hubo más ocasión para la templanza. "Huyeron de la casa" todos y quedose el Sr. Dolignon únicamente. Este pidió permiso y comprobó por sí mismo que la hechizada parturienta no tenía signos internos de haber parido niño o niña, rana, sapo o príncipe.
El proceso judicial se realizó y de él salió libre el acusado. Pero ya se había realizado otro juicio paralelo entre los aldeanos crédulos de la zona, el cual dictaminó su culpabilidad. Y Nicolás Simon tuvo que abandonar su domicilio.
Que le pregunten a él si cree en meigas. Dirá que no, que sólo cree en un gran guiñol, con alguien (para él, Cathalina Berna) tirando de los hilos, no de fibra, sino de miedo; y moviendo con ellos a las marionetas, nosotros. A ese titiritero, con los medios actuales, hoy enseguida lo descubriríamos, creo.
Bueno, siempre nos quedará un Dolignon. Él está seguro de sí mismo; ha construido una definición de superstición y funciona como un coche bien afinado que nunca le atropellará. Aunque, una vez en marcha, ese coche va solito.
Fuente: Mercurio histórico y político de febrero de 1774.
Cathalina Berna, llamada 'Cambrona', de una aldea francesa, hizo circular en su entorno la noticia de que había sufrido un "accidente" con Nicolás. La denuncia llegó a la justicia. Tomose declaración a los testigos, que coincidieron en la misma ocurrencia. Todos ellos dijeron haber oído al acusado confesar que el "accidente" era obra del demonio y, así mismo, como demostración del prodigio, que la mujer pariría cuatro diablos en forma de ranas (se aporta en la deposición testimonios de quienes oyeron croar en el vientre de Cathalina).
El cirujano de Cressi, Sr Dolignon, se encarga de ponernos al corriente sobre lo que siguió. El día que se puso de parto 'Cambrona', se presentaron en su casa el alcalde, el propio Sr. Dolignon, la comadrona, y curiosos. Por si acaso, se hizo suficiente acopio de agua bendita, "con la qual nos inundaron", se queja el cirujano. Le dieron un poco a la parturienta, y ahí empezó el prólogo, pues la mujer se puso a morir: estalló en alaridos y muecas que llenaron de espanto a los curiosos.
Luego, la comadrona comenzó su tarea. "Sacó una rana, y después otra". Y, claro, "las ranas, libres ya del Tártaro en que estaban detenidas, empezaron a saltar por el quarto, haciendo que saliesen de él los más tímidos". Tras el revuelo, volvió una calma tensa que permitió continuar. La comadre, bañada en agua bendita la mano, siguió haciendo el trabajo duro con todos los escalofríos que imaginarse uno pueda. Sacó otras dos ranas, la última muerta "a pesar de su naturaleza diabólica". Entonces, como accionados por un resorte, ya no hubo más ocasión para la templanza. "Huyeron de la casa" todos y quedose el Sr. Dolignon únicamente. Este pidió permiso y comprobó por sí mismo que la hechizada parturienta no tenía signos internos de haber parido niño o niña, rana, sapo o príncipe.
El proceso judicial se realizó y de él salió libre el acusado. Pero ya se había realizado otro juicio paralelo entre los aldeanos crédulos de la zona, el cual dictaminó su culpabilidad. Y Nicolás Simon tuvo que abandonar su domicilio.
Que le pregunten a él si cree en meigas. Dirá que no, que sólo cree en un gran guiñol, con alguien (para él, Cathalina Berna) tirando de los hilos, no de fibra, sino de miedo; y moviendo con ellos a las marionetas, nosotros. A ese titiritero, con los medios actuales, hoy enseguida lo descubriríamos, creo.
Bueno, siempre nos quedará un Dolignon. Él está seguro de sí mismo; ha construido una definición de superstición y funciona como un coche bien afinado que nunca le atropellará. Aunque, una vez en marcha, ese coche va solito.
Fuente: Mercurio histórico y político de febrero de 1774.
sábado, 1 de noviembre de 2014
Noticias
La revista Mercure historique et politique de octubre de 1736 inserta copia de unas líneas aparecidas en el Glaneur de unos años antes, refiriendo los sorprendentes hechos acaecidos en una región de Hungría.
Todo da comienzo con la muerte de un tal Arnold Paule, que fue aplastado por un carro de heno. Una serie de extraños decesos se sucedieron en los siguientes días. Alguien recordó que el bueno de Arnold fue hostigado años antes, cerca de la frontera turca, por un vampiro. Y temiendo que aquel mal se le hubiera contagiado, decidieron exhumar sus restos y los de sus presuntas víctimas. Efectivamente, el cuerpo de Arnold Paule reunía todos los signos de ser un vampiro. Sus cabellos, sus venas atiborradas de sangre. Otros ejemplos periodísticos de este jaez: el Mercure galant de 1694, que trae un reportaje sobre las stryges rusas o upierz. O Tournefort, un naturalista a caballo entre el XVII y el XVIII, quien delata a los traviesos brucolacos griegos.
Tal vez, por su tenor y número -hasta el punto de parecer una epidemia-, estas noticias debieron de sorprender en una Europa que quería emerger al Siglo de las Luces. Efectivamente la reacción de los ilustrados empezó pronto. A mediados de siglo, el benedictino Antoine Augustin Calmet (un estudioso de la Biblia metido a historiador y analista del vampirismo) -quien llama revinientes a los vampiros- ya los desacredita ("se trata de una ilusión"), si bien su esfuerzo crítico va a resultar insuficiente para otros pensadores posteriores. Y a Feijoo, en sus Cartas eruditas y curiosas, le traiciona la impaciencia por el trajín que se traen los revinientes "que van, y vienen, que salen de los sepulcros a hacer sus correrías, y se vuelven a ellos a su arbitrio..., alternando [aquí Feijoo se define muy poco receptivo] como quieren, los dos estados de muertos, y vivos".
Voltaire, hacia 1764, se indigna de que en la Europa de Shaftesbury, Locke, d'Alembert, o Diderot, todavía estemos con estas supersticiones. Su escándalo se vuelve sarcasmo: "hubo agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon [no de noche sino] a la luz del día la sangre del pueblo; pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupones no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios". Y arremete contra la propia Sorbona por haber aprobado la revisión histórica del vampirismo escrita por el mencionado Calmet.
Del mismo parecer que Voltaire es el autor de un artículo de la revista Miscelánea de comercio, política y literatura, en 1820, quien se extraña de que "las novelas y las composiciones dramáticas han hecho de moda los vampiros, que de algunos meses a esta parte son el objeto de todas las conversaciones" (bueno, por ahí andaban Polidori y su compañero Lord Byron). No le parece sino muy tibio al articulista el esfuerzo crítico del dicho Calmet, si bien le disculpa "por que la revolución que se ha efectuado después en el espíritu humano, no estaba entonces [en el tiempo de Calmet] más que comenzada".
Desde la publicación de la noticia en 1736 hasta su definitivo descrédito en esta última crónica han pasado no ya unos años, sino un mundo entero. El hombre moderno ha arrumbado las estructuras socioeconómicas y mentales del poder señorial, ha derribado los límites de sus pretéritas creencias, y ha avanzado en el camino de la independencia de juicio y de la ciencia por el método de poner en duda todas las rémoras que le obstaculizaban.
Hay muchas clases de vampirismo. Además de los propios, también están los que chupan la savia de su porvenir a la Humanidad. Habrá que estar atentos a sus intentos de irrumpir de nuevo. No sabemos qué forma adoptará la superstición, o qué definición, cuando vuelva a llamar a las puertas de nuestra Historia en el futuro.
Para la elaboración de esta anotación consulté varias páginas web. Ahora me resulta imposible enumerarlas.
Todo da comienzo con la muerte de un tal Arnold Paule, que fue aplastado por un carro de heno. Una serie de extraños decesos se sucedieron en los siguientes días. Alguien recordó que el bueno de Arnold fue hostigado años antes, cerca de la frontera turca, por un vampiro. Y temiendo que aquel mal se le hubiera contagiado, decidieron exhumar sus restos y los de sus presuntas víctimas. Efectivamente, el cuerpo de Arnold Paule reunía todos los signos de ser un vampiro. Sus cabellos, sus venas atiborradas de sangre. Otros ejemplos periodísticos de este jaez: el Mercure galant de 1694, que trae un reportaje sobre las stryges rusas o upierz. O Tournefort, un naturalista a caballo entre el XVII y el XVIII, quien delata a los traviesos brucolacos griegos.
Tal vez, por su tenor y número -hasta el punto de parecer una epidemia-, estas noticias debieron de sorprender en una Europa que quería emerger al Siglo de las Luces. Efectivamente la reacción de los ilustrados empezó pronto. A mediados de siglo, el benedictino Antoine Augustin Calmet (un estudioso de la Biblia metido a historiador y analista del vampirismo) -quien llama revinientes a los vampiros- ya los desacredita ("se trata de una ilusión"), si bien su esfuerzo crítico va a resultar insuficiente para otros pensadores posteriores. Y a Feijoo, en sus Cartas eruditas y curiosas, le traiciona la impaciencia por el trajín que se traen los revinientes "que van, y vienen, que salen de los sepulcros a hacer sus correrías, y se vuelven a ellos a su arbitrio..., alternando [aquí Feijoo se define muy poco receptivo] como quieren, los dos estados de muertos, y vivos".
Voltaire, hacia 1764, se indigna de que en la Europa de Shaftesbury, Locke, d'Alembert, o Diderot, todavía estemos con estas supersticiones. Su escándalo se vuelve sarcasmo: "hubo agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon [no de noche sino] a la luz del día la sangre del pueblo; pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupones no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios". Y arremete contra la propia Sorbona por haber aprobado la revisión histórica del vampirismo escrita por el mencionado Calmet.
Del mismo parecer que Voltaire es el autor de un artículo de la revista Miscelánea de comercio, política y literatura, en 1820, quien se extraña de que "las novelas y las composiciones dramáticas han hecho de moda los vampiros, que de algunos meses a esta parte son el objeto de todas las conversaciones" (bueno, por ahí andaban Polidori y su compañero Lord Byron). No le parece sino muy tibio al articulista el esfuerzo crítico del dicho Calmet, si bien le disculpa "por que la revolución que se ha efectuado después en el espíritu humano, no estaba entonces [en el tiempo de Calmet] más que comenzada".
Desde la publicación de la noticia en 1736 hasta su definitivo descrédito en esta última crónica han pasado no ya unos años, sino un mundo entero. El hombre moderno ha arrumbado las estructuras socioeconómicas y mentales del poder señorial, ha derribado los límites de sus pretéritas creencias, y ha avanzado en el camino de la independencia de juicio y de la ciencia por el método de poner en duda todas las rémoras que le obstaculizaban.
Hay muchas clases de vampirismo. Además de los propios, también están los que chupan la savia de su porvenir a la Humanidad. Habrá que estar atentos a sus intentos de irrumpir de nuevo. No sabemos qué forma adoptará la superstición, o qué definición, cuando vuelva a llamar a las puertas de nuestra Historia en el futuro.
Para la elaboración de esta anotación consulté varias páginas web. Ahora me resulta imposible enumerarlas.
jueves, 30 de octubre de 2014
Savall
Quedé perplejo en su día ante una película, un musical podría decirse a juzgar por el protagonismo que adquiere el arte de Orfeo en su contenido. Todas las mañanas del mundo me atrapó desde la oscura primera secuencia y me introdujo, muy bien y derechamente, hacia los iconos de la música francesa de la época que retrataba. Vaya, que si era lo que pretendían los franceses con dicho filme, conmigo tuvieron éxito, pues escucho desde entonces a estos maravillosos maestros con placer.
Ignorante en estos temas, oí que la banda sonora la había interpretado un -todavía para mí- tal Jordi Savall. Entonces, sin internet, la información corría a otro ritmo, así que llenar mi curiosidad costó mucho más tiempo de lo que me hubiera supuesto ahora. Con los años escuché más veces, y más, de este violagambista universal.
Savall fue sacando adelante una producción discográfica verdaderamente prolífica y muchas veces curiosísima. Ediciones muy cuidadas, con libros bellamente ilustrados y contenidos valiosos, fueron sucediéndose: desde la música del Nuevo Mundo al Mediterráneo, pasando por el mundo céltico. Qué digo hasta el Mediterráneo, hasta el Extremo Oriente más bien, pues hasta de allí nos trae música en su disco aniversario de Franciso Javier. Con su mujer, Montserrat Figueras, abrieron caminos con una persistencia y un ritmo de vértigo. Hesperion, la Capella Reial, nombres unidos al suyo a lo largo de décadas, han ido dejando un reguero de miguitas por el que los perdidos íbamos encontrando la senda.
Quién sabe si, con más apoyos institucionales, hubiera podido llevar a cabo empresas arriesgadas, como una integral de los más grandes, Victoria y Guerrero, pero se encontró con "tal desinterés e ignorancia" que hubo de renunciar (ahora tengo una integral de Victoria, debida a un director australiano, muy buena por cierto).
En fin, muchos discos curiosísimos y oportunos, y, claro, un lujo de ejecución.
Para mí era como una figura de leyenda, un mito, de ahí la ilusión que tenía por verlo. Y lo vi (de milagro: lleno contundente en el auditorio). Muy serio en el escenario, daba respeto; luego, concluida la actuación y con el boli en la mano, su rostro amable infundía confianza a los espectadores que acudían a él buscando la complicidad en el arte de la música con el maestro, el arte de todos.
lunes, 22 de septiembre de 2014
El coche más bello
En 1877, Nikolaus August Otto construye un motor de cuatro tiempos y registra su patente. Con ello condena al resto de fabricantes a no poder utilizar "este principio de construcción". En 1886, el Tribunal de Justicia alemán anula ciertas partes de la patente, y los demás fabricantes pueden lanzarse a construir motores de cuatro tiempos "sin restricciones".
El aspecto estético va adquiriendo importancia en el nuevo artilugio, conforme madura en un diseño propio y diferente del de los carruajes de caballos. Ya desde principios del siglo XX, va despertando el interés del mundo del arte. Así, el pintor Francis Picabia, además de llegar a tener más de cien coches, desde 1915 insertaba partes del auto en sus retratados con objeto de ayudar a definir la personalidad de estos. Walter Gropius participó directamente en el diseño de automóviles siguiendo postulados de la Bauhaus: el Adler de 1931.
En 1929 (recogido en el n. de abril de Madrid automóvil) "Dichard (sic) M. Bach, miembro del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, se dirige a la Sociedad de Ingenieros de Automóviles para decirles que «el automóvil futuro será arte y entrará a formar parte de los objetos de museo mucho antes que lo hicieron otras cosas»". El vaticinio del Sr. Bach se hizo realidad más tarde: "en 1951, el arquitecto Philip Johnson organizó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York una exposición de automóviles", con ocho modelos.
Una empresa radicada en Coventry, de nombre tan curioso, SS (Swallow Side Car and Coach Building Company), había producido motos y carrocerías desde 1922. Pero en 1931 pasó a fabricar sus propios autos. En 1936 (un reportaje de Madrid automóvil de diciembre del 35 recoge la aparición, en el salón londinense del automóvil, de un "dos litros y medio S. S.") presenta el SS100. Sin duda el modelo más bonito de la historia.
En algunas personas adultas, el de los coches, sigue siendo territorio de la infancia.
Fuente:
-De Santiago García Ochoa, “Più bello della Vittoria di Samotracia?”: aproximación al encuentro entre el automóvil y el arte, en el 18 de Anales de historia del arte de 2008 [el extraño título del artículo es una frase extraída del Manifiesto futurista de 1909, escrito por el poeta Filippo Tommaso Marinetti].
-Y, para la imagen, wikimedia.
El aspecto estético va adquiriendo importancia en el nuevo artilugio, conforme madura en un diseño propio y diferente del de los carruajes de caballos. Ya desde principios del siglo XX, va despertando el interés del mundo del arte. Así, el pintor Francis Picabia, además de llegar a tener más de cien coches, desde 1915 insertaba partes del auto en sus retratados con objeto de ayudar a definir la personalidad de estos. Walter Gropius participó directamente en el diseño de automóviles siguiendo postulados de la Bauhaus: el Adler de 1931.
En 1929 (recogido en el n. de abril de Madrid automóvil) "Dichard (sic) M. Bach, miembro del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, se dirige a la Sociedad de Ingenieros de Automóviles para decirles que «el automóvil futuro será arte y entrará a formar parte de los objetos de museo mucho antes que lo hicieron otras cosas»". El vaticinio del Sr. Bach se hizo realidad más tarde: "en 1951, el arquitecto Philip Johnson organizó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York una exposición de automóviles", con ocho modelos.
Una empresa radicada en Coventry, de nombre tan curioso, SS (Swallow Side Car and Coach Building Company), había producido motos y carrocerías desde 1922. Pero en 1931 pasó a fabricar sus propios autos. En 1936 (un reportaje de Madrid automóvil de diciembre del 35 recoge la aparición, en el salón londinense del automóvil, de un "dos litros y medio S. S.") presenta el SS100. Sin duda el modelo más bonito de la historia.
En algunas personas adultas, el de los coches, sigue siendo territorio de la infancia.
Fuente:
-De Santiago García Ochoa, “Più bello della Vittoria di Samotracia?”: aproximación al encuentro entre el automóvil y el arte, en el 18 de Anales de historia del arte de 2008 [el extraño título del artículo es una frase extraída del Manifiesto futurista de 1909, escrito por el poeta Filippo Tommaso Marinetti].
-Y, para la imagen, wikimedia.
miércoles, 20 de agosto de 2014
Todos y Euclión
[A Euclión] si le pidieras prestada el hambre, no te la daría.
La comedia de la olla
Plauto
Euclión bebe su amargura en soledad. Tiene en su posesión una fortuna. Podría, si quisiera, regalarse una vida fácil, ignorando cualquier inquietud por la falta de dinero. Sin embargo, lo que ha ganado en riquezas, no le compensa el desasosiego por temor a perderlas todas.Indudablemente, es difícil sobrellevar la pérdida: dinero, salud, amistad, amor, comodidades, ideas, creencias, autonomía, libertad, prebendas, sinecuras...
Llama la atención la cantidad de estopa que los partidos -los hasta ahora dueños y señores del parlamento-, y sus medios afines, están repartiendo sobre la nueva formación política. ¿Esta última, dentro de un tiempo, también haría igual que aquellos?
Es humano
domingo, 20 de julio de 2014
La mano de Jorge Manuel
No estaba El Greco contento con la estimación en que se les tenía a los pintores en su sociedad, así que decidió investir a uno (en nombre de todos) de los atributos más nobles. Tomó de modelo a Jorge Manuel, su hijo, al que representó con útiles de pintura. Domenico estaría ilusionado por que el chico se aplicara al noble arte del pincel, y querría hacerlo aparecer como un joven y talentoso artista. Para chasco de su ilustre progenitor, artista el vástago sí era, pero más bien en la rama de la arquitectura. La figura alargada, apuesta del muchacho, en donde se aprecia la delicadeza con que El Greco hacía su trabajo en esas manos, pura exquisitez, nos llena de satisfacción.
Hay un cuadro, La Virgen de la Caridad, que pertenece ya a la última etapa del genio. Vemos también los caracteres típicos del pintor griego. Solo hay un elemento que desentona. La mano en el pecho del personaje de la derecha (el propio Jorge Manuel). Nada que ver con la pulcritud que acabamos de ver más arriba. ¿La ejecutó El Greco o lo hizo otro, por ejemplo su propio hijo, que para esas fechas ya trabajaba en el taller de su padre?
Otro cuadro del pintor que produce enorme inquietud. No obstante, La dama del armiño (en realidad la piel que luce es de lince) es un trabajo de atribución discutida.
Saltamos de un lado a otro. Ahora no vamos a discutir la autoría del célebre artista afincado en Toledo. En el siguiente Retrato de caballero anciano, no se nos aparece, si somos tiquismiquis, un anciano, sino una persona avejentada prematuramente por los golpes y sinsabores de la vida. Contrasta con la arrogancia propia de la plenitud de fuerzas de la juventud que luce otro lienzo de El Greco: el célebre Caballero de la mano en el pecho.
Hombre con útiles de escritura y dibujo. Ese curioso gesto de la boca lo vuelve más humano. Casi parece contrariado por la molestia de tener que gastar su tiempo en posar, o tal vez el de los demás en retratarle simplemente a él.
Hay un cuadro, La Virgen de la Caridad, que pertenece ya a la última etapa del genio. Vemos también los caracteres típicos del pintor griego. Solo hay un elemento que desentona. La mano en el pecho del personaje de la derecha (el propio Jorge Manuel). Nada que ver con la pulcritud que acabamos de ver más arriba. ¿La ejecutó El Greco o lo hizo otro, por ejemplo su propio hijo, que para esas fechas ya trabajaba en el taller de su padre?
Otro cuadro del pintor que produce enorme inquietud. No obstante, La dama del armiño (en realidad la piel que luce es de lince) es un trabajo de atribución discutida.
Saltamos de un lado a otro. Ahora no vamos a discutir la autoría del célebre artista afincado en Toledo. En el siguiente Retrato de caballero anciano, no se nos aparece, si somos tiquismiquis, un anciano, sino una persona avejentada prematuramente por los golpes y sinsabores de la vida. Contrasta con la arrogancia propia de la plenitud de fuerzas de la juventud que luce otro lienzo de El Greco: el célebre Caballero de la mano en el pecho.
Qué pensaría El Greco de todo ese guirigay de la Inquisición. No está con nosotros para saberlo, pero tenemos este lienzo: El Inquisidor Niño de Guevara. La mirada acerada desde esos anteojos redondos, parece la de una máquina, un burócrata de la muerte.
Hombre con útiles de escritura y dibujo. Ese curioso gesto de la boca lo vuelve más humano. Casi parece contrariado por la molestia de tener que gastar su tiempo en posar, o tal vez el de los demás en retratarle simplemente a él.
Esos chocantes colores y esas formas que quieren perder la forma, en busca de un "discurso" artístico personal le dan un toque moderno. Por otra parte no puedo evitar creer que atribuir modernidad a un gran maestro encierra un juicio redundante.
Fuentes:
guías de la exposición sobre El Greco.
Wikipedia para Retrato de Jorge Manuel, La dama del armiño, Caballero anciano y El inquisidor Niño de Guevara,
De Wikiart para Hombre con útiles de escritura y dibujo.
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