Bueno, después de año y medio de no hollar camino y, dado que éste explica y define mejor que nada la silueta de uno, habrá que ser consecuente y echar el cierre a esta aventura.
Por supuesto, todo esto ha sido posible gracias al seguimiento de vosotros que habéis leído y comentado. Era como el alimento para seguir adelante.
Un abrazo.
domingo, 3 de junio de 2018
domingo, 22 de enero de 2017
Cascarrabias
Me siento extraño en el cine:
¿Por qué no como la cena en la sala (una cena verdadera, no unas palomitas)?
¿Los demás pensarán tan a menudo como yo: tenía que tocarme otra vez a mí?
¿Por qué miro la numeración de mi butaca?
¿Por qué me asustaría (bueno, asustarme, asustarme...) caer sobre el ardiente regazo de alguien en la promiscua oscuridad?
¿Por qué la gente no encuentra mis pies apoyados por ahí?
¿Por qué no hago el saltimbanqui en mi asiento (en pelis de acción)?
¿Por qué no hablo también en alto?
Y una curiosidad: ¿por qué no me río a destiempo?
Al final acabo por mudarme a otra butaca para no hacer más cábalas. Y es una buena idea pues ahora, escrito así en un listado, lo entiendo. Es por culpa de mis rarezas.
Y es que no voy a exigir a los demás que se acomoden a ellas. Pero, por cerrilidad, algunas veces pienso -quizá como íntima aspiración de clase paciente- "¿por qué emigro yo?" ¿Por qué ha de ser este menda el raro, y encima el prudente?, ¿por qué seguir permitiendo que extraigan de mí la diversión, quedándosela toda ellos? Entonces, en vez de ceder, me dan ganas de extrañarlos. Total, callando lo tengo todo perdido.
P.d.: Permítidme esta pataleta el resto de discretos cascarrabias.
¿Por qué no como la cena en la sala (una cena verdadera, no unas palomitas)?
¿Los demás pensarán tan a menudo como yo: tenía que tocarme otra vez a mí?
¿Por qué miro la numeración de mi butaca?
¿Por qué me asustaría (bueno, asustarme, asustarme...) caer sobre el ardiente regazo de alguien en la promiscua oscuridad?
¿Por qué la gente no encuentra mis pies apoyados por ahí?
¿Por qué no hago el saltimbanqui en mi asiento (en pelis de acción)?
¿Por qué no hablo también en alto?
Y una curiosidad: ¿por qué no me río a destiempo?
Al final acabo por mudarme a otra butaca para no hacer más cábalas. Y es una buena idea pues ahora, escrito así en un listado, lo entiendo. Es por culpa de mis rarezas.
Y es que no voy a exigir a los demás que se acomoden a ellas. Pero, por cerrilidad, algunas veces pienso -quizá como íntima aspiración de clase paciente- "¿por qué emigro yo?" ¿Por qué ha de ser este menda el raro, y encima el prudente?, ¿por qué seguir permitiendo que extraigan de mí la diversión, quedándosela toda ellos? Entonces, en vez de ceder, me dan ganas de extrañarlos. Total, callando lo tengo todo perdido.
P.d.: Permítidme esta pataleta el resto de discretos cascarrabias.
viernes, 9 de septiembre de 2016
Buitre negro
No sé si emulando a parte de los siete intrépidos samuráis de Kurosawa pero helos en la foto -con pinta de "yo pasaba por ahí y..."- plantando cara al destino. El de en medio podría ser Takashi Shimura y el de la derecha, algo más desarregladillo, Toshiro Mifune.
Estos cinco magníficos (¡ejem!, el quinto no sale en la foto) han sido elegidos para reintroducir el buitre negro, especie vulnerable, en la Sierra de la Demanda. Van a ser los primeros. Luego, a lo largo de varios años, irán liberando más ejemplares que aseguren y fijen la población. La idea es crear un área de cría que sirva de "puente" entre el hábitat tradicional del centro y sur peninsular y el más reciente del Pirineo catalán.
La organización GREFA (Grupo de Rehabilitación de la Fauna Autóctona y su Hábitat) se ha encargado del proceso. Largo proceso que durará años, como dije. Ya ha participado en la creación de la colonia pirenaica en donde han introducido sesenta buitres negros durante los últimos diez años.
El pueblo de Huerta de Arriba, en donde se están aclimatando los cinco pioneros, ya se ha encargado de bautizarlos y todo. Una de las dos hembras lleva el nombre de Anabia, el rico fruto azul de bosque. Esperemos ver sus cuadradotas siluetas planeando, con sus primos los leonados, por los cielos de Demanda.
Fuente: GREFA
domingo, 31 de julio de 2016
No olvidar
No hay país que pertenezca a un solo hombre.
Qué poco hemos cambiado desde los albores de la civilización: siempre desconfiados hacia toda autocracia. Y cuánto nos ha costado -cuántas vidas y padecimientos- dejar atrás las tiranías, dictaduras, despotismos, y demás ralea (algo que conviene no olvidar). Por eso, ayer y hoy, la reflexión política que escribió hace dos mil quinientos años Sófocles, en Antígona, no ha perdido vigor. Y que nunca lo haga, pues renueva nuestro compromiso con lo que hemos alcanzado, y lo que habría de ser en todo el orbe, definiendo una referencia contra cantos de sirena, o falsos ídolos de barro, a lo largo de la historia.
Ah, y gracias al grupo de teatro La Bicicleta por traernos al autor griego.
Qué poco hemos cambiado desde los albores de la civilización: siempre desconfiados hacia toda autocracia. Y cuánto nos ha costado -cuántas vidas y padecimientos- dejar atrás las tiranías, dictaduras, despotismos, y demás ralea (algo que conviene no olvidar). Por eso, ayer y hoy, la reflexión política que escribió hace dos mil quinientos años Sófocles, en Antígona, no ha perdido vigor. Y que nunca lo haga, pues renueva nuestro compromiso con lo que hemos alcanzado, y lo que habría de ser en todo el orbe, definiendo una referencia contra cantos de sirena, o falsos ídolos de barro, a lo largo de la historia.
Ah, y gracias al grupo de teatro La Bicicleta por traernos al autor griego.
lunes, 14 de diciembre de 2015
A ver...
Se dice que Murillo pintaba los niños como nadie. Pero no se trataba de pintar por pintar la esencia de la infancia.
En este lienzo se me fueron los ojos ante la definición misma, en imagen, de la curiosidad (a ver...). Para hacer esto no basta con imitar. Uno tiene que sentir en cierto modo como un niño, que es todo ojos y ansia por descubrir. Y qué busca. Seguramente que le quieran, seguramente espera que aquel, a quien está mirando, le tome en brazos con el mismo amor que su plena de confianza madre. Tal vez esta representación tenga muy poco de anecdótica.
Ese juego de miradas lo vuelvo a encontrar en otra imagen del pintor sevillano. Más cuadros tratan la misma o parecida escena pero no hallo, como en éste, esa complicidad entre ambos personajes. Casi no hace falta lo de la esfera que está pisando el del cíngulo.
En este lienzo se me fueron los ojos ante la definición misma, en imagen, de la curiosidad (a ver...). Para hacer esto no basta con imitar. Uno tiene que sentir en cierto modo como un niño, que es todo ojos y ansia por descubrir. Y qué busca. Seguramente que le quieran, seguramente espera que aquel, a quien está mirando, le tome en brazos con el mismo amor que su plena de confianza madre. Tal vez esta representación tenga muy poco de anecdótica.
![]() |
| Virgen de la servilleta |
Ese juego de miradas lo vuelvo a encontrar en otra imagen del pintor sevillano. Más cuadros tratan la misma o parecida escena pero no hallo, como en éste, esa complicidad entre ambos personajes. Casi no hace falta lo de la esfera que está pisando el del cíngulo.
| San Francisco abrazando a Cristo en la cruz |
Comentarios basados en : la guía del Museo de Bellas Artes de Sevilla
jueves, 1 de octubre de 2015
Ridículo
Una mañana, tras levantarme de la cama, abrí el armario. Enfrente apareció, como siempre, la ropa que tenía, la que uso para salir a la calle, para relacionarme con la gente. Entonces noté el mareo.
Después de entonces ya no fui el mismo. Al principio no le di importancia pues, aunque instalada dentro de mí, aquella presencia no pasaba de discreta. Pero después dio un cambio para convertirse en esta extraña insistencia que va dominándome, si no lo ha hecho completamente ya.
Su forma de actuar no consiste en dolor, ni en fiebre, tampoco me ha traído ningún mal como podrían haber sido desmayos, o incluso ictus cerebrales, embolias. No, nada de eso. Lo que está acabando con mi voluntad es un síndrome más bien moral que físico. Se trata de un murmullo censurador, una porfía en mi conciencia, un eco íntimo que se ha ido elevando hasta crear un pandemónium de protesta, últimamente tan ensordecedor como para no dejarme pensar con racionalidad. Ese runrún se ríe de todo cuanto hablo. No hay piedad.
Qué espanto. Es muy difícil mantener la ecuanimidad cuando mi propio juicio está continuamente burlándose de mis palabras. Si hasta se me suben los colores a la cara al decir algo. Por supuesto, cuando este mal se volvió insufrible hube de ceder: empecé a callar. Mis silencios se hicieron cada vez más ostentosos, como si también fuesen parte de mi discurso. Lo cual no fue ignorado por esta "cosa" crítica que me atormenta, e igualmente terminó dedicándose a ridiculizarlos. Ni hablar, ni callar podía, sin incurrir en el sonrojo. Decidí desaparecer ante los hombres.
Ahora languidezco en un retiro completo evitando cualquier contacto con la gente: el día es la noche, los lugares más solitarios mis amigos, incluso ni en las redes sociales entro por si perciben mi presencia. Paso por la vida en el mayor de los sigilos... Pero incluso este aislamiento, este acto sublime de sacrificio también es objeto de ridiculización como el resto.
¿Es que todos mis afanes van a resultar inútiles?
No encuentro otra solución: he de continuar huyendo. Escapar hacia una dimensión más aislada. En algún punto allí delante, en algún horizonte de soledad que aún no vislumbro, este ridículo perseguidor se volverá cero. Tiene que ser así. De lo contrario cómo va a tener sentido la continua carrera hacia el destierro en que he convertido a mi ser.
Después de entonces ya no fui el mismo. Al principio no le di importancia pues, aunque instalada dentro de mí, aquella presencia no pasaba de discreta. Pero después dio un cambio para convertirse en esta extraña insistencia que va dominándome, si no lo ha hecho completamente ya.
Su forma de actuar no consiste en dolor, ni en fiebre, tampoco me ha traído ningún mal como podrían haber sido desmayos, o incluso ictus cerebrales, embolias. No, nada de eso. Lo que está acabando con mi voluntad es un síndrome más bien moral que físico. Se trata de un murmullo censurador, una porfía en mi conciencia, un eco íntimo que se ha ido elevando hasta crear un pandemónium de protesta, últimamente tan ensordecedor como para no dejarme pensar con racionalidad. Ese runrún se ríe de todo cuanto hablo. No hay piedad.
Qué espanto. Es muy difícil mantener la ecuanimidad cuando mi propio juicio está continuamente burlándose de mis palabras. Si hasta se me suben los colores a la cara al decir algo. Por supuesto, cuando este mal se volvió insufrible hube de ceder: empecé a callar. Mis silencios se hicieron cada vez más ostentosos, como si también fuesen parte de mi discurso. Lo cual no fue ignorado por esta "cosa" crítica que me atormenta, e igualmente terminó dedicándose a ridiculizarlos. Ni hablar, ni callar podía, sin incurrir en el sonrojo. Decidí desaparecer ante los hombres.
Ahora languidezco en un retiro completo evitando cualquier contacto con la gente: el día es la noche, los lugares más solitarios mis amigos, incluso ni en las redes sociales entro por si perciben mi presencia. Paso por la vida en el mayor de los sigilos... Pero incluso este aislamiento, este acto sublime de sacrificio también es objeto de ridiculización como el resto.
¿Es que todos mis afanes van a resultar inútiles?
No encuentro otra solución: he de continuar huyendo. Escapar hacia una dimensión más aislada. En algún punto allí delante, en algún horizonte de soledad que aún no vislumbro, este ridículo perseguidor se volverá cero. Tiene que ser así. De lo contrario cómo va a tener sentido la continua carrera hacia el destierro en que he convertido a mi ser.
jueves, 23 de abril de 2015
"TENGO PARA MÍ QUE SE RIERA"
Como si un fantasma hubiera cruzado el aire, se quedaron todos. Los manteadores cesaron su ejercicio; el caballero, allende los muros de la posada, sujetó en su cabeza la celada (o algo así) que el susto despeñó; los pájaros callaron, hasta la chicharra lo hizo también; pero el manteado, descuidada la inmovilidad general de él, cayó sobre las costillas en la mayor indiferencia.
--¿Has sido tú? --uno de los revoltosos manteadores preguntó al rechoncho manteado.
--¡Qué decís! --se quejó éste llevándose las manos a la parte dolorida.
--Sancho, amigo. ¿Has hablado de reír? --vino la voz del caballero desde fuera de la posada.
--Pues todos preocupados por mi boca, y nadie de mi espalda que está en puro grito --el manteado se levantó malamente, y palpó el costillar por si encontraba algún engranaje fuera de su sitio.
Los manteadores, recuperándose del sobresalto, no habían agotado todavía el cuerpo para la acción. Airados, preguntaron a cuantos vieron a su alrededor que si alguno había dicho aquel "tengo para mí que se riera". Recibiendo la callada por respuesta, creyeron entender alguna broma de un oculto gracioso, así que de las preguntas se pasaron pronto a las amenazas.
El caballero de fuera se encaramó sobre la bestia que montaba para mirar sobre los muros.
--Aquí en el patio de esta posada, que creí castillo, no veo más que a un montón de gente sin seso. Parecen títeres movidos por su apetito, un marasmo de masa sin forma ni intención. De estos no puede proceder aquella estentórea voz que bajó del cielo, estoy seguro --exclamó el caballero con la afilada cara sobre las bardas.
--¡Ay!, señor --vino enderezándose el miserable manteado hacia el caballero que escrutaba sobre el muro--. Que no crea que perdí hilo aunque casi me pierden el alma estos revoltosos, que también yo oí algo. Mas del cielo no, que anduve cerca y más autoridad tendré para sentenciar. Para mí que subió del suelo, y solo del diablo pudo venir por tanto.
Los manteadores daban palos de ciego por la posada. Muy sañudos, seguían preguntando por el bromista que había interrumpido su diversión, mas nada conseguían dilucidar. Hasta que uno se dio cuenta de la cara que asomaba sobre el muro (la del caballero que hablaba con el manteado Sancho).
--Ese, ese ha sido. Vamos a por él.
En tan apurado momento, el tiempo se congeló. Los revoltosos, el caballero, Sancho, la propia posada, todo pasó a la oscuridad.
--No daréis vuestro brazo a torcer, ¿verdad?, gente sin juicio --tronó la voz del caballero--. Habéis puesto por guía a vuestro instinto, olvidando el don de la inteligencia. En no entendiendo, arremetéis porque sí, cuando tocaría comprender o intentarlo al menos. Extraño es el suceso, pero empiezo a pensar que de vuestro extravío nos ha venido esta mudanza de la luz.
--Alguien pagará-- bramaron los aludidos.
--Eso, que alguien pague --el posadero esperanzado intervino.
--¿Pagar? Aquí pagamos todos, pues vamos en la misma nave. Quietos ya, os digo, y sosegaos --el caballero fue obedecido de los revoltosos.
--Ahora --continuó éste a sus ahora dóciles oyentes-- volved a tomar el instrumento de vuestra diversión, la dichosa manta. Sancho, hijo, no creas que no sufro pidiéndote que vuelvas al patíbulo de donde acabas de salir. Parece que todo se torció cuando la voz vino de arriba (de abajo, señor..., bien, como digas) y los jaraneros pusieron pausa al juego cruel que se traían. Así que volvamos a ese principio y hagamos nuestro papel según sepamos.
--Señor --habló débilmente el bueno de Sancho-- que por lo que me huelo, al final, los inocentes pagamos siempre. Sobre nuestras espaldas cae el peso de volver a poner discreción en el mundo.
Sancho, con resignada dignidad, acomodose tumbado en la manta, los manteadores agarraron los extremos del lienzo y, a continuación, tiraron. Nada más salir proyectado al aire la infeliz víctima, volvieron la luz y el ruido y el mundo vino otra vez a su ser. Entonces el caballero se bajó del muro, separose de él y se quedó observando a su escudero aparecer y desaparecer en el aire.
--¿Has sido tú? --uno de los revoltosos manteadores preguntó al rechoncho manteado.
--¡Qué decís! --se quejó éste llevándose las manos a la parte dolorida.
--Sancho, amigo. ¿Has hablado de reír? --vino la voz del caballero desde fuera de la posada.
--Pues todos preocupados por mi boca, y nadie de mi espalda que está en puro grito --el manteado se levantó malamente, y palpó el costillar por si encontraba algún engranaje fuera de su sitio.
Los manteadores, recuperándose del sobresalto, no habían agotado todavía el cuerpo para la acción. Airados, preguntaron a cuantos vieron a su alrededor que si alguno había dicho aquel "tengo para mí que se riera". Recibiendo la callada por respuesta, creyeron entender alguna broma de un oculto gracioso, así que de las preguntas se pasaron pronto a las amenazas.
El caballero de fuera se encaramó sobre la bestia que montaba para mirar sobre los muros.
--Aquí en el patio de esta posada, que creí castillo, no veo más que a un montón de gente sin seso. Parecen títeres movidos por su apetito, un marasmo de masa sin forma ni intención. De estos no puede proceder aquella estentórea voz que bajó del cielo, estoy seguro --exclamó el caballero con la afilada cara sobre las bardas.
--¡Ay!, señor --vino enderezándose el miserable manteado hacia el caballero que escrutaba sobre el muro--. Que no crea que perdí hilo aunque casi me pierden el alma estos revoltosos, que también yo oí algo. Mas del cielo no, que anduve cerca y más autoridad tendré para sentenciar. Para mí que subió del suelo, y solo del diablo pudo venir por tanto.
Los manteadores daban palos de ciego por la posada. Muy sañudos, seguían preguntando por el bromista que había interrumpido su diversión, mas nada conseguían dilucidar. Hasta que uno se dio cuenta de la cara que asomaba sobre el muro (la del caballero que hablaba con el manteado Sancho).
--Ese, ese ha sido. Vamos a por él.
En tan apurado momento, el tiempo se congeló. Los revoltosos, el caballero, Sancho, la propia posada, todo pasó a la oscuridad.
--No daréis vuestro brazo a torcer, ¿verdad?, gente sin juicio --tronó la voz del caballero--. Habéis puesto por guía a vuestro instinto, olvidando el don de la inteligencia. En no entendiendo, arremetéis porque sí, cuando tocaría comprender o intentarlo al menos. Extraño es el suceso, pero empiezo a pensar que de vuestro extravío nos ha venido esta mudanza de la luz.
--Alguien pagará-- bramaron los aludidos.
--Eso, que alguien pague --el posadero esperanzado intervino.
--¿Pagar? Aquí pagamos todos, pues vamos en la misma nave. Quietos ya, os digo, y sosegaos --el caballero fue obedecido de los revoltosos.
--Ahora --continuó éste a sus ahora dóciles oyentes-- volved a tomar el instrumento de vuestra diversión, la dichosa manta. Sancho, hijo, no creas que no sufro pidiéndote que vuelvas al patíbulo de donde acabas de salir. Parece que todo se torció cuando la voz vino de arriba (de abajo, señor..., bien, como digas) y los jaraneros pusieron pausa al juego cruel que se traían. Así que volvamos a ese principio y hagamos nuestro papel según sepamos.
--Señor --habló débilmente el bueno de Sancho-- que por lo que me huelo, al final, los inocentes pagamos siempre. Sobre nuestras espaldas cae el peso de volver a poner discreción en el mundo.
Sancho, con resignada dignidad, acomodose tumbado en la manta, los manteadores agarraron los extremos del lienzo y, a continuación, tiraron. Nada más salir proyectado al aire la infeliz víctima, volvieron la luz y el ruido y el mundo vino otra vez a su ser. Entonces el caballero se bajó del muro, separose de él y se quedó observando a su escudero aparecer y desaparecer en el aire.
jueves, 19 de febrero de 2015
Alumnos 2
Ahora, por la película, está de moda Alan Turing; y algún libro de él terminó cayendo en mis manos, en este caso, Alan Turing: el pionero de la era de la información, de Copeland. No escribo desde ningún ámbito de conocimiento mediato o inmediato a la ciencia del biografiado, en absoluto. Pero me llamaba la atención su peripecia personal.
En un capítulo, el texto recoge algunos fragmentos de una discusión, en clase, entre Turing y uno de sus profesores en Cambridge, Wittgenstein. La cosa iba como sigue:
Este grito, este "NO" (en mayúsculas en el original) del maestro, al escuchar a su alumno reducir alegremente los fundamentos matemáticos a mero sentido común, es un lastimoso quejido lleno de frustración. No sabemos si el alumno abrigaba alguna intención de cazar al profesor, pero era curioso ver el denuedo con que Turing se empleaba sin descanso, haciendo uso de toda clase de argumentos y, claro, triquiñuelas.
La de profesor-alumno es una relación difícil. Puede que, a veces, la complicidad arrastre a los discentes tras la propuesta del maestro. Pero en otras ocasiones es todo lo contrario. Predomina el enfrentamiento a cara de perro. Sin embargo, ahora que lo pienso y siempre dependiendo de la "calidad" de dicho enfrentamiento, hay en él un cierto rasgo positivo: no se puede negar la implicación del alumno. Pero si ésta falta, si se impone la indiferencia, ¿qué sucede? Un escenario, sin duda, más plácido, ¿y también más feliz?
-------------------------------------------------------------------------------
--Pero, al final, el puente cae o no.
--Brrrrrrrrrrrr.
En un capítulo, el texto recoge algunos fragmentos de una discusión, en clase, entre Turing y uno de sus profesores en Cambridge, Wittgenstein. La cosa iba como sigue:
Varias veces surgió, en el curso de las disertaciones, el tema del peligro por las contradicciones en matemáticas. «Wittgenstein sugirió que existían contradicciones en matemáticas que no tenían por qué ser tan dañinas. A lo que Turing inmediatamente contestó: "no, si el verdadero daño no aparecerá a menos que exista una aplicación, en tal caso puede que se caiga un puente o algo por el estilo"».
Otro libro (Clases sobre fundamentos de matemáticas de Wittgenstein) añade más fragmentos de esta disputa.
Wittgenstein (en plan él mismo): La cuestión no es si la contradicción tendría que afectar a algo, sino cómo usar el resultado obtenido de ella.
Turing (erre que erre): Con las reglas que uno usa en lógica, si uno incurre en contradicciones, entonces se meterá en algún problema, por ejemplo que el puente se caiga.
Wittgenstein: Nadie se mete en un problema por una contradicción en lógica. No es como decir [y aquí Wittgenstein se puso estupendo]: estoy seguro de que ese chico será atropellado; nunca mira antes de cruzar.
Turing (se lo sirvió en bandeja el otro): Pareces querer decir que si uno usa un poco de sentido común, no se meterá en ningún problema [¿hubo risitas?].
Wittgenstein (¿qué?, ¿he oído bien?): No, eso NO es lo que quiero decir, en absoluto.
Este grito, este "NO" (en mayúsculas en el original) del maestro, al escuchar a su alumno reducir alegremente los fundamentos matemáticos a mero sentido común, es un lastimoso quejido lleno de frustración. No sabemos si el alumno abrigaba alguna intención de cazar al profesor, pero era curioso ver el denuedo con que Turing se empleaba sin descanso, haciendo uso de toda clase de argumentos y, claro, triquiñuelas.
La de profesor-alumno es una relación difícil. Puede que, a veces, la complicidad arrastre a los discentes tras la propuesta del maestro. Pero en otras ocasiones es todo lo contrario. Predomina el enfrentamiento a cara de perro. Sin embargo, ahora que lo pienso y siempre dependiendo de la "calidad" de dicho enfrentamiento, hay en él un cierto rasgo positivo: no se puede negar la implicación del alumno. Pero si ésta falta, si se impone la indiferencia, ¿qué sucede? Un escenario, sin duda, más plácido, ¿y también más feliz?
-------------------------------------------------------------------------------
--Pero, al final, el puente cae o no.
--Brrrrrrrrrrrr.
viernes, 23 de enero de 2015
El árbol solo
Si es que no se le puede negar a la encina (o sabina, que no lo sé) su mérito, cabalgando entre los dos extremos de la balanza del año. Uno diría que, de hacerse a un solsticio y luego al otro durante tanto tiempo, al final, los rigores deberían pasar factura. Pero, a ella, no. Mientras le dejen una partecita donde respirar, estos gajes del oficio solo le hacen cosquillas.No me imagino un árbol que decidiera dejarse, no resistir. Y tienen argumentos. No pueden huir, no pueden escapar; y detrás de qué escudo encontrarán protección si impactará, directa en su piel al desnudo, cualquier amenaza, a la que, además, harán frente de pie, no encogidos para reducir el blanco. Los árboles son criaturas excepcionales y valerosas.
En invierno, además, produce una impresión extraña ver las fotos de árboles, desnudos de hojas. Con sus ramas desprovistas de frondas, parecen seres famélicos elevando las manos huesudas en actitud de implorar al cielo. Qué van a pedir, mudos testigos, pero sujetos pacientes. ¿Será mi imaginación la que les confiere sentimientos e inteligencia animal? No puedo olvidar, sin embargo, a aquel agricultor explicando en la radio que los olivos saben cuidarse si un año vienen mal dadas. De alguna manera les reconocía una rara inteligencia para planear con prudencia los excesos.
Aunque el paisaje que se ve no es exactamente de la última nevada, ésta dejó así de pintado el campo. Con semejante manta de agua espolvoreada, el día fue distinto. Ya desde la propia pisada hipotética por las aceras, la cosa cambiaba. Todo, sin embargo, fue fugaz, pues no dejamos de vivir en unas latitudes que no permiten -y menos con el calentamiento del que nos hablan- sostener mucho tiempo esta paleta de colores.
domingo, 4 de enero de 2015
Alumnos
Un buen maestro es capaz de crear una representación de la realidad y del mundo en sus discípulos, de la que inevitablemente ellos participarán y formarán parte. Cierta especie de complicidad, podría decirse. Por ejemplo, en La soga, de Hitchcock, un alumno cree haberla asumido mejor que su preceptor.
El hijo de un gran señor se había vuelto malvado. Un hombre muy pobre, que le debía todo al padre de este malvado, temiendo que el chico causase la deshonra al alto linaje al que pertenecía, decidió evitarlo. Para ello, asestó una puñalada mortal al hijo y se entregó a continuación a la policía. El hombre pobre hizo suya una comprensión del mundo, la de la protección del linaje, propia de los próceres del Antiguo Régimen (aunque puede que no de este gran señor en concreto), y la aplicó radicalmente sobre el desgraciado muchacho.
La sociedad es como una gran escuela. Y los maestros, los que marcan la que debe ser nuestra comprensión del mundo son… ¿quiénes son, si es que se da tal complicidad?
El hijo de un gran señor se había vuelto malvado. Un hombre muy pobre, que le debía todo al padre de este malvado, temiendo que el chico causase la deshonra al alto linaje al que pertenecía, decidió evitarlo. Para ello, asestó una puñalada mortal al hijo y se entregó a continuación a la policía. El hombre pobre hizo suya una comprensión del mundo, la de la protección del linaje, propia de los próceres del Antiguo Régimen (aunque puede que no de este gran señor en concreto), y la aplicó radicalmente sobre el desgraciado muchacho.
La sociedad es como una gran escuela. Y los maestros, los que marcan la que debe ser nuestra comprensión del mundo son… ¿quiénes son, si es que se da tal complicidad?
viernes, 28 de noviembre de 2014
Otra de supersticiones
Que se lo pregunten a Nicolás Simon.
Cathalina Berna, llamada 'Cambrona', de una aldea francesa, hizo circular en su entorno la noticia de que había sufrido un "accidente" con Nicolás. La denuncia llegó a la justicia. Tomose declaración a los testigos, que coincidieron en la misma ocurrencia. Todos ellos dijeron haber oído al acusado confesar que el "accidente" era obra del demonio y, así mismo, como demostración del prodigio, que la mujer pariría cuatro diablos en forma de ranas (se aporta en la deposición testimonios de quienes oyeron croar en el vientre de Cathalina).
El cirujano de Cressi, Sr Dolignon, se encarga de ponernos al corriente sobre lo que siguió. El día que se puso de parto 'Cambrona', se presentaron en su casa el alcalde, el propio Sr. Dolignon, la comadrona, y curiosos. Por si acaso, se hizo suficiente acopio de agua bendita, "con la qual nos inundaron", se queja el cirujano. Le dieron un poco a la parturienta, y ahí empezó el prólogo, pues la mujer se puso a morir: estalló en alaridos y muecas que llenaron de espanto a los curiosos.
Luego, la comadrona comenzó su tarea. "Sacó una rana, y después otra". Y, claro, "las ranas, libres ya del Tártaro en que estaban detenidas, empezaron a saltar por el quarto, haciendo que saliesen de él los más tímidos". Tras el revuelo, volvió una calma tensa que permitió continuar. La comadre, bañada en agua bendita la mano, siguió haciendo el trabajo duro con todos los escalofríos que imaginarse uno pueda. Sacó otras dos ranas, la última muerta "a pesar de su naturaleza diabólica". Entonces, como accionados por un resorte, ya no hubo más ocasión para la templanza. "Huyeron de la casa" todos y quedose el Sr. Dolignon únicamente. Este pidió permiso y comprobó por sí mismo que la hechizada parturienta no tenía signos internos de haber parido niño o niña, rana, sapo o príncipe.
El proceso judicial se realizó y de él salió libre el acusado. Pero ya se había realizado otro juicio paralelo entre los aldeanos crédulos de la zona, el cual dictaminó su culpabilidad. Y Nicolás Simon tuvo que abandonar su domicilio.
Que le pregunten a él si cree en meigas. Dirá que no, que sólo cree en un gran guiñol, con alguien (para él, Cathalina Berna) tirando de los hilos, no de fibra, sino de miedo; y moviendo con ellos a las marionetas, nosotros. A ese titiritero, con los medios actuales, hoy enseguida lo descubriríamos, creo.
Bueno, siempre nos quedará un Dolignon. Él está seguro de sí mismo; ha construido una definición de superstición y funciona como un coche bien afinado que nunca le atropellará. Aunque, una vez en marcha, ese coche va solito.
Fuente: Mercurio histórico y político de febrero de 1774.
Cathalina Berna, llamada 'Cambrona', de una aldea francesa, hizo circular en su entorno la noticia de que había sufrido un "accidente" con Nicolás. La denuncia llegó a la justicia. Tomose declaración a los testigos, que coincidieron en la misma ocurrencia. Todos ellos dijeron haber oído al acusado confesar que el "accidente" era obra del demonio y, así mismo, como demostración del prodigio, que la mujer pariría cuatro diablos en forma de ranas (se aporta en la deposición testimonios de quienes oyeron croar en el vientre de Cathalina).
El cirujano de Cressi, Sr Dolignon, se encarga de ponernos al corriente sobre lo que siguió. El día que se puso de parto 'Cambrona', se presentaron en su casa el alcalde, el propio Sr. Dolignon, la comadrona, y curiosos. Por si acaso, se hizo suficiente acopio de agua bendita, "con la qual nos inundaron", se queja el cirujano. Le dieron un poco a la parturienta, y ahí empezó el prólogo, pues la mujer se puso a morir: estalló en alaridos y muecas que llenaron de espanto a los curiosos.
Luego, la comadrona comenzó su tarea. "Sacó una rana, y después otra". Y, claro, "las ranas, libres ya del Tártaro en que estaban detenidas, empezaron a saltar por el quarto, haciendo que saliesen de él los más tímidos". Tras el revuelo, volvió una calma tensa que permitió continuar. La comadre, bañada en agua bendita la mano, siguió haciendo el trabajo duro con todos los escalofríos que imaginarse uno pueda. Sacó otras dos ranas, la última muerta "a pesar de su naturaleza diabólica". Entonces, como accionados por un resorte, ya no hubo más ocasión para la templanza. "Huyeron de la casa" todos y quedose el Sr. Dolignon únicamente. Este pidió permiso y comprobó por sí mismo que la hechizada parturienta no tenía signos internos de haber parido niño o niña, rana, sapo o príncipe.
El proceso judicial se realizó y de él salió libre el acusado. Pero ya se había realizado otro juicio paralelo entre los aldeanos crédulos de la zona, el cual dictaminó su culpabilidad. Y Nicolás Simon tuvo que abandonar su domicilio.
Que le pregunten a él si cree en meigas. Dirá que no, que sólo cree en un gran guiñol, con alguien (para él, Cathalina Berna) tirando de los hilos, no de fibra, sino de miedo; y moviendo con ellos a las marionetas, nosotros. A ese titiritero, con los medios actuales, hoy enseguida lo descubriríamos, creo.
Bueno, siempre nos quedará un Dolignon. Él está seguro de sí mismo; ha construido una definición de superstición y funciona como un coche bien afinado que nunca le atropellará. Aunque, una vez en marcha, ese coche va solito.
Fuente: Mercurio histórico y político de febrero de 1774.
sábado, 1 de noviembre de 2014
Noticias
La revista Mercure historique et politique de octubre de 1736 inserta copia de unas líneas aparecidas en el Glaneur de unos años antes, refiriendo los sorprendentes hechos acaecidos en una región de Hungría.
Todo da comienzo con la muerte de un tal Arnold Paule, que fue aplastado por un carro de heno. Una serie de extraños decesos se sucedieron en los siguientes días. Alguien recordó que el bueno de Arnold fue hostigado años antes, cerca de la frontera turca, por un vampiro. Y temiendo que aquel mal se le hubiera contagiado, decidieron exhumar sus restos y los de sus presuntas víctimas. Efectivamente, el cuerpo de Arnold Paule reunía todos los signos de ser un vampiro. Sus cabellos, sus venas atiborradas de sangre. Otros ejemplos periodísticos de este jaez: el Mercure galant de 1694, que trae un reportaje sobre las stryges rusas o upierz. O Tournefort, un naturalista a caballo entre el XVII y el XVIII, quien delata a los traviesos brucolacos griegos.
Tal vez, por su tenor y número -hasta el punto de parecer una epidemia-, estas noticias debieron de sorprender en una Europa que quería emerger al Siglo de las Luces. Efectivamente la reacción de los ilustrados empezó pronto. A mediados de siglo, el benedictino Antoine Augustin Calmet (un estudioso de la Biblia metido a historiador y analista del vampirismo) -quien llama revinientes a los vampiros- ya los desacredita ("se trata de una ilusión"), si bien su esfuerzo crítico va a resultar insuficiente para otros pensadores posteriores. Y a Feijoo, en sus Cartas eruditas y curiosas, le traiciona la impaciencia por el trajín que se traen los revinientes "que van, y vienen, que salen de los sepulcros a hacer sus correrías, y se vuelven a ellos a su arbitrio..., alternando [aquí Feijoo se define muy poco receptivo] como quieren, los dos estados de muertos, y vivos".
Voltaire, hacia 1764, se indigna de que en la Europa de Shaftesbury, Locke, d'Alembert, o Diderot, todavía estemos con estas supersticiones. Su escándalo se vuelve sarcasmo: "hubo agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon [no de noche sino] a la luz del día la sangre del pueblo; pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupones no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios". Y arremete contra la propia Sorbona por haber aprobado la revisión histórica del vampirismo escrita por el mencionado Calmet.
Del mismo parecer que Voltaire es el autor de un artículo de la revista Miscelánea de comercio, política y literatura, en 1820, quien se extraña de que "las novelas y las composiciones dramáticas han hecho de moda los vampiros, que de algunos meses a esta parte son el objeto de todas las conversaciones" (bueno, por ahí andaban Polidori y su compañero Lord Byron). No le parece sino muy tibio al articulista el esfuerzo crítico del dicho Calmet, si bien le disculpa "por que la revolución que se ha efectuado después en el espíritu humano, no estaba entonces [en el tiempo de Calmet] más que comenzada".
Desde la publicación de la noticia en 1736 hasta su definitivo descrédito en esta última crónica han pasado no ya unos años, sino un mundo entero. El hombre moderno ha arrumbado las estructuras socioeconómicas y mentales del poder señorial, ha derribado los límites de sus pretéritas creencias, y ha avanzado en el camino de la independencia de juicio y de la ciencia por el método de poner en duda todas las rémoras que le obstaculizaban.
Hay muchas clases de vampirismo. Además de los propios, también están los que chupan la savia de su porvenir a la Humanidad. Habrá que estar atentos a sus intentos de irrumpir de nuevo. No sabemos qué forma adoptará la superstición, o qué definición, cuando vuelva a llamar a las puertas de nuestra Historia en el futuro.
Para la elaboración de esta anotación consulté varias páginas web. Ahora me resulta imposible enumerarlas.
Todo da comienzo con la muerte de un tal Arnold Paule, que fue aplastado por un carro de heno. Una serie de extraños decesos se sucedieron en los siguientes días. Alguien recordó que el bueno de Arnold fue hostigado años antes, cerca de la frontera turca, por un vampiro. Y temiendo que aquel mal se le hubiera contagiado, decidieron exhumar sus restos y los de sus presuntas víctimas. Efectivamente, el cuerpo de Arnold Paule reunía todos los signos de ser un vampiro. Sus cabellos, sus venas atiborradas de sangre. Otros ejemplos periodísticos de este jaez: el Mercure galant de 1694, que trae un reportaje sobre las stryges rusas o upierz. O Tournefort, un naturalista a caballo entre el XVII y el XVIII, quien delata a los traviesos brucolacos griegos.
Tal vez, por su tenor y número -hasta el punto de parecer una epidemia-, estas noticias debieron de sorprender en una Europa que quería emerger al Siglo de las Luces. Efectivamente la reacción de los ilustrados empezó pronto. A mediados de siglo, el benedictino Antoine Augustin Calmet (un estudioso de la Biblia metido a historiador y analista del vampirismo) -quien llama revinientes a los vampiros- ya los desacredita ("se trata de una ilusión"), si bien su esfuerzo crítico va a resultar insuficiente para otros pensadores posteriores. Y a Feijoo, en sus Cartas eruditas y curiosas, le traiciona la impaciencia por el trajín que se traen los revinientes "que van, y vienen, que salen de los sepulcros a hacer sus correrías, y se vuelven a ellos a su arbitrio..., alternando [aquí Feijoo se define muy poco receptivo] como quieren, los dos estados de muertos, y vivos".
Voltaire, hacia 1764, se indigna de que en la Europa de Shaftesbury, Locke, d'Alembert, o Diderot, todavía estemos con estas supersticiones. Su escándalo se vuelve sarcasmo: "hubo agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon [no de noche sino] a la luz del día la sangre del pueblo; pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupones no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios". Y arremete contra la propia Sorbona por haber aprobado la revisión histórica del vampirismo escrita por el mencionado Calmet.
Del mismo parecer que Voltaire es el autor de un artículo de la revista Miscelánea de comercio, política y literatura, en 1820, quien se extraña de que "las novelas y las composiciones dramáticas han hecho de moda los vampiros, que de algunos meses a esta parte son el objeto de todas las conversaciones" (bueno, por ahí andaban Polidori y su compañero Lord Byron). No le parece sino muy tibio al articulista el esfuerzo crítico del dicho Calmet, si bien le disculpa "por que la revolución que se ha efectuado después en el espíritu humano, no estaba entonces [en el tiempo de Calmet] más que comenzada".
Desde la publicación de la noticia en 1736 hasta su definitivo descrédito en esta última crónica han pasado no ya unos años, sino un mundo entero. El hombre moderno ha arrumbado las estructuras socioeconómicas y mentales del poder señorial, ha derribado los límites de sus pretéritas creencias, y ha avanzado en el camino de la independencia de juicio y de la ciencia por el método de poner en duda todas las rémoras que le obstaculizaban.
Hay muchas clases de vampirismo. Además de los propios, también están los que chupan la savia de su porvenir a la Humanidad. Habrá que estar atentos a sus intentos de irrumpir de nuevo. No sabemos qué forma adoptará la superstición, o qué definición, cuando vuelva a llamar a las puertas de nuestra Historia en el futuro.
Para la elaboración de esta anotación consulté varias páginas web. Ahora me resulta imposible enumerarlas.
jueves, 30 de octubre de 2014
Savall
Quedé perplejo en su día ante una película, un musical podría decirse a juzgar por el protagonismo que adquiere el arte de Orfeo en su contenido. Todas las mañanas del mundo me atrapó desde la oscura primera secuencia y me introdujo, muy bien y derechamente, hacia los iconos de la música francesa de la época que retrataba. Vaya, que si era lo que pretendían los franceses con dicho filme, conmigo tuvieron éxito, pues escucho desde entonces a estos maravillosos maestros con placer.
Ignorante en estos temas, oí que la banda sonora la había interpretado un -todavía para mí- tal Jordi Savall. Entonces, sin internet, la información corría a otro ritmo, así que llenar mi curiosidad costó mucho más tiempo de lo que me hubiera supuesto ahora. Con los años escuché más veces, y más, de este violagambista universal.
Savall fue sacando adelante una producción discográfica verdaderamente prolífica y muchas veces curiosísima. Ediciones muy cuidadas, con libros bellamente ilustrados y contenidos valiosos, fueron sucediéndose: desde la música del Nuevo Mundo al Mediterráneo, pasando por el mundo céltico. Qué digo hasta el Mediterráneo, hasta el Extremo Oriente más bien, pues hasta de allí nos trae música en su disco aniversario de Franciso Javier. Con su mujer, Montserrat Figueras, abrieron caminos con una persistencia y un ritmo de vértigo. Hesperion, la Capella Reial, nombres unidos al suyo a lo largo de décadas, han ido dejando un reguero de miguitas por el que los perdidos íbamos encontrando la senda.
Quién sabe si, con más apoyos institucionales, hubiera podido llevar a cabo empresas arriesgadas, como una integral de los más grandes, Victoria y Guerrero, pero se encontró con "tal desinterés e ignorancia" que hubo de renunciar (ahora tengo una integral de Victoria, debida a un director australiano, muy buena por cierto).
En fin, muchos discos curiosísimos y oportunos, y, claro, un lujo de ejecución.
Para mí era como una figura de leyenda, un mito, de ahí la ilusión que tenía por verlo. Y lo vi (de milagro: lleno contundente en el auditorio). Muy serio en el escenario, daba respeto; luego, concluida la actuación y con el boli en la mano, su rostro amable infundía confianza a los espectadores que acudían a él buscando la complicidad en el arte de la música con el maestro, el arte de todos.
lunes, 22 de septiembre de 2014
El coche más bello
En 1877, Nikolaus August Otto construye un motor de cuatro tiempos y registra su patente. Con ello condena al resto de fabricantes a no poder utilizar "este principio de construcción". En 1886, el Tribunal de Justicia alemán anula ciertas partes de la patente, y los demás fabricantes pueden lanzarse a construir motores de cuatro tiempos "sin restricciones".
El aspecto estético va adquiriendo importancia en el nuevo artilugio, conforme madura en un diseño propio y diferente del de los carruajes de caballos. Ya desde principios del siglo XX, va despertando el interés del mundo del arte. Así, el pintor Francis Picabia, además de llegar a tener más de cien coches, desde 1915 insertaba partes del auto en sus retratados con objeto de ayudar a definir la personalidad de estos. Walter Gropius participó directamente en el diseño de automóviles siguiendo postulados de la Bauhaus: el Adler de 1931.
En 1929 (recogido en el n. de abril de Madrid automóvil) "Dichard (sic) M. Bach, miembro del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, se dirige a la Sociedad de Ingenieros de Automóviles para decirles que «el automóvil futuro será arte y entrará a formar parte de los objetos de museo mucho antes que lo hicieron otras cosas»". El vaticinio del Sr. Bach se hizo realidad más tarde: "en 1951, el arquitecto Philip Johnson organizó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York una exposición de automóviles", con ocho modelos.
Una empresa radicada en Coventry, de nombre tan curioso, SS (Swallow Side Car and Coach Building Company), había producido motos y carrocerías desde 1922. Pero en 1931 pasó a fabricar sus propios autos. En 1936 (un reportaje de Madrid automóvil de diciembre del 35 recoge la aparición, en el salón londinense del automóvil, de un "dos litros y medio S. S.") presenta el SS100. Sin duda el modelo más bonito de la historia.
En algunas personas adultas, el de los coches, sigue siendo territorio de la infancia.
Fuente:
-De Santiago García Ochoa, “Più bello della Vittoria di Samotracia?”: aproximación al encuentro entre el automóvil y el arte, en el 18 de Anales de historia del arte de 2008 [el extraño título del artículo es una frase extraída del Manifiesto futurista de 1909, escrito por el poeta Filippo Tommaso Marinetti].
-Y, para la imagen, wikimedia.
El aspecto estético va adquiriendo importancia en el nuevo artilugio, conforme madura en un diseño propio y diferente del de los carruajes de caballos. Ya desde principios del siglo XX, va despertando el interés del mundo del arte. Así, el pintor Francis Picabia, además de llegar a tener más de cien coches, desde 1915 insertaba partes del auto en sus retratados con objeto de ayudar a definir la personalidad de estos. Walter Gropius participó directamente en el diseño de automóviles siguiendo postulados de la Bauhaus: el Adler de 1931.
En 1929 (recogido en el n. de abril de Madrid automóvil) "Dichard (sic) M. Bach, miembro del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, se dirige a la Sociedad de Ingenieros de Automóviles para decirles que «el automóvil futuro será arte y entrará a formar parte de los objetos de museo mucho antes que lo hicieron otras cosas»". El vaticinio del Sr. Bach se hizo realidad más tarde: "en 1951, el arquitecto Philip Johnson organizó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York una exposición de automóviles", con ocho modelos.
Una empresa radicada en Coventry, de nombre tan curioso, SS (Swallow Side Car and Coach Building Company), había producido motos y carrocerías desde 1922. Pero en 1931 pasó a fabricar sus propios autos. En 1936 (un reportaje de Madrid automóvil de diciembre del 35 recoge la aparición, en el salón londinense del automóvil, de un "dos litros y medio S. S.") presenta el SS100. Sin duda el modelo más bonito de la historia.
En algunas personas adultas, el de los coches, sigue siendo territorio de la infancia.
Fuente:
-De Santiago García Ochoa, “Più bello della Vittoria di Samotracia?”: aproximación al encuentro entre el automóvil y el arte, en el 18 de Anales de historia del arte de 2008 [el extraño título del artículo es una frase extraída del Manifiesto futurista de 1909, escrito por el poeta Filippo Tommaso Marinetti].
-Y, para la imagen, wikimedia.
miércoles, 20 de agosto de 2014
Todos y Euclión
[A Euclión] si le pidieras prestada el hambre, no te la daría.
La comedia de la olla
Plauto
Euclión bebe su amargura en soledad. Tiene en su posesión una fortuna. Podría, si quisiera, regalarse una vida fácil, ignorando cualquier inquietud por la falta de dinero. Sin embargo, lo que ha ganado en riquezas, no le compensa el desasosiego por temor a perderlas todas.Indudablemente, es difícil sobrellevar la pérdida: dinero, salud, amistad, amor, comodidades, ideas, creencias, autonomía, libertad, prebendas, sinecuras...
Llama la atención la cantidad de estopa que los partidos -los hasta ahora dueños y señores del parlamento-, y sus medios afines, están repartiendo sobre la nueva formación política. ¿Esta última, dentro de un tiempo, también haría igual que aquellos?
Es humano
domingo, 20 de julio de 2014
La mano de Jorge Manuel
No estaba El Greco contento con la estimación en que se les tenía a los pintores en su sociedad, así que decidió investir a uno (en nombre de todos) de los atributos más nobles. Tomó de modelo a Jorge Manuel, su hijo, al que representó con útiles de pintura. Domenico estaría ilusionado por que el chico se aplicara al noble arte del pincel, y querría hacerlo aparecer como un joven y talentoso artista. Para chasco de su ilustre progenitor, artista el vástago sí era, pero más bien en la rama de la arquitectura. La figura alargada, apuesta del muchacho, en donde se aprecia la delicadeza con que El Greco hacía su trabajo en esas manos, pura exquisitez, nos llena de satisfacción.
Hay un cuadro, La Virgen de la Caridad, que pertenece ya a la última etapa del genio. Vemos también los caracteres típicos del pintor griego. Solo hay un elemento que desentona. La mano en el pecho del personaje de la derecha (el propio Jorge Manuel). Nada que ver con la pulcritud que acabamos de ver más arriba. ¿La ejecutó El Greco o lo hizo otro, por ejemplo su propio hijo, que para esas fechas ya trabajaba en el taller de su padre?
Otro cuadro del pintor que produce enorme inquietud. No obstante, La dama del armiño (en realidad la piel que luce es de lince) es un trabajo de atribución discutida.
Saltamos de un lado a otro. Ahora no vamos a discutir la autoría del célebre artista afincado en Toledo. En el siguiente Retrato de caballero anciano, no se nos aparece, si somos tiquismiquis, un anciano, sino una persona avejentada prematuramente por los golpes y sinsabores de la vida. Contrasta con la arrogancia propia de la plenitud de fuerzas de la juventud que luce otro lienzo de El Greco: el célebre Caballero de la mano en el pecho.
Hombre con útiles de escritura y dibujo. Ese curioso gesto de la boca lo vuelve más humano. Casi parece contrariado por la molestia de tener que gastar su tiempo en posar, o tal vez el de los demás en retratarle simplemente a él.
Hay un cuadro, La Virgen de la Caridad, que pertenece ya a la última etapa del genio. Vemos también los caracteres típicos del pintor griego. Solo hay un elemento que desentona. La mano en el pecho del personaje de la derecha (el propio Jorge Manuel). Nada que ver con la pulcritud que acabamos de ver más arriba. ¿La ejecutó El Greco o lo hizo otro, por ejemplo su propio hijo, que para esas fechas ya trabajaba en el taller de su padre?
Otro cuadro del pintor que produce enorme inquietud. No obstante, La dama del armiño (en realidad la piel que luce es de lince) es un trabajo de atribución discutida.
Saltamos de un lado a otro. Ahora no vamos a discutir la autoría del célebre artista afincado en Toledo. En el siguiente Retrato de caballero anciano, no se nos aparece, si somos tiquismiquis, un anciano, sino una persona avejentada prematuramente por los golpes y sinsabores de la vida. Contrasta con la arrogancia propia de la plenitud de fuerzas de la juventud que luce otro lienzo de El Greco: el célebre Caballero de la mano en el pecho.
Qué pensaría El Greco de todo ese guirigay de la Inquisición. No está con nosotros para saberlo, pero tenemos este lienzo: El Inquisidor Niño de Guevara. La mirada acerada desde esos anteojos redondos, parece la de una máquina, un burócrata de la muerte.
Hombre con útiles de escritura y dibujo. Ese curioso gesto de la boca lo vuelve más humano. Casi parece contrariado por la molestia de tener que gastar su tiempo en posar, o tal vez el de los demás en retratarle simplemente a él.
Esos chocantes colores y esas formas que quieren perder la forma, en busca de un "discurso" artístico personal le dan un toque moderno. Por otra parte no puedo evitar creer que atribuir modernidad a un gran maestro encierra un juicio redundante.
Fuentes:
guías de la exposición sobre El Greco.
Wikipedia para Retrato de Jorge Manuel, La dama del armiño, Caballero anciano y El inquisidor Niño de Guevara,
De Wikiart para Hombre con útiles de escritura y dibujo.
viernes, 20 de junio de 2014
Información
Sedientos. En ese estado nos encontramos siempre. Sedientos de información. Pero dónde abrevamos en estos tiempos digitales. Internet está muy bien, es cómodo y rápido. ¿Y nos fiamos enteramente de lo que nos arroja? ¿En quién depositamos la confianza de nuestro conocimiento?
¿Quién no sabe de la vieja Espasa? Una obra que nació en 1905, en un momento especial en el que varios editores catalanes estaban trabajando cada uno desde su empresa en la edición de enciclopedias, como Salvat y Seguí por ejemplo. José Espasa, el propietario de la célebre editorial, quiso construir un edificio enciclopédico especial que se distinguiera del resto. El esfuerzo fue notorio. Designaron a unos responsables que dirigirían cada especialidad, y para la redacción, mantenían en plantilla a un grupo que trabajaba a jornada completa en las oficinas. También contaron con otro gran número de redactores externos que escribían entradas acordes a su temática, a los que se conocía por los “famèlics de dalt” dada su precariedad laboral.
Entre los responsables de la edición de la obra están las máximas figuras barcelonesas en cada materia: Berthelot, Aranzadi, Iglesias, Brugués, Serra Hunter, Coroleu, Terradas Illa, Gispert, Rioja Martín, Orts Climent, Massaguer, Faura Sans, etc. En la dirección artística (la enciclopedia estaba ilustrada), es Miguel Utrillo quien busca la colaboración de lo más granado del arte catalán: Ramón casas, Alejandro de riquer y muchos.
En cuanto a sus dimensiones, pensemos que, en 1923 (ya fusionada Espasa con la compañía vasca Calpe), se contaba nada menos que con 646 autores (muchos eclesiásticos, pocas mujeres; y más componente catalán por el origen local del proyecto). En 1930, la composición del personal a cargo se hizo más compleja, al abrirse a colaboraciones de las Reales Academias, la Universidad madrileña o la célebre Institución Libre de Enseñanza.
Qué fue de esta increíble aventura editorial que empezó con el siglo XX. A dónde se ha llegado que la gente le da la espalda, y un muro de olvido y telarañas va emparedando poco a poco sus sabias páginas en estantes ignorados.
Fuente: la propia enciclopedia.
martes, 20 de mayo de 2014
Rompiendo inercias
![]() |
Vendredi Saint en Castille (Viernes Santo en Castilla) |
A este choque cultural entre el pintor y su país ha de añadirse otra circunstancia agravante: la luz cegadora. Para un paisanín de Ribadesella pasado por los años de aprendizaje en Bélgica, las condiciones ambientales de la España no atlántica debían de parecerle un reto. Su paleta de colores se había acostumbrado, en el norte de Europa, a una atmósfera velada de matices, y no se llevaba bien con la agresividad del azul, y la abrumadora omnipresencia del sol.
Por ello, a veces, busca el refugio de la noche.
![]() |
| La concha, nocturno |
![]() |
| Baño en Rentería |
El Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Thyssen-Bornemisza y el Museo Carmen Thyssen Málaga se alían para mostrar una exposición sobre el pintor asturiano Darío de Regoyos. Un artista viviendo en el exilio de sus colores y de su ideario.
domingo, 13 de abril de 2014
Aquí hay pasta y libros saltarines
Así pues, el rey Alfonso envía una embajada a Roma, al papa Aldebrando (Gregorio VII), para que implantara la celebración del rito romano en todo su reino. En 1077, en la ciudad de Burgos, lucharon dos caballeros, uno por el rey en defensa de la ley de Roma y el otro en defensa de la ley de Toledo. Venció este último. Mientras los contendientes luchaban se encendió un fuego en la plaza y se echaron en él los dos misales, el romano y el toledano. Se implantaría el oficio de aquel misal que saliera indemne del fuego. Pero como quiera que el toledano dio un gran salto fuera del fuego, al punto el rey, airado, lo devolvió al fuego de una patada diciendo: “allá van leyes do quieren reyes”.
Hay libros que nacen con estrella y van a tener una vida envidiable y larga. Hay otros que no: son los perdedores. Todo juega en su contra y nada les va a salvar.
El rito mozárabe, visigótico o toledano, presente en la Península durante la Edad Media, va a tener que ceder su lugar a la nueva liturgia romana. Y todos los libros relacionados con aquel están condenados. Ese misal de rito visigótico (toledano) que salta -inocente él- para salvarse de la quema se encuentra con los intereses de Estado, que lo devuelven de una patada al fuego consumidor.
Roma amenaza al rey con quitarle reino, matrimonio (y heredero oficial) y la propia legitimidad monárquica (excomunión). En fin, un rescate de la troika de la época. Las soberanías territoriales, sean del carácter que sean, ya real-personal, ya nacional-ciudadana, se diluyen frente a un poder internacional. Alfonso VI está atado, y, aunque se resistió todo lo que pudo, no va a decir otra cosa que amén: es una marioneta. Si tiene que recortar el rito toledano, lo hace (o si las conquistas sociales, pues también). Bueno, el rito, y el dinero, claro. Que el Papa juega pero no gratis, o, para ser precisos, juegan, que en realidad son dos: Gregorio VII y el Abad de Cluny, el otro papa de la época.
En Roma y en Borgoña (patria de Cluny) oyeron el tintineo de las parias, y dijeron: aquí hay pasta. Y, a lo que parece, se las ingeniaron bien para meter las manos y hacer de Alfonso un rey pagano. Bueno, para paganos los hispano-musulmanes, que fueron quienes aportaron la guita con las parias.
Afortunadamente, en muchos otros lugares se preocuparon por conservar aquellos códices perdedores y hoy, incluso, podemos escuchar el canto de los oficios del rito visigótico. Quizá no fueran, estos, libros tan perdedores al fin y al cabo. Quizá algo quede después de tanto recorte (aunque no será por el empeño del político pragmático y la troika de turno).
Hay libros que nacen con estrella y van a tener una vida envidiable y larga. Hay otros que no: son los perdedores. Todo juega en su contra y nada les va a salvar.
El rito mozárabe, visigótico o toledano, presente en la Península durante la Edad Media, va a tener que ceder su lugar a la nueva liturgia romana. Y todos los libros relacionados con aquel están condenados. Ese misal de rito visigótico (toledano) que salta -inocente él- para salvarse de la quema se encuentra con los intereses de Estado, que lo devuelven de una patada al fuego consumidor.
Roma amenaza al rey con quitarle reino, matrimonio (y heredero oficial) y la propia legitimidad monárquica (excomunión). En fin, un rescate de la troika de la época. Las soberanías territoriales, sean del carácter que sean, ya real-personal, ya nacional-ciudadana, se diluyen frente a un poder internacional. Alfonso VI está atado, y, aunque se resistió todo lo que pudo, no va a decir otra cosa que amén: es una marioneta. Si tiene que recortar el rito toledano, lo hace (o si las conquistas sociales, pues también). Bueno, el rito, y el dinero, claro. Que el Papa juega pero no gratis, o, para ser precisos, juegan, que en realidad son dos: Gregorio VII y el Abad de Cluny, el otro papa de la época.
En Roma y en Borgoña (patria de Cluny) oyeron el tintineo de las parias, y dijeron: aquí hay pasta. Y, a lo que parece, se las ingeniaron bien para meter las manos y hacer de Alfonso un rey pagano. Bueno, para paganos los hispano-musulmanes, que fueron quienes aportaron la guita con las parias.
Afortunadamente, en muchos otros lugares se preocuparon por conservar aquellos códices perdedores y hoy, incluso, podemos escuchar el canto de los oficios del rito visigótico. Quizá no fueran, estos, libros tan perdedores al fin y al cabo. Quizá algo quede después de tanto recorte (aunque no será por el empeño del político pragmático y la troika de turno).
viernes, 21 de marzo de 2014
21 marzo 1685
El mundo empezó a partir de un
elemento único y simple. Indivisible pero infinitamente denso en leyes de
potencia creadora. A partir de él se fue formando lo que ahora conocemos. Y,
con el tiempo, llegamos nosotros, los hombres. Y tuvimos conocimiento de todo
este largo proceso de creación. En nosotros cobró conciencia.
Estas palabras, que delatan tanto candor y fe en el hombre y en el desarrollo del mundo que conmueven, contienen una posible lectura de una famosa composición musical de Bach.
El Barroco -estilo al que pertenece Bach- gusta de engañar o de ocultar la verdadera intención. Parece como si la gente de este período, ya partícipes de muchas de las conclusiones del Siglo de Las Luces pero no seguros de su método, prefiriera andarse con disimulos a la hora de explicarse. Como si, atados todavía a la autoridad medieval, temiesen salir de su paraguas protector. Cuando la mente ilustrada, liberándose ya de servidumbres, tome el relevo a los hombres del Barroco, volverá la vista atrás y mirará con desprecio a sus predecesores, timoratos y amarrados. Ensoberbecido, el hombre ilustrado levantará un muro de incomprensión, e incluso echará el velo del olvido sobre el pasado, sin distinción, al que percibirá sumido en la superstición y la ceguera.
Nosotros somos antesala de otro hombre del futuro. Pensamos acaso ya como él pero nos da miedo completar el camino que nos queda. Y él, el que nos sustituya en ese mañana, nos despreciará por ciegos y melindrosos. Nos tratará indistintamente a todos por igual. No, claro. Esto último no ocurrirá.
Aquella criatura que seguía a su padre, músico también, a todas partes: "cuando (su progenitor) daba clases de flauta, el niño sacaba su pequeño flautín. Cuando daba un concierto, el pequeño se escondía entre el público. Si su padre escribía, él jugaba a copiar notas y pentagramas" (Érase una vez... La música: Johann Sebastian Bach).
Fuente de la imagen: http://imslp.org/wiki/Die_Kunst_der_Fuge,_BWV_1080_(Bach,_Johann_Sebastian)
Estas palabras, que delatan tanto candor y fe en el hombre y en el desarrollo del mundo que conmueven, contienen una posible lectura de una famosa composición musical de Bach.
El arte de la fuga empieza en un elemento simple, un motivo. Después, la música va expandiéndose, desarrollando toda la potencialidad que lleva en sí. Finalmente se acaba, abruptamente, tras aparecer un último tema que representa el nombre del propio autor quien por cierto, tras escribirlo, murió (no sucedió exactamente así). ¿Fue una mera firma o el postrer elemento de toda una teoría filosófica que pretendía explicar el desarrollo del mundo desde la creación hasta la comprensión de todo ello por parte del ser que lo culmina, un hombre, el hombre? Quién sabe.
El Barroco -estilo al que pertenece Bach- gusta de engañar o de ocultar la verdadera intención. Parece como si la gente de este período, ya partícipes de muchas de las conclusiones del Siglo de Las Luces pero no seguros de su método, prefiriera andarse con disimulos a la hora de explicarse. Como si, atados todavía a la autoridad medieval, temiesen salir de su paraguas protector. Cuando la mente ilustrada, liberándose ya de servidumbres, tome el relevo a los hombres del Barroco, volverá la vista atrás y mirará con desprecio a sus predecesores, timoratos y amarrados. Ensoberbecido, el hombre ilustrado levantará un muro de incomprensión, e incluso echará el velo del olvido sobre el pasado, sin distinción, al que percibirá sumido en la superstición y la ceguera.
Nosotros somos antesala de otro hombre del futuro. Pensamos acaso ya como él pero nos da miedo completar el camino que nos queda. Y él, el que nos sustituya en ese mañana, nos despreciará por ciegos y melindrosos. Nos tratará indistintamente a todos por igual. No, claro. Esto último no ocurrirá.
Aquella criatura que seguía a su padre, músico también, a todas partes: "cuando (su progenitor) daba clases de flauta, el niño sacaba su pequeño flautín. Cuando daba un concierto, el pequeño se escondía entre el público. Si su padre escribía, él jugaba a copiar notas y pentagramas" (Érase una vez... La música: Johann Sebastian Bach).
Fuente de la imagen: http://imslp.org/wiki/Die_Kunst_der_Fuge,_BWV_1080_(Bach,_Johann_Sebastian)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










_-_Google_Art_Project.jpg)


